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Postal 0. Preparativos de un viaje.
Tres mujeres llegan a un acuerdo en un bar de color rosado. Huir. El destino surge tan abrupta o milagrosamente como una laguna rodeada por unas cuantas tercas palmeras en medio del desierto. Parece perfecto por lejano aunque no lo esté realmente. Sellan el pacto con un shot de Jägermeister. Al llegar a casa vomitan y sueñan con una doncella de ojos verdes que llora en el desierto la muerte del hombre al que amó. Dos semanas después, un auto del mismo color que los ojos de la doncella se desliza a toda marcha por la Panamericana Sur, llega a Ica, da un giro a la derecha y se pierde en una trocha sin nombre ni letreros. El paisaje lo conforman tres o cuatro mototaxis, mucha basura, y la amabilidad de un anciano que sonríe al ver el vehículo detenerse a su lado. “Por acá solo llegan al mar”, dice. “La Huacachina es para allá”. Hace un puchero con los labios y mira, levantando ligeramente el mentón, en dirección contraria. Vuelta en U. “Muchas gracias, señor”, alcanza a decir una. Una nube de polvo se levanta sobre el anciano sin borrarle la sonrisa. Ellas también sonríen.
Postal 1. Welcome.
No hay nadie en la recepción del hotel además de la recepcionista y de las tres mujeres. Tampoco hay reserva alguna aunque una de ellas canceló vía BCP la primera noche en una habitación triple con vista a la piscina. Una de las mujeres prueba con otro nombre. “Leslie Estac”, repite la recepcionista. “Es correcto”, reponden las viajeras. “Ha reservado una doble”, precisa la recepcionista. “No, reservamos una triple, y nos dijeron que nos darían la número 15”. No figura, no responde, el cliente no siempre tiene la razón. Al menos no para la recepcionista. Una de las mujeres pierde la calma sin intuir los designios de su inoportuna impaciencia. “No se preocupen”, dice una segunda mujer que aparece por detrás saliendo de una pequeña oficina que da a la recepción. “Vamos a implementarles una habitación. Les pondrán una cama extra. Pueden irse acomodando”. Una de las mujeres recibe la llave. Sobre un pedazo de madera que se cree llavero se lee un número. Es el 13.
Postal 2. Un té en el Sahara
“I need a drink”, dice una de las mujeres. No sonríe, lo cual supone un reto etílico serio y sin tregua. Cómo negarse. Un letrero las conduce al bar. Piden piñas coladas. Caminan hacia la zona de las hamacas. Hay dos. Una esta rota. Una de las mujeres divisa un camino hacia las dunas y hace una seña para que la sigan. El Grupo 5 las obliga a apurar el paso en busca del silencio. Caminan por el desierto y cuando sienten la quietud de la nada se sientan bajo el sol. Beben y hablan de decepciones e ilusiones. Pero eso no se cuenta. Eso se queda ahí, en la arena, junto a la zarza ardiente humedecida por un cálido riachuelo dorado que se pierde cuesta abajo hacia una cancha de fulbito sin más luces que su afición. Más tarde tres beduinos se les acercarían y compartirían con ellas un viaje hacia el temible territorio de las lechuzas y los búhos. Las tres mujeres aprenden que hay búhos del tamaño del chato Barraza. Se asustan.
Postal 3. El cambio climático.
Las viajeras duermen y despiertan para intentar volver a dormir. Dos roncan y tosen, una discute hasta en sueños, mientras la otra parece probar un helado. La tercera mira el techo y fantasea con la mejor manera de asesinarlas. Alguien canta a los lejos “Sweet Child of Mine” y lo hace realmente mal. La noche es fría. Y seca. Y si alguien las viera ahí, no podría evitar pensar en tres fardos Nazca. No hay más cremas que un protector solar. No hay más agua que la del caño. No se escucha llorar a nadie a lo lejos, a pesar de la leyenda de la doncella de los ojos verdes cuyas lágrimas crearon un oasis.
Postal 4. Downtown.
El bar Syd ha desaparecido al igual que un tercio del agua de la laguna que alguna vez fuera motivo de un hermoso y visitado balneario. En su lugar está el hotel Barret junto al busto de un insolado Sérvulo Gutierrez que mira estoico pedalones, gringos y bricheros. Las tres mujeres entran, se sientan, miran el menú y deciden buscar una mejor vista. Luego entenderán que la vista es solo una: la laguna, tres o cuatro hoteles y un mercadillo de artesanía donde uno puede capturar brujas y sirenas para llevarlas consigo a un mejor clima. No importa que sean llaveros: las brujas, las sirenas y las tres mujeres saben que la humedad es lo mejor para la piel. Cosas de chicas.
Postal 5. Fauna salvaje.
Luego de 30 horas de convivencia, el diálogo se limita a miradas ininteligibles. Y un tanto hostiles, a decir verdad. Alguien propone una hora de sana lectura junto a la piscina. En un acto egoísta y espontáneo, otra se apodera de la única hamaca hasta que presiente una invasiva presencia. Un loro repite “hola” sobre su cabeza. Se despide del plumífero sin palabras y se une a sus compañeras de viaje. Horas más tarde el loro destrozaría la revista de una de ellas y se mostraría realmente agresivo en la lucha por un tequeño. Perdió y no volvió a saludarlas.
Postal 6. Boogie.
El grupo se divide. Una de las mujeres se va de compras y aprovecha la tarde para fotografiar el paisaje. Las otras dos se preparan para una experiencia peligrosa e inolvidable. Atravesar el desierto en un vehículo preparado para todo. Incluso para dos borrachas inefables que previamente visitaron tres bodegas de la zona e ingirieron 30 variedades de pisco. No son las dos mujeres por si cabe la sospecha ahí va la aclaración. El boggie acelera, sube dunas imposibles y las baja como si fuera el carrito de una montaña rusa tercer mundista. Nadie se siente seguro ahí. Solo las borrachas. Pero aún así, todos gritan y ríen y se dan las manos. ¿Por qué será que la adrenalina nos pone felices? Si alguien hubiese tomado una foto de la última maniobra de “morenaje” (así le decían al conductor) cualquiera podría ver dos amígdalas en el asiento trasero, un cuello hecho trizas y dos manos homenajeando el final de Thelma y Louise. Sobrevivieron para contarlo. Aunque nadie parezca querer escucharlas.
Postal 7. Tos, Juno y regreso a casa.
La noche es un fracaso. La salud de dos de las mujeres se ha visto seriamente afectada. Tosen. No hablan. Se meten a la cama y tiritan. La tercera mujer apura un vodka tonic, fuma un cigarrillo, conversa con una canadiense y sus amigos, se congela de frío, entra al cuarto y propone ver una película. La historia de la adolescente más cool del mundo y su precoz embarazo. Cuando acaba, se apagan las luces de la habitación # 13. El viaje ha terminado. A la mañana siguiente recorren el mismo camino de regreso a casa. Las acompaña el buen Dylan, Amy, Belle & Sebastian y un implacable virus que está arrasando con todos los habitantes de la capital. Esa noche tienen sobresaltos. Y una de ellas jura haber escuchado un desconsolado llanto a lo lejos.
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El Muniria está ubicado en el número 1 de la Rue de Magellan en Tánger. Es el típico hotel de 2 estrellas, feo pero limpio. El cuarto tiene muebles antiguos y de madera oscura que me recuerdan los de una vieja casa de playa en San Bartolo. También hay una cortina detrás de la cual se esconden un bidet y un lavamanos con un pequeño y gastado espejo que refleja con crueldad las “marcas de la vida” y el ridículo bronceado del viaje en ferry: soy una vieja con cachetes rosados. Por un segundo fantaseo con ponerme una burka y esconderme del mundo, pero al final me recuerdo que soy demasiado cobarde hasta para eso. El Muniria en cambio tiene su pequeña gloria y ha alojado a más de un valiente. En este hotel William Burroughs escribió parte de EL ALMUERZO DESNUDO mientras Allen Ginsberg y Jack Kerouac fumaban hachís en el techo (los techos de Marruecos son los lugares más agradables para matar el tiempo). Por eso estamos alojadas ahí, por esa estúpida tendencia mía a la novelería –aún cuando no recordaba ni una sola línea de ese libro.
Llevo dos horas tirada en la cama y empiezo a ponerme de buen humor. Decido dejar la ducha para después porque el baño queda afuera y lo último que me provoca es cruzarme con otro turista que como yo esté alojado aquí con la esperanza de tomar un té de menta con el fantasma de un viejo beat en vez de tentar suerte con un joven marroquí bilingüe de mirada profunda. Alejandra ya empezó a fotografiar todo lo que pasa por la ventana. Poso para una foto con el cartel de El Muniria detrás y la verdad es que no salgo nada mal, pero justo en ese momento escuchamos el silbido de un hombre que ha estado vigilándonos desde que llegamos. El mismo hombre que nos acompañó a cambiar nuestros euros en dirhams, y que luego nos metió a un petit taxi (así se llaman y son como ticos pero antiguos) para dar cien vueltas y avanzar 10 cuadras. Es Mustafa, nuestro guía falso, nuestra robusta sombra con babuchas y Arnettes. El hombre al que le habíamos dicho veinte veces que se fuera, que no saldríamos hoy, que ya mañana nos busque porque mañana no pensábamos estar ahí. Pero la criollada limeña es cualquier huevada frente a la criollada bereber , y eso, como todo en esta vida, tiene una explicación.
Tánger fue fundada por los antiguos fenicios allá por el 1450 a.C. Fue una importante ciudad bereber hasta que los romanos la ocuparon durante el reinado de Augusto (45 a.C), empezando así una larga lista de dominios: llegaron los visigodos y los bizantinos, luego los españoles, los portugueses y los británicos. Hasta que en 1684, luego de un largo bloqueo, los británicos se retiraron no sin antes destruir la ciudad y su puerto. Nice as usual. Pero ahí no acabó la cosa. Su ubicación geográfica la convirtió a fines del siglo XIX en un centro para la diplomacia europea y no fue hasta 1960, que el mundo entero reconoció la anexión de Tánger a Marruecos. Por supuesto Mustafa no sabe nada de eso, o al menos no lo comenta. Pero sí habla de la liga española de fútbol y nos lleva rápido a la medina mientras saluda a varios en el camino, para depositarnos en un restaurante más caro que cualquier menú de Barcelona (ciudad base y punto de partida de este viaje). Como quien baja el almuerzo paseamos por el zoco, entramos a una peluquería típica (que se parecía mucho a las nuestras), nos ofrece 100 camellos para que seamos sus mujeres, nos susurra cuando caminamos por las enormes casas blancas donde viven artistas o escritores europeos y americanos (imagino a tipos de barba blanca y turbantes rodeados de sirvientes mal pagados), nos lleva a una tienda de alfombras donde pierdo por goleada en el arte del regateo (el tipo lanzó fuego sobre una alfombra para que compruebe su calidad, por cierto, de primera), nos ofrece hachís y terminamos viendo el mar desde un acantilado más pobre que el de Magdalena pero con una luz que Lima ni siquiera imagina. Ya de noche, Mustafa nos acompaña al hotel y nos aconseja no caminar nunca por una de las calles que lo colindan. Luego nos desfalca y se aleja. Es la primera noche en Marruecos y de pura tristeza termino durmiéndome. Tengo pesadillas o eso creo, porque despierto al poco rato con el llamado musulmán a la oración. Entonces me entero: este viaje –todo viaje, pero éste más que otros– es un bautismo de soledad. Todo se reacomoda dentro y la sensación no es para nada agradable. De todas formas ya lo decidí: no pienso combatirlo.
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A los 17 años, Randy Gardner, un estudiante de San Diego, dejó de dormir durante 264 horas (11 días) sin ayuda de ninguna droga o medicina. Al duodécimo día, no descansó. Organizó una conferencia de prensa en la que habló durante horas sin cabecear ni mostrar señales de agotamiento o alteración nerviosa. Luego de despedir a los reporteros, se fue derechito al sobre. Gardner ganó así un lugar en la historia, cinco minutos de fama, un récord Guiness y unas ojeras imborrables. Pero no puedo negar que su historia me dejó tan perpleja como agotada. ¿Qué demonios quería probar? ¿Por qué intentar algo tan absurdo como masoquista?
Una rápida pesquisa me dio la respuesta: porque como muchos otros, Gardner no soporta que la gente “pierda” tanto tiempo durmiendo. Su “experimento” quiso probar que los humanos no necesitamos tantas horas de sueño como nos han hecho creer, que podemos estar despiertos y aprovechar más el tiempo y la vida, etc, etc, etc.
¿Por qué existen personas que desprecian tanto a los dormilones? Porque siendo absolutamente sinceros, son varias las veces en que puedo detectar cierto juicio despectivo cuando, por ejemplo un domingo, almuerzo en pijama. ¿Qué les jode tanto? ¿Es envidia? ¿Pena? ¿Asco? Si de pronto se me apareciera de verdad el puto genio de la lámpara maravillosa y me dijera “pide un deseo”, lo tendría clarísimo: una semana en una king size de una apacible y alejada habitación con room service, pantalla gigante, una buena selección de DVD’s (pela, siesta, pela, siesta, así hasta desearle al mundo las buenas noches con una sonrisa), controles remotos a la mano y unas ocho almohadas de diferentes tamaños. Ningún teléfono celular sería permitido en unos 200 metros a la redonda. Si de pronto quisiera ver a alguien, el room service me lo traería como si fuera un sánguche. Luego se iría –básico–con solo un aplauso. “Oe Vero a ver deja ese canal?” ¡Clap! Bye byeeee.
Pero volvamos a la triste y madrugadora realidad. Volvamos al mundo estresado, a los teléfonos que no paran de sonar, a los jefes que llaman hasta para preguntarte a cuánto están cambiando el dólar, a los amigos que se resienten porque una vez más cancelas ese postergado almuerzo, a los días y las noches atiborrados de deberes laborales y sociales, a todas esas personas que tienen la mirada perdida porque no dejan de repasar en sus mentes todo lo que tienen que hacer. Volvamos a los deadlines, a los cierres, a los reclamos, a los 40 emails diarios que debemos responder como si se tratase de la misma computadora de Lost y el planeta entero dependiera de un reply. ¿Por qué hemos llegado a esto? ¿Por qué ya no hay tiempo para nada? ¿Por qué el INC no declara la “moqueguana” (la siesta después del desayuno) patrimonio nacional y nos relajamos todos juntos, bien peruanos, y más unidos que nunca? Yo me sentiría más orgullosa de ella que del mejor de los piscos. Salud Moquegua.
Sé que no soy la única que piensa así. He compartido siestas y pienso seguir haciéndolo. Dormir junto a alguien es como un pacto sin palabras. Sé también que hay libros que elogian a la pereza y músicos que le cantan con voz de enamorados. No puedo dejar de recordar una foto de John Lennon –quien por cierto también compuso la entrañable “I’m Only Sleeping”– que vi en algún lado. Echado en un sofá, Lennon mira una revista y tiene esa deliciosa expresión somnolienta de todos aquellos que adoramos “perder” el tiempo. Atrás suyo se puede leer “Safe As Milk” (el gran título del álbum de Captain Beefheart and His Magic Band). “A salvo como la leche.” Así es como me siento cada vez que me meto entre las sábanas y respiro ese olor tan familiar mezcla de baba con talco. Y así quisiera quedarme mucho más tiempo del que este mundo ha decidido permitirme. Dormir unas 264 horas podría ser un buen reto para empezar.
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La respuesta es pan comido. “¡Google!” gritó el mundo. ¿Pero a qué se debe la interrogante? A que hace unas semanas, Sir Elton John –cuyas canciones alguna vez todos cantamos cuando ser cool no era una opción– lanzó un mensaje al mundo pidiendo que Internet cierre cinco años para que la humanidad entera vuelva a ser lo que era antes. ¿Qué era antes, Elton? Antes era la gente en las calles, tocándose, dialogando, resolviendo el mundo en revoluciones pacíficas, o no tan pacíficas, pero siempre estimulantes. Antes eran los músicos en vivo, los discos de vinilo con tapas grandes y reales que olían y podían apilarse en casa y escucharse mientras uno leía la lista de canciones y veía las fotos de sus ídolos y soñaba con llegar a ser un día como ellos. Y la gran verdad es que antes los discos se vendían (¡sí!) y Elton Hercules John, nacido como Reginald Kenneth Dwight Harris, pudo hacer una incalculable fortuna al vender más de 400 millones de álbumes (según El País) y convertirse en un ícono del pop que le cantaba a Marilyn Monroe y a Lady Di la misma canción. Aún en el Perú, y en el 2007 (¡!), se sigue escuchando “Sacrifice” en las radios. Pero ese es otro tema. Y un tema lamentable, por cierto.
Volvamos a lo nuestro. A las pocas horas del exabrupto, la mayoría de internautas tenía la respuesta a sus declaraciones: “Mejor que (en)cierren a Elton John cinco años”. Y lo más probable es que el mismo Elton, bien embadurnado de cremas antiarrugas y con bata de satén, leyera la reacción del vulgo en su golden laptop de última generación y se preguntara inmediatamente: ¿por qué demonios declaro cojudeces a The Sun?
Es que ya estuvo bueno de tanta nostalgia. El mundo no era mejor ni más creativo antes. De eso creo que estamos convencidos todos los que no vendemos discos, al menos. Las revoluciones se hacen ahora desde la cama, al estilo John y Yoko, pero eso sí, conectados. Si el ‘Sir’ está asado porque ‘The Captain & The Kid’, su último LP, ha vendido solo 100.000 copias por eso de las descargas “ilegales”, esa es otra historia y ya nos huele a vieja. Si él cree que Internet está atentando contra la música porque la gente ya no sale de casa para “crear”, está más resblandecido que la misma Elizabeth The Second. Para remate, dice que las grabaciones caseras no presagian nada bueno. Elton, cariño, ‘Sir’, cholito: Fuck off. Hoy el 90% de músicos tienen su estudio en casa. Thom Yorke (vocalista y compositor de Radiohead, para mayores luces) grabó The Eraser, su último disco, valiéndose solo de su laptop. Pero Elton es un tecnófobo y asegura que no tiene ni siquiera un celular. Mmm…
Y como para asegurarse de ser el más pelotas, se fue con todo contra los bloggers “que se la pasan blogueando en vez de salir a protestar a la calle y dio paso a su máxima sentencia, principio y final de esta reflexión o pataleta: “Creo que sería un experimento increíble cerrar Internet completamente durante cinco años y ver qué tipo de arte se produce en ese período”. ¡Sí, super increíble! Mostro, Elton, empieza tu revolución solo. Al menos yo, ya te bloqueé, aunque a veces te siga cantando.
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Algeciras es tan feo que por momentos me recuerda a Lima. Tengo hambre y estoy agotada. El viaje en bus desde Málaga ha sido más largo de lo previsto. Lo único que quiero es encontrar a Alejandra para que me lleve al hotelito playero en el que está alojada desde ayer y quedarme quieta al menos por una noche. Las fronteras siempre son horribles. Pero por lo menos ésta tiene mar y no muralla ni garita. Está atardeciendo, y luego de un tedioso saludo –Algeciras es horrible, insisto– estamos camino al hotel, a unos dos kilómetros del centro. El mar se ve más azul que en ninguna otra parte en la que haya estado antes y el peñón de Gibraltar se impone en el paisaje nocturno. Es inglés y da miedo. Mañana cruzaremos el estrecho para llegar a Tánger.
Es extraña la ilusión que uno siente antes de viajar. Es tan intensa como absurda porque al final todo viaje decepciona. Solo se convierte en experiencia grata semanas, meses, años, vidas después, cuando uno lo recuerda con nostalgia en la comodidad de casa, otra vez harto de cualquier ciudad en la que se haya instalado, harto de sus habitantes, harto de sus rutinas, harto de sus comodidades, harto de sus manías. Harto de uno mismo. Llegamos al hotel y desde el balcón de mi cuarto veo el horizonte y ni pizca del África. Genial. Abro una cerveza fría que nos vendió una andaluza gritona y cálida en una tiendecita escondida en un callejón y doy el primer trago. Todo está inmovil ahora: la pequeña playita con luna llena incluida, la risas de la gente en chiringuitos lejanos, el mismo mar. Pensándolo bien, y quizás porque me voy mañana mismo, me gusta Algeciras más que muchas ciudades que he visto. Alejandra lia uno y habla de Portugal, de una noche tan callada como pavorosa en una desolada playa del Algarve. Más tarde sueño con tsunamis.
Son las 10 de la mañana y en la oficina de viajes aseguran que el Ferry demora 45 minutos en llegar a Tánger. Lo que no dicen es que demora más de una hora en partir. Aprovecho el retraso y hago un repaso mental. He leído mucho sobre Marruecos pero no imagino nada. Quizás por eso siento estas desesperadas ganas de estar ahí. Es toda esa cuestión de salir de occidente, de ver otro mundo, de alejarte en serio de todo lo familiar y reconocible, de todo lo detestablemente aceptado como única, o mejor forma de vida. Creo saber cómo debo vestirme, sin mostrar las piernas y los brazos; creo saber cómo debo comer, con la mano derecha, la izquierda es papel higiénico musulmán; cómo debo pedir un taxi, igual que en cualquier parte; y también cómo debo salir huyendo, corriendo nomás, porque el calzado oficial marroquí –especie de suecos puntiagudos conocidos como babuchas– se ve bastante incómodo como para echarse a perseguir a alguien. Lindos, eso sí.
NAVEGANDO HACIA EL AFRICA: MARAVILLA Y MUERTE EN EL ESTRECHO DE GIBRALTAR
Por fin en el ferry, decido viajar en cubierta y recordarme a cada segundo que atravieso uno de esos clásicos de los cursos escolares de geografía. Y ahí estoy, sola, navegando sobre el Estrecho de Gibraltar a toda velocidad, sin poder dejar de sonreir, hasta que un grupo de indeseables divisa mi inmejorable ubicación y decide acompañarme. Gracias. La gente siempre arruinándolo todo, y siempre tan copiona, y tan pegote. Luego del controlado colerón, cruzo un par de diplomáticas sonrisas con el grupo y vuelvo a perder la vista en el mar. No hay nada que le quite a uno tanto el aliento como la naturaleza. Recuerdo una entrevista que leí en la Rolling Stone a uno de mis músicos favoritos. Luego de dar mil rodeos, terminaba por confesar a regañadientes que su único Dios, a esas alturas de su vida, era la naturaleza y que si se podía hablar de una guerra mayor a las demás era precisamente la que existe contra ella. El Estrecho de Gibraltar une dos mares, dos países, dos placas tectónicas, dos religiones y dos culturas. También dicen que está lleno de atunes y que sus vientos pueden ser tan crueles como las corrientes que matan a buzos e inmigrantes. Como suele pasar frente a paisajes así, de pronto siento miedo a morir.
Pánico. ¿Qué hago acá? Tuve todas las señales para evitar lo que se me viene, pero aún así me embarqué. Me embarqué sabiendo que en los poblados más chicos de Marruecos abundan los perros rabiosos y que si uno de ellos se me acerca, lo más recomendable será golpearlo con un palo en la cabeza. Por eso, todas las guías te sugieren llevar uno a cualquier excursión a pie lejos de las ciudades principales. El Lonely Planet sugiere casi a los gritos evitar el exceso de cháchara, té de menta o hachís cuando el viajero entre a curiosear en una tienda o mercadillo, porque lo único que querrán los dulces anfitriones, después de hacernos sentir tan especiales, será enyucarnos una alfombra. O dos. Finalmente, y en letras rojas, muchas guías y páginas web advierten al viajero sobre una de las mafias más peligrosas en las ciudades turísticas del Magreb: ‘la mafia de los guías falsos’. Uno los mira a los ojos y listo, se jodió. No harán más que chuparte el dinero y convertir en falsa ilusión esa maravillosa promesa de que en Marruecos uno puede sobrevivir una semana con 100 euros. Pero calma. Recupera la templanza. Recuerda que esas advertencias son para europeos sonsos, para gringos pavos.
Estoy viva, estoy de viaje.
Sentada sobre mi mochila, con el mentón apoyado sobre mis brazos en la baranda, veo como Algeciras se aleja cada vez más y vuelvo a sentir que todo es posible. Uno siempre se siente feliz durante el trayecto. Lástima que tarde o temprano tengamos que llegar a alguna parte. Creo que la clave de la felicidad para algunos está en seguir moviéndonos. Nunca llegar, siempre largarnos.
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Siempre me ha incomodado conocer gente. Con los años es aún peor. Sinceramente ya no quiero más amigos y mucho menos ‘conocidos’ de esos a los que encontrarte en el supermercado puede convertirse en verdadera pesadilla. Gertrude Stein debe haber sabido a lo que me refiero. Siendo su casa el club de la pequeña Lulú de las artes y las letras de vanguardia, central de artistas y fanfarrones que llegaban al Paris de la fiesta, su fiesta, llegó a sentirse agobiada de tanto vino y cháchara inútil. Un día decidió que no le interesaba más la mayoría de personas a las que había conocido así que resolvió todo de la mejor manera: una carta de despedida. La misiva, corta pero contundente como un puñetazo en la cara, daba por finalizada su relación con muchos de esos ‘amigos’, agradeciendo antes su comprensión y los buenos momentos compartidos. Au revoir, goodbye, hasta nunca. Bien hecho, aunque siempre me cayó mal la Stein, pero esa es otra historia.
Es inevitable conocer gente como es inevitable toparse –una y otra vez– con esa invasiva preguntita que incomoda a todos durante los primeros encuentros: “¿Y tú que haces?” Lo que nace como curiosidad deviene prejuicio. La interrogante se repite siempre y la sufrimos todos. “¿Qué haces?” Lo que sigue es aún peor. Si el interesado, ya sea individuo o grupete, es de corte ‘arti’ y escucha como respuesta “trabajo en el Banco X” o “soy abogada”, la gran mayoría perderá inmediatamente el interés. Ni que decir de los pobres cajeros y cajeras del mundo, los contadores, los chicos de la bolsa o gerentes de cualquier empresa. Pobres, todos ellos tienen el mismo final para sus decepcionados y ‘creativos’ interlocutores: boring people. Lo increíble es el nivel de aparente inocencia que muestran ellos, los boring people, frente a cualquier huevón que se autodenomina artista o escritor. En ese caso suelen suceder dos cosas: o lo alucinan más de la cuenta o lo arriman de inmediato a la categoría de fumón-huevero-posero.
Un carpintero, gasfitero, jardinero están fuera de cualquier juicio y solo podrían generar un incómodo silencio y me consta. No hay gloria en ellos. No hay grandeza, genialidad posible, trascendencia, fama y mucho menos fortuna. Al otro extremo tenemos a los filósofos, antropólogos, sociólogos, teólogos. Ellos generan respeto y bostezos. Jamás he conocido un astronauta pero sé que un médico es siempre apreciado. Joder, son 10 años de carrera y uno siempre termina por necesitar uno. No conozco ciéntificos o matemáticos. Quizás no salgan. Quizás sean los más prejuiciosos. Quizás no quieran perder el tiempo. Se salvan cocineros y arquitectos, amos y señores de un nuevo boom de coleccionables y programitas de TV.
Una vez me dijeron que uno es lo que hace. Lo hizo un amigo cuando le conté una discusión con un sujeto al que le dije que la revista que editaba me parecía una buena mierda a veces. Sigo pensando lo mismo, pero eso no significa que el sujeto en cuestión me parezca un incompetente o un inescrupuloso. Mucho menos una mierda. Un pobre mortal obligado a cumplir con los intereses de la empresa para la que trabaja, eso sí. ¿No lo hemos sido todos alguna vez? Nunca creí en eso de que uno es lo que hace. Grandes obras corresponden a grandísimos hijos de puta. Hay vidas admirables y anónimas. Y no son pocas.
Creo que la mejor respuesta que he escuchado a la pregunta en cuestión fue la de un francesito tan lúcido como aburrido de la etiqueta. Sin un cobre en el bolsillo y consciente de que eso era más que evidente para el resto, guardó un prudente silencio, dio un último trago a su cerveza y respondió: “Vivo de mis intereses”. Dicho esto dejó dos euros sobre la mesa, se levantó y se alejó de nosotros.
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Quiero tener superpoderes. Quiero poder irme volando (literalmente) cuando alguien está a punto de robarme o alterarme completamente el sistema nervioso. Quiero teletransportarme. Quiero detener el tiempo, mover objetos con sólo mirarlos, encender mi cigarrillo con una llama de fuego perfecta que aparezca cuando abra la palma derecha de mi mano. Quiero mimetizarme completamente con el cuerpo y la cara de la persona que me de la gana para confundir a mi enemigo, descubrir un gran secreto o realizar un importante retiro bancario. Quiero detener balas, pintar el futuro, borrar la memoria de quien quiera. Pero sobre todo, quiero ser invisible. Cada uno de ustedes puede elegir su superpoder. Pero no olviden que yo ya elegí el de la invisibilidad. Canté gallo.
Desde hace un mes he descubierto la fórmula perfecta para sobrevivir en Lima: la primera temporada de Heroes. Ver Heroes es como meterte en una historieta. Uno siente un hormigueo en el estómago al poner el disco en el DVD. Creo que ese hormigueo se reconoce oficialmente como felicidad. Es como volver a ser niña pero con canas. Es como creer otra vez que se puede salvar el mundo. O es que estoy más cojuda que nunca. Por ahora, denme un control remoto y vámonos de aquí.
Heroes es una mezcla de X Men y los comics de la Marvel con un poquito de Taken, Buffy La Cazavampiros y Beverly Hills 90210. Un poquito nomás, no se asusten. La historia va mas o menos así: un puñado de personas descubre que tiene superpoderes. Como cualquier mortal del mundo, estos sujetos no tienen ni idea de lo que les pasa. No es fácil descubrir que puedes volar ni que con sólo poner la mano sobre una olla la dejarás convertida en una gran burbuja plateada que parece mercurio o algo así. Entre los superhéroes está Peter Petrelli (Milo Ventimiglia, el Jess de Gilmore Girls), un enfermero de 30 años que primero cree que puede volar y luego descubre que es el más ‘conche’ de todos; Isaac Mendez, un junkie que tiene la habilidad de pintar el futuro al mejor estilo manga cuando está colocado; Niki Sanders, una stripper en internet y madre soltera de 33 años que vive en Las Vegas y descubre que su alter-ego, que vive en el espejo (esta parte es medio roca pero no se desanimen) es capaz de matar de una patada a cualquiera que la desquicie. Después está Hiro Nakamura, un geek japonés de 24 años que de tanto leer cómics en Tokio se pasó todo un día en su cubículo mirando detenidamente un reloj con cara de estreñido para conseguirlo finalmente: detuvo el tiempo y luego se teletransportó. Es uno de mis personajes favoritos y uno de los pocos que no es americano. También están D.L.Hawkings, un preso que atraviesa paredes como un fantasma; Matt Parkman, un policía regordete que oye los pensamientos de los demás (y se entera de paso que su mujer le saca la vuelta de la manera más cruel posible: “pobre imbecil”, escucha ‘pensar’ a otro policía, “si supiera que me estoy tirando a su esposa”), definitivamente un superpoder horrible; y Claire Bennet, la cheerleader de 17 años que si salta del último piso de un rascacielos, la aplasta un tractor o le disparan con una bazuca, sigue tan rubia y linda como siempre. Lo máximo ella, se regenera una y otra vez.
Por otra parte, Mohinder Suresh, hijo de un genetista muy conocido en la India, y también genetista como su padre, viaja a Nueva York (donde siempre pasa todo) para investigar sobre el reciente asesinato de su padre en manos de un serial killer llamado Sylar que es malo malo, y sí, también tiene superpoderes.
Todos tienen teorías sobre lo que les pasa. Algunos creen que han sido abducidos, otros piensan que son freaks o se están volviendo locos y Hiro, lindo él, de tanto comic que ha leído, es el único convencido junto a Peter Petrelli (me encanta repetir ese nombre sin parar) que debe salvar al mundo. Como no podía ser de otra forma, diversas organizaciones y personajes misteriosos y muy poderosos quieren investigarlos y controlarlos, Dios sabe con que intenciones, aunque sospecho que al final todos querrán salvar al mundo. Ni huevones.
Tim Kring (Crossing Jordan, Chicago Hope) es el creador de la serie que es producida por NBC/Universal/Tailwind y se emite actualmente por NBC en EEUU. He leído que en Latinoamérica la dan en Universal, pero yo la compré en polvos. Ahora con su permiso, alguien tiene que salvar Lima, ¿no? O eso, o soy una de las personas más gansas del planeta. Que más da, igual soy invisible.
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El boom de la cocina peruana me tiene podrida. La enorme variedad de insumos exquisitos que dicen sólo crecen en nuestra generosa tierra, también me tiene podrida. Me tienen podrida los coleccionables de cocina, las revistas gourmet y los veinte mil chef que salen de debajo de cualquier piedra para ser portada una y otra vez de cuanto medio periodístico existe en el país. Ya sabemos que en el Perú se come riquísimo, que tenemos cuchucientos mil tipos de papa, ajíes, camotes, toda la variedad de pescados y mariscos, que tenemos todo el sabor de la fusión de cholos, chinos, japoneses, árabes, españoles, shipibos, italianos, y demás. Somos lo máximo. Todo está deli. Desde la entrada hasta el postre, desde el sanguchón con todas sus cremas hasta el salmón teriyaki sobre crocante de fideo cantonés.
Aplaudo la multiplicación de panes y restaurantes, aplaudo también la gran cantidad de escuelas de cocina que han aparecido en los últimos años. Aplaudo los premios internacionales. Aplaudo cuando veo a Ferran Adrià salivando frente a un buen cebiche. Creo también que si eso de la identidad nacional realmente existe, debe estar en despensas y ollas de misios y pitucos. A todos los peruanos nos gusta comer bien y mucho. Pero ya estuvo bueno. Se los ruego, es hora de tomar una Sal de Andrews y pasar a otra cosa. Digestión que le llaman.
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Ando leyendo por estos días una novela rabiosa y devastadora, por momentos perfecta, que se llama Pastoral Americana y que ha sido escrita por uno de los eternos candidatos al Nobel, el americano Philip Roth. En ella, Roth escribe: “Luchas contra tu superioridad, tu trivialidad, procurando no tener expectativas irreales sobre la gente, relacionarte con los demás sin una sobrecarga de parcialidad, esperanza o arrogancia, lo menos parecido a un carro de combate que te es posible, sin cañon ni ametralladoras ni un blindaje de acero con un grosor de quince centímetros. No te acercas a ellos en actitud amenazante, sino que lo haces con tus dos pies y no arrancando la hierba con las articulaciones de una oruga, te enfrentas a ellos sin prejuicios, como iguales, de hombre a hombre, como solíamos decir, y sin embargo siempre los malentiendes.” Y luego sigue Roth sobre lo mismo y concluye que a fin de cuentas ellos también nos malentienden y que de eso va la vida: “En cualquier caso, –dice– sigue siendo cierto que de lo que se trata en la vida no es de entender bien al prójimo. Vivir consiste en malentenderlo, malentenderlo una vez y otra y muchas más, y entonces, tras una cuidadosa reflexión, malentenderlo de nuevo. Así sabemos que estamos vivos, porque nos equivocamos”.
Roth deslumbra por su lucidez. Sabe que son muchas las personas que sufren al vivir en un constante malentendido y eso los lleva a aislamientos físicos o mentales de los cuales pocos saben cómo salir y muchos ni lo quieren. Están muy bien solos y que el mundo se vaya a tomar por culo con su ruidosa rutina en la que pasa de todo pero ya no sentimos nada. El mismo Roth vive solo en un pequeño pueblo de Estados Unidos donde hay más campo que casas. Escribe y es leído, sí, así que algo de comunicación busca en su vida, pero presumo que el contacto con la mayoría de la gente o le hace daño o le hace bostezar, aunque no quiera, aunque luche contra eso, aunque si se lo piensa bien no se sienta ni más ni menos que el resto de mortales. Aunque al final, como muchos, quiera pensar que está equivocado y que esos cuatro gatos que le importan lo quieren tanto como él a ellos y qué demonios si no lo comprenden del todo.
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Las últimas semanas he visto con el mismo espanto y fascinación con que veo una película violenta, las confesiones de un psicópata que mató a balazos a 32 personas, entre ellas un estudiante peruano de 21 años, para después matarse de un disparo en la cara. Cho Seung-Hui, el surcoreano que estudiaba en Virginia Tech y que comía solo todos los días, sin amigos ni familiares que dieran la cara por él aún después de la masacre, se declaró mártir y le echó la culpa al mundo de su propia barbarie. Sus delirantes declaraciones están por todos lados. Los debates al respecto también. A estas alturas se ha responsabilizado a casi todo lo imaginable de la locura de Cho: Las armas, la violencia mediática, la soledad, la cultura norteamericana, los videojuegos y hasta hay un lector por ahí (en la versión electrónica de El País por cierto) convencido de la confesión multimediática del surcoreano. Dice no sentirse sorprendido de nada porque nosotros somos los “malos” que dejamos a una persona enloquecer en absoluta soledad. Cho Seung-Hui no podía encontrar alivio quitándose la vida. Necesitaba vengarse y matar de pura rabia a decenas de inocentes.
Imaginen 32 disparos mortales. Cuéntenlos. Tal era su rabia.
La bloggosfera está infestada de toda clase de opiniones y tristes testimonios. También la vida fuera de las pantallas: “En Irak mueren cientos, miles, todos los días, y al mundo le importa un pito”, me comentaba un amigo hace unas horas, mientas yo pensaba que su comparación era tan estúpida como cualquier cosa que pudiera salir de mi boca en ese momento. Todo pasa muy rápido. Todos opinan muy rápido.
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Roth escribe sobre la incomprensión entre las personas a niveles mucho más cotidianos y reconocibles para cualquier lector. Todo lo demás, lo que pasa lejos de paranoias pequeñas y personales, lo que vemos en los noticieros, son casos extremos y cada uno de ellos es igual de lamentable y espeluznante. La guerra, las peleítas entre escritores o vedettes, los asesinatos, los ataques terroristas, las fulminantes opiniones de un político sobre otro, las fulminantes críticas de un crítico sobre otro, en fin, la violencia entre personas en general, debería generarnos la misma indignación y la misma tristeza. Pero el mundo sigue y más allá de todo esto, el rating y el número de periódicos vendidos importa más que cualquier otra cosa. Lo mismo pasa con la tele, las películas, los videojuegos. Violentos o no, que más da, la mayoría de nosotros seríamos incapaces de matar un hámster. Cho Seung-Hui no era una pobre víctima de la sociedad ni un Jesucristo ni un “miren lo que hemos creado” ni mucho menos un heroe o un mártir. Era un enfermo mental.
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