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Los Red Hot Chili Peppers siempre me han dado un poco de risa. Cuatro eufóricos semi calatos dando brincos y sacudiendo las mechas como si tuvieran al mismo demonio dentro. Nunca compré un disco suyo, pero siempre respeté su destreza como músicos y algunas de sus composiciones. Entre todos, quien siempre me jaló más el ojo, porque no para de saltar y poner cara de `psycho borde´, es Flea, el bajista de la banda, un gringuito californiano tatuado, fornido y de dientes separados.Pues últimamente veo a Flea hasta en la sopa. Está en todas las películas que alquilo, en cualquier programa de música que sintonizo en la tele, en los afiches que pegan en la calle y en la carátula de la Rolling Stone americana del mes pasado que me envió mi hermana con 200 euros adentro y que utilizaba como base, la última vez que hicimos eye contact, para rolear un cigarrillo de marihuana. Estaba en esas, apretando el cigarrillo con delicadeza, lamiendo el papel para sellarlo, rescatando cogollitos rebeldes que se lanzaban como dignos suicidas que prefieren secarse lentamente en el tiempo a morir achicharrados en el joint de una peruana, cuando de pronto descubrí a Flea mirándome fijamente con los ojos delineados y la expresión más extraña del mundo. Daba miedo, la verdad, y ese fue el acabose. El bajista de los Red Hot Chili Peppers me quería decir algo y esa convicción no era efecto de la marihuana.
¿Cómo saber que le pasa a una súper estrella del rock? El primer mensaje me llegó gracias al titular que aparece en la misma carátula: “Sin and Salvation: Red Hot Chili Peppers Find True Love And Inner Peace & Make Their Greatest Album Ever”. Bien por él, pensé. Que tenga paz y amor y todo eso, y que además haga un gran disco, según la Rolling el mejor de su carrera, genial. Pero, ¿y? ¿A mi qué cuernos me importa, qué pito toco, qué quiere Flea que yo haga al respecto? Yo no tengo paz, ni carrera. Tengo un bajo, eso sí. Y trato de tocarlo, por lo general con una torpeza que me avergüenza tanto que el ritual se desarrolla sólo durante la madrugada, cuando no hay nadie en la calle y menos en mi cuarto. Ding, ding dinginding, dong dong dong dongongong. No tengo idea de como se toca un bajo, ni tampoco tengo la paciencia necesaria para aprender a tocar un instrumento musical. Quizás por ahí vaya el asunto. Flea fue paciente y encima ahora parece haber encontrado la paz interior (shit!) y al amor de su vida, una modelo de 30 años con la que tiene planeado casarse. Flea. La pulga. ¿Pero como se llama ese cuarentón orate?
Wikipedia informa. Flea se llama Michael Meter Balzary, nació el 16 de octubre del 62 y es australiano. Yep. California llegó después. Primero se fue a Nueva York, porque Mick, su padre, fue contratado para trabajar en la city. Todo iba bien, al menos Wikipedia no da cuenta de grandes tragedias, hasta que Patricia, la mamá de la pulga se templó de Walter Urban Jr, un músico de jazz que terminó llevándose a Patty e hijos a vivir a Los Angeles. La hermana de Flea se llama Karen. (Todo dato importa, el mensaje puede estar oculto en cualquier lugar.). En fin, Flea se puso a tocar la batería cuando era solo un niño porque admiraba mucho a su padrastro. A los nueve años le regalaron una trompeta y al parecer la rompió. Luego vino la escuela de música. Entro en la Fairfax High School en el 76 y un mes más tarde se hizo pata de Anthony Kiedis, el cantante de los Peppers.
Como el mensaje no llegaba por ningún lado miré nuevamente la foto de la portada de la Rolling. Flea, como todo el mundo últimamente, tiene muchos tatuajes. Uno de ellos es la cara de Jimmi Hendrix. Su admiración por Hendrix y el rock llegó cuando conoció a Hillel Slovak, un judío nacido en Haifa, Israel, cuyos padres eran sobrevivientes del holocausto y que encontró the meaning of life en el rock. También fue unos de los integrantes de la banda californiana por cierto. Bueno, la cosa es que él le enseñó que la música no es monoteísta. Miles Davis no era el único dios. Ahí estaban Led Zepellin y el mismo Hendrix. Ajá, insistía yo en lo mismo. ¿Por qué te me apareces? Y entonces, cuando todo se creía perdido, cuando la física cuántica me empezaba a parecer una basura mediática y de nerds esotéricos a los que les gusta Enya y el chill out, apareció la gran verdad. Continuará…
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Vamos a decirlo bien claro y en peruano. Andrés Montes es un huevonauta como pocos. Uno que no sólo pone malas chapas, sino que las grita a los cuatro vientos y con corbatita michi a 30 grados centígrados. Para los que no lo conozcan aún, Andrés Montes es un periodista que se hizo famoso narrando los partidos de la NBA en canal +, y que ahora es el maestro de ceremonias —junto a Antonio Esteva y Julio Salinas, los encargados de la narración del mundial 2006 en la Sexta. Montes es la voz de este mundial (como antes fuera la de Rulito o Pocho)y con ese estilo de latino agringado que comenta un partido de los Knicks, genera odios y pasiones. Tiene página web, un diccionario personal de sus ocurrencias y decenas de foros en los que se discute si debemos lincharlo o aplaudirlo.
A Montes parece importarle poco el debate y ha encontrado en su pata Salinas (ex jugador del Barza y del Atlético de Madrid) a un compinche dispuesto a celebrarle todo: “Ay Salinas, qué bien te veo, ¿por qué la gente se mete tanto con nosotros?” Andrés Montés es pues, y ante todo, un incomprendido. Un tipo para el que la vida puede ser maravillosa sobre todo cuando tiene el trabajo más codiciado en estos días.
Pero hagamos justicia. Lo que nadie ha dicho hasta ahora es que el pelado enfrenta los partidos con más garra (o al menos entusiasmo) que la de los muermos de canal 4 (Montes es Billy Cristal junto a Maradona). Y para los más incrédulos he aquí algo que realmente sucedió en el partido que disputaron las selecciones de España y Túnez. Alguien (algún anti Montes, seguro) sugirió poner el 4 en vez del 9. Mal jugado. Todo fue derrota y pesimismo, sazonado con los comentarios ininteligibles de un Maradona al que ya jode ver hasta en la tribuna. Todo iba mal, cuando un espectro bidimensional apareció de pronto. Era la imagen de Montes reflejada en el techo de la sala: éste, vestido de blanco y con la calva lustrada, nos sonreía. Cambiamos a La Sexta. Gol de Raúl, gol de Torres, penal a favor de España, otro gol de Torres, y Montes pasó a convertirse en el huevonauta más simpático del planeta. Luego volvería a ser un huevonauta a secas. ¿España campeón? Pues va a ser que no.
Como fuera, el asunto es que estamos frente a un personaje indiscutible. La mayoría de sus bromas no las entiende ni su madre, ignoro si se empuja un bidón de ron durante cada partido que comenta, ni tampoco por qué quiere tanto a Salinas. (Esteva es choteadazo con roche y sólo aparece cuando Montes se acuerda de su existencia para pedirle que le cuente algo). Pero lo que sí sabemos es que sus comentarios han pasado a ser míticos, como aquel diálogo digno de adornar las páginas de cualquier antología futbolera sobre comentaristas que se haga:
-Montes: Ha sido ‘orsay’.-Salinas: Se dice fuera de juego, lo otro es inglés.
-Esteva: No, inglés es out-side.
-Montes (en la luna): ‘Orsay’, ha sido ‘orsay’.
O como aquella confesión que le espetó a Salinas, en el Suecia-Trinidad y Tobago cuando alguien bromeó sobre su inconfundible pajarita: “Yo, vestido, un señor. Desnudo, un chimpancé”.
Por eso Montes es el mejor comentarista de este mundial. Aunque de fútbol no sepa nada.
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La convocatoria llegó vía email: El miércoles 17 de mayo un grupo de amigos quedaba en reunirse para ver la gran final de la Champions League, Barza vs. Arsenal. Con mi usual simpatía acepté (yo era una de las destinatarias del entusiasta correo) acudir a la cita no sin antes dejar bien en claro, y en negritas, que un partido entre un equipo catalán y otro inglés me importaba cuatro pitos y que en el fondo deseaba que ambos perdieran. Soy una peruana amargada. O eso creía.
Y también impuntual. Diez minutos de espera son demasiado para los europeos. Ya en la plaza Rius y Taulet me disculpo sin mucho éxito y propongo ir a un bar en la calle Torrent de l´ Olla, una concurrida vía del barrio de Gracia, al norte de Barcelona. Para mi desgracia y la creciente rabia de la comparsa, el bar era inglés (pero bueno, tiene la mejor pantalla plana de la zona). “No pienso ver la final en un bar de guiris” sentenció alguien por ahí. Bien dicho, lo vimos en uno cubano.El Elsa Bar le debe su nombre a la cubana más fanática del Barza que he visto en mi vida. A la única para ser sincera. Santitos, velas, la azulgrana bien puesta (y hasta pintada en las mejillas) y cada dos segundos, el himno de los “culés” a todo volumen anunciaban, por lo menos, una noche pintoresca. Luego de dos cervezas, un gol anulado, un portero expulsado y cinco papelitos teledirigidos al gringo cabezón que nos tapó la mitad del primer tiempo, el bar enmudeció. El central inglés Campbell metía un golazo de cabeza, el primero para el Arsenal y un británico despistado y muy poco flemático para decir la verdad gritó goal desde algún imperceptible lugar de la barra. Lo hubiera linchado. Elsa en cambio lo miró con detenimiento, se dirigió a su equipo de sonido, puso play y vociferó: “¡no nos van a ganar desgraciaos!” El himno sonó otra vez y algunos empezaron a aplaudir y a tratar de animarse. Hasta un “¡vamos carajo!” se escuchó por ahí. En la derrota, amigos.
Perder es algo que nadie sabe hacer mejor que un peruano. Desde que tengo uso de razón el Perú siempre ha perdido y esa afirmación, ustedes perdonaran, no es consecuencia de mi amargura sino más bien la causante. El único momento glorioso que recuerdo haber vivido fue en Seúl 88, cuando el voley peruano estuvo a punto de coronarse campeón olímpico. Perdimos. Lo que es peor es que esas derrotas, al menos en mi experiencia, siempre van acompañadas de absurdos diálogos con Dios, “por favor, señor, ya no jodas pues, esta vez al menos haz que gane el equipo que quiero que gane, además es el Barza, es mejor que el Arsenal, es lo justo, y la felicidad de toda la ciudad en la que vivo depende de eso, ya pues, ya se que estás ocupadazo y que tienes problemas serios, pero la alegría de tanta gente también es seria y…” Dios nunca contesta. El medio tiempo llegó y con él, el convencimiento de que la culpable de la derrota era yo. Lo confesé ante mis amigos: “Yo soy el mal agüero”. Ellos, con una seriedad aplastante, me invitaron a salir un rato. Me quité a la calle y me senté en una grada. Ahí, mi prima y dos amigos peruanos más se unieron a mi frustración y recordamos todos juntos y en familia lo que estamos tan acostumbrados a sentir, la derrota.
El segundo tiempo arrancó con un Barza desesperadamente ofensivo y un Arsenal con 10 hombres en la cancha. Un pakistaní que vendía rosas me preguntó como iba el encuentro. “Perdemos 1 a 0”, le respondí para verlo alejarse y entrar al Elsa. Al segundo, un estruendo sacudió Barcelona. Eto´o había conseguido el empate, Elsa había comprado todas las rosas del pakistaní y las lanzaba sobre sus eufóricos clientes y yo corría en busca de mis amigos. Fue un abrazo que hasta hoy me pone la piel de gallina. Luego, emocionada y ya dentro del bar, decidí enviar un mensaje de texto a mi tío Carles. “Seremos campeones, visca el Barza” me descubrí escribiéndole en catañol y justo cuando lo envíe, el brasileño Belletti marcó el segundo para el equipo catalán y luego de 14 años de no ganar la copa europea, la victoria parecía quedarse en casa esta vez.
El pitazo final fue un solo de gritos. La fiesta duró dos días. Dos días de bocinazos, de borrachera en las calles, de autos con banderas, de niños y ancianos despiertos a las tres de la madrugada, de gente con una sonrisa imborrable, bailes, saqueos y desmanes también, pero bueno, habíamos ganado. Así, en plural. Porque esa noche, todos fuimos del Barza y la ciudad se tiño de dos tintas, azul y granate. Porque cuando Elsa, con sus 60 años, puso We are the Champions, el clásico de Queen en su pequeña radio, todos gritamos aquella parte en la que Mercury deja bien en claro que sólo se consigue la victoria cuando se lucha hasta el final. Ojalá alguna vez pueda sentir eso en mi país. Al menos yo, aún no me rindo.
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Dos peruanas y un colombiano viajan a Ámsterdam en marzo. Luego de que una aerolínea catalana les desee un buen vueling y mande una maleta al Charles de Gaulle de Paris (y de paso, la sonrisa de la dueña al carajo), los tres muchachos caminan con la boca abierta pero sin hablar por el titánico aeropuerto Shiphol. “Que tenga un buen vueling”, repite una de ellos como si se tratase de un mantra. Los otros dos buscan un tranvía que los transporte al idílico paisaje que todo buen viajero anhela al llegar a tierras desconocidas: el hotel.Ya descansados, y con 10 kilos de ropa encima, tres exploradores sudamericanos salen a conocer la ciudad más civilizada del mundo. Primer apunte en un diario de viaje: “Los mapas de Ámsterdam no sirven. La ciudad es circular y todas las calles parecen llamarse Absolutamenteperdido Straat.” No hay prisa, pero hace frío. Todos son altos y bilingües. Hay más bicicletas que personas. Hay más canales que en el cable. Segundo apunte en un diario de viaje: “¿Qué carajo hacemos otra vez en el Dam?”
Alguien sugiere dejarse de huevadas y entrar al coffee shop Basjoe. Adentro se está caliente y un aire dulce confirma lo que todos sospechaban: esta es la mejor ciudad del mundo. El dueño del local tiene dreads y se comporta como un chamán. Los tres forasteros piden Coca Cola y zijn, y taquicárdicos, se preguntan por qué sus países nunca serán como Holanda. El colombiano, con serena crueldad, finaliza: “Y eso que eran vikingos”. Nadie vuelve a hablar. Luego de unos 40 minutos, alguien rompe el silencio: “Please, man, coke”. “You mean, Coca Cola”, dice Chaman Rasta con cachita. Tenían su chispa los vikingos.
Rembrandt, Van Gogh y Vermeer también tenían lo suyo. 25 eurazos y un viaje perfecto por la historia del arte (además de una extraordinaria muestra temporal de Caravaggio y Rembrandt). Las peruanas y el colombiano se buscan con la mirada para acercarse y confirmar entre susurros la universalidad de una obra maestra: “Paja, ¿no?” Siempre es jodido hablar de arte.De vuelta a la calle, todo es canales, ciclistas que sacan la mano para doblar, tranvías que no contaminan, policías que no piden papeles, ancianos que se toman 20 minutos para explicarles que el café que buscan está exactamente detrás de ellos. Los tulipanes asomándose, el bar Kaos, el ajedrez, el barrio rojo, sus putas de vitrina con calefacción y condones del Estado y la misma pregunta de siempre: “¿Cómo coño hicieron?” Colombia y Perú, jodidamente jodidos, siguen flotando sobre el Oude Zijds Voorburgwal. Un canal, no se asusten.
Holanda es diques. Desde la humildad de vivir bajo el nivel del mar, los holandeses han tenido la determinación nacional de ganarle al océano. Eso cohesiona. O estamos juntos o la cagada Allá, en mi país, todo se hunde entre la desconfianza y el desprecio, “cholo de mierda”, “pituco conchatumadre”. Luego de diez días y a punto de aterrizar en el Pratt, alguien parece tener la respuesta ante tanto civismo: a un vikingo dale un porro y cómprale una bici con canastita y listo. Se admiten objeciones.
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Mi llegada al Jorge Chávez fue distinta a la de otros regresos al Perú. Esta vez aplaudí cuando el avión aterrizó y de puro huachafa, hasta ganas de llorar me dieron. Ustedes perdonaran la felicidad, que de tristeza ya tuvimos bastante señor Vallejo. A las 5 AM Lima huele a harina de pescado. Es un aire caliente y conocido. El pleito de los taxistas por acaparar pasajeros también es cuento viejo. Luego viene lo de siempre: media hora de pesimismo del tipo “señorita, hizo usted bien en irse, no regrese, acá no hay chamba, la cosa está difícil”. “Allá también”, respondo aburrida mientras bajamos a la costa verde y la cruz de Chorrillos, iluminada al fondo, guía el camino a casa.
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Una diarrea fulminante ataca un estómago ávido de sabores nacionales. Dicen que es el agua del Perú. O los choros a la chalaca de El Suizo de La Herradura. O el sanguchón de las 4 de la madrugada en Barranco. O la raspadilla que se me ocurrió comer en la playa Makaha de la Costa Verde. Yo creo que es la manera que tiene el Perú de meterle un patadón en la canilla (o en la panza, para ser más exactos) a los que se van. Recibido el golpe, me reconcilio con mi país a punta de un suero intragable con sabor a fresa viendo Magaly TV hasta quedar descerebrada con la realidad nacional: Hildebrandt despedido, Baruch Ivcher enriquecido y Servando y Florentino para nada arrepentidos. El mundo sigue su rumbo, inmutable.
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9:00 am. Clases de tabla con César. Entro al mar sobre un tablón de 9´0 y me paró en la segunda ola. El ruido del longboard deslizándose sobre el mar me hace sonreír. Estoy surfeando. ¿Quién dijo que era tan yuca? El espumón termina por envolverme y trago agua (otra de las posibles razones de la diarrea: “tomaste un litro de agua con caca”). La pita de la tabla se rompe. Cesar improvisa un nudo y me dice que reme mar adentro. Eso hago. Nadie dijo que era fácil tampoco.
Creo que correr olas es lo mejor que he hecho en mucho tiempo. Uno está solo, 200 metros adentro, y cuando el mar quiere, puedes sentirte un dios hawaiano. Todo el floro budista, “tú eres el agua, el sol, la sal”, es una verdad científica. Todo el ritual de ese deporte me convence. Encerar la tabla, sortear las olas, llegar hasta el fondo y esperar tu momento. Luego, de vuelta a empezar.
César me repite que todo está en la cabeza. Si me desespero, me canso, si me asusto, me canso, y si me canso, las olas no perdonan. Y esa es una lección que no se queda en el mar. Pasamos la reventazón con tranquilidad, él silba la canción de los locos Adams. Al fondo, alguien en un tablón rojo y tan grande como el mío, sabe de lo que hablo.
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Muchos podrían pensar en la costa peruana como un escenario desolador, árido, marciano. Yo no. Para mi no hay mejor paisaje en el mundo que ese y cada vez que estoy junto a él, por lo general manejando hacia alguna playa del sur de Lima (o con suerte, al norte), podría decirse que soy feliz. Como tantos otros, siempre que pienso en mi vejez, me veo ahí: calientita, arrugada, y ojalá que muy morena.
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En un baño público de Canadá mi madre experimentó una nueva y placentera sensación. Sola, sentada sobre un pulcro retrete, en un aséptico recinto de mayólicas y olor a pino, orinó. Pero lo que hizo que abriera los ojos, mirara al techo y sonriera agradecida no fue sólo la simple satisfacción de ese cotidiano acto, sino un sorpresivo chorrito de agua tibia que provenía de algún lugar del moderno water canadiense y que funcionaba como un bidet teledirigido y automático. En el Perú, cualquier chorrito tibio que salga del trono sería sumamente sospechoso y uno terminaría refregándose el poto durante horas con tal de eliminar el traumático accidente. Gracias a Dios, mi madre estaba de viaje y era feliz.
En una familia numerosa y acostumbrada a la gran herencia francesa del bidé (hay gente que lo encuentra asqueroso, pero para mí, un buen chorro de agua, es mucho mejor que cualquier papel higiénico con dibujitos y suavidad), es natural que esa pequeña anécdota genere revuelo. Así fue como, luego del asombro, vino la rigurosa investigación. ¿Quién había inventado los retretes de alta tecnología, con calentadores de asiento y chorros de agua multidireccionales (deje usted volar su imaginación sobre todo si es mujer)? Pues, si. Un japonés.
Su nombre es Toto, una pequeña compañía que hizo fortuna al adquirir en 1968 a una pequeña empresa americana una licencia de retretes que se transformaban automáticamente en bidé, concebidos originalmente para discapacitados y ancianos. Sin embargo, parece que sus bondades atrajeron también al resto. Así, las colas y peleas para sentarse en Toto (hubo quien le metió cabe a un cojo con tal de entrar primero) fueron el detonante para que lanzará su noble invento a todos los culos del mundo. Desde entonces, los retretes electrónicos, muy populares en Japón y asombrosos para los extranjeros de paso, han conocido numerosas mejoras: asientos con calentador, chorros de agua tibia, música ambiental y gorgojeo de pájaros para cubrir los ruidos embarazosos.
En Estados Unidos la novedad se ha convertido en religión (once again). Es por eso que el mejor fabricante de waters del mundo anunció la construcción de una nueva fábrica en México para responder al enorme interés que sus productos han suscitado en gringolandia. La nueva fábrica costará casi cuatro millones de dólares y dará trabajo a 260 personas cuando sea inaugurada en enero de 2008. Gracias a ella, Toto prevé vender tres mil retretes al mes a Estados Unidos, mil más de los que vende actualmente. Y es que señores, ustedes disculparán, pero cada vez hay más mierda en este mundo. El último modelo permite analizar la orina, medir la presión arterial y la proporción de grasa en el cuerpo, así como pesar la masa corporal. Y no se sorprendan si pronto ven el water PlayStation Home Theater con crucigramas intercambiables en pantallita de plasma con control remoto para jalar desde el pasadizo cuando uno por fin regresa, feliz y renovado, a su quehacer diario.
Es una pena que en Barcelona, Toto no exista. Tanto mi water como mi cadena tienen inscripciones romanas. Y después me dicen que coma fruta.
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La familia Chang empezó el 2006 con el pie derecho. El señor y la señora Chang, apoyados por otros Chang que viven en Barcelona desde hace algunos años, decidieron abrir una de esas tiendas en las que uno encuentra desde magdalenas hasta calzones, pasando por arbolitos de navidad, cuchillos, moldes para hornear, papel aluminio, macetas, alfombras, cortinas marca j.p y dedales (¡!). La tienda se llama “Euro Basar”, y yo, desde mi balcón, vi a los Chang pintar la puerta, colgar el letrero y mirar impávidos su nuevo negocio una vez que lo terminaron. Lo único que hicieron todos juntos al acabar fue levantar la mano izquierda como lo hacen esos perturbadores gatos de porcelana que hay en los chifas. Vinifan hai.
La primera en entrar fue Roxy Foxy, mi prima. Al llegar a casa, un destello intenso se reflejaba en su mirada: “Huevona, ¿has entrado al chino?”. “No”, respondí luego de una pausa reflexiva. “No te imaginas lo que es”, dijo dejando unas cinco bolsas en el suelo. “No”, respondí luego de otra pausa reflexiva. “¡Mira todo lo que me he comprado!”. De esas bolsas salió lo siguiente: un juego de tiro al dardo (¿?) un par de guantes, diecisiete velas, un mantel de papel con motivos navideños, un par de cintas adhesivas (me regaló una en un rapto de generosidad), un juego de tenedores y cuchillos (el primero que he visto de metal descartable, debo admitir con cierta admiración), dos calendarios, un enchufe convertidor, chicles y una gran sonrisa. “Todo es tan barato”, repetía sin respiro, visiblemente emocionada. “Si no entras al chino, estás en nada”, sentenció al ver que no correspondía a su entusiasmo. En el Perú, la inmigración china tiene 150 años. De ahí quizás esa adicción y familiaridad con el chino de la esquina. En España, el fenómeno es reciente. Dicen que se remonta al año 2000.
El señor y la señora Chang tienen cinco hijos, a quienes he bautizado como los pequeños Chang. El niño de dos años ya sabe hablar castellano: dos eulos repite, seguro de su hazaña. Las demás, todas mujeres, sólo miran al cliente con desconfianza. Su tienda se llama “Euro Basar, 0,60 i mes, papereria – joguines – perfumería – ferretería”. Nada más.
Leí en el suplemento de El Mundo (periódico que llegó a mis manos por pura casualidad) una nota en la que se estima que los establecimientos chinos suman 10 mil en toda España y que muchos los consideran como competencia ilícita y desleal. Decía también que los chinos han provocado que los comercios tradicionales pierdan entre un 20% y un 25% de sus ventas anuales. “Trabajan mucho y eso es competencia ilegal”, dijo el señor García, rascándose la barriga al despertar de su siesta en Madrid.
No sé que pase con los demás comercios del barrio. Quizás tendrán que aprender que en el resto del mundo existe algo que se llama competencia y que el cliente siempre tiene la razón. Aunque como bien dijo mi amiga Cristina sobándose el mentón, “esas tiendas que parecen chinos pero que no son de chinos no molan, algo no funciona.” Mientras tanto, y sólo para que estén alertas, cabría agregar que, según el horóscopo chino, el 2006 será un año de perros.
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Yo debería ser una de esas personas que detesta la navidad. Una especie de Grinch local que vomita cuando escucha un villancico y se le baja la presión al toparse con esos chocantes nacimientos vivientes. Por otro lado, la historia del nacimiento del niño Dios me parece uno de los peores pasajes del Nuevo Testamento. Eso de que nadie les daba posada y de que un burro hizo las veces de calefacción resulta, además de melodramático, inverosímil.
Hay muchos motivos para odiar la navidad, de acuerdo. La nostalgia generalizada, la neurosis multiplicada, el tráfico, el empache en nochebuena, los villancicos españoles con todos esos peces que beben en el río, el panetón, esos jueguitos del tipo “el amigo secreto” y cosas peores de las que prefiero no escribir. Pero aún así, por alguna razón, me gusta la navidad y sé perfectamente qué es lo que quieren decir con eso de espíritu navideño. La caja de adornos de mamá con sus luces quemadas y alguno que otro San José decapitado, por ejemplo, los fuegos artificiales teledirigidos con maestría por mis hermanos hacia la casa del vecino o la abuela, las manchas de vino y eructos de pavo, el riesgo que supone todo regalo bien envuelto, la propaganda de Aeroperú [1].
Las navidades que recuerdo son grandes borracheras en familia, en las que todos destruyen la casa divertidos. Es cierto que cada vez hay menos regalos y que también empiezan a faltar algunas personas, pero aún así, sigue gustándome. Es complicado saber por qué. Pero creo que, de alguna manera, es porque es una celebración de la familia. Nadie piensa un segundo en María, José y su nuevo retoño. Yo no al menos. Pero, en cuanto a mi familia se refiere, he visto las demostraciones de afecto más evidentes en esa fecha. Con decirles que hasta Martín, mi hermano menor, me da un beso en el cachete acompañado de un lapo en la cabeza: “Ya, ya, cabezona, feliz navidad pues imbécil”. Gracias, cariño.
El año pasado, ya en Barcelona, mi árbol de navidad fue un cáctus. Fue una cuestión económica más que decorativa. Alguien colgó una aterradora media roja en la pared del comedor y colocó junto a ella un muérdago, una de esas plantas debajo de las que, supuestamente, deberíamos besarnos si de casualidad nos topamos con alguien. Sólo recuerdo haber dado un beso navideño el año pasado. Fue un beso volado y telefónico a mi madre. Y a pesar de haberla pasado bien —no me deprimí ni nada de eso—, no sentí ni medio espíritu navideño. Lo que sí sentí, antes de acostarme, fueron unas impostergables ganas de vomitar.
Este año habrá una cena en mi piso. No habrá árbol de navidad, ni cáctus. No vendrán familiares, ni cohetones silbadores. Tampoco regalos. Vendrán amigos y mi madre volverá a llamar a la medianoche. Le mandaré otro beso volado, y aún así no parecerá Navidad. Mi Navidad llegará seis horas más tarde a Lima, a un departamento en Barranco en el que mis sobrinos sentirán exactamente eso que a mi me cuesta tanto explicarles y que de seguro ustedes ya entendieron desde la primera línea. Con eso me basta. Este 24, dormiré en paz o altamente intoxicada.
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Quiero expresarle mi agradecimiento a los señores del Ayuntamiento por todas las lindas campañas que realizan mes a mes. “Mes libros, mes libres”, “La caca de gos no es fertilizante” y b + b + b = B. Yo soy z y no sé que pito toco ahí, pero bueno. Pero ahora déjenme contarles mi historia que esta columna es la única pancarta que me queda. Lo hago al toque. Miren, yo soy una chica peruana que vino a Barcelona a estudiar y, les confieso, a escapar un poco del caos de la ciudad en la que nací y viví la mayor parte de mi vida: Lima. Lima también es un encanto, no se crean, una ciudad terriblemente desordenada y pobre, pero donde se come como reyes, se bebe como cosacos y se despotrica como ustedes, que de reyes y cosacos saben bastante, ante cualquier semáforo en rojo, tico embalado o cebiche sin el punto justo de ají. Así somos y les debemos mucho, ya ven. Pero hubo algo que me hizo salir de mi ciudad casi en pijama y corriendo despavorida con tres trapos a cuestas. El ruido. Ilusa yo, dirán. La madre patria me esperaba con los brazos abiertos y un grito. No ha parado de gritar desde entonces.
Los primeros meses fueron perfectos. Dormí en un cuarto de un metro cuadrado, con la iluminación perfecta para propiciar el sueño (o sea, el sol era un concepto, una idea, un recuerdo) y aislada completamente del mundanal bullicio de la calle Mallorca, fui feliz, lo juro. Mis sábanas y yo llegamos a un nivel de compenetración nunca antes imaginado, y mis compañeros de piso, así lo entendieron, cuidando mi sueño e incluso, recostándose a veces a mi lado, para roncar en prístina sinfonía. Pero una tarde, entre bostezos, decidí mudarme. Mi asesor personal, el señor Forga, encontró el lugar ideal para una nueva etapa: un piso maravilloso en la calle Bruc, entre Córcega y Roselló. El precio no estaba mal, y por fin sucedió lo que todos anhelamos: el supermercado queda al lado.
Lo que nadie sospechaba es que fuerzas extrañas actúan en esa calle desde tiempos insospechados. Un escuadrón secreto se venga del comfort de la clase media y ha hecho del taladro su insignia y del bocinazo su himno. Desde mi balcón he tratado de descubrirlos, de fotografiar a algún involucrado, de al menos lanzar, cobardemente, un baldazo de agua hirviendo sobre los implicados. Pero nada. El Escuadrón de la Bulla opera con el cuidado de un comando ninja y hace más bulla que la maldita BCNeta.
A los dos días de morder mi almohada y contemplar el techo con los ojos rojos y un parkinson que se cagan, fui a la farmacia más cercana. “¿Me da dos tapones, por favor?” El farmacéutico me miró con complicidad. “¿Vives por aquí también?”, preguntó. “Vivo al lado”, respondí. Entre los dos se creo un lazo irrompible. Me entregó dos especies de sleeping bags que entendí, debía estrujar e introducir en mis torturados oídos como sea. Así lo hice. Esa noche pudo haber aterrizado un helicóptero sobre mi cubrecama. Yo no me hubiera enterado. Desperté al descubrir que el tapón ya no estaba donde debía. Había logrado zafarse de mi oreja y reposaba tranquilo en el suelo. Quizás le tocaba dormir a él también. Me alegré al comprobar lo bien que había descansado y me propuse empezar el día con el mejor de los ánimos. Pero la felicidad duró poco. Al llegar al baño para realizar mis abluciones matinales, comprobé que mi peor pesadilla se había convertido en la realidad mas desalmada. Un pequeño sub comando del Escuadrón de la Bulla había ingresado a mi edificio con una misión clara: volverme loca. Taladros, martillos, soldadoras y pulidoras, sazonados con alaridos al gusto y, demás está decirlo, un turbio microclima (el polvo no permitía ver lo que pasaba a dos metros) me daban los buenos días. Desde entonces, sólo hemos logrado sobrevivir en Polvos Bruc, gracias a la herencia de un antiguo equipo de buceo.
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Mide cinco milímetros, es negro con rayas blancas y cuando quiere joder, jode. No, no estamos hablando otra vez de algún pobre inmigrante, sino de Aedes Albopictus, más conocido por sus detractores como “El Mosquito Tigre”. La primera vez que lo vieron fue en San Cugat del Vallés, en agosto del 2004. Estaba solo y nostálgico, y como era de noche y es asiático, todos lo miraban con sospecha. Pocos sabían que El Mosquito Tigre —a quien nos dirigiremos desde ahora como EMT— sólo pica de día, y lo hace mirando directamente a los ojos de su víctima, generalmente algún europeo rosadito y bien alimentado. Sacando su súper aguijón —dicen que puede atravesar incluso la ropa— y apretando bien sus dientes de insecto, EMT se lanza sobre ese jugoso pedacito de piel que lo hará vengar, sobre la cancha de los locales, ese sentimiento que los portugueses conocen como saudade, y que sólo los extranjeros, insectos o no, reconocemos en nuestras miradas al toparnos por la calle. Algunos testigos aseguran haberlo escuchado murmurar la palabra “toma” mientras atacaba a sus primeras víctimas en la península.
“Mosquito” le llaman y todos le temen. Llegó hace un año a Cataluña y hoy amenaza con extenderse a toda España, exceptuando las zonas desérticas. Es que EMT no es tonto. Ya dijimos que ni bien llegó se fue a vivir a San Cugat, aunque no sea pijo, ni piojo, sino más bien una especie invasora como el visón americano, el mejillón tigre, el pato mavasía jaimacensis o la cotorra argentina. Esta última se ganó bien la chapa. Digamos que es bien parecida a los humanos hembra de esa zona. ¿Alguien me pasa un matamoscas?
Para lograr entender mejor la psiquis y las dizque oscuras intenciones de EMT debemos recurrir a los estudiosos. El entomólogo del servicio de control de mosquitos del Baix Llobregat, Roger Eritja, (perdone, ¿en que trabaja usted? Soy entomólogo del servicio de control de mosquitos del Baix Llobregat) ha sido el primero que apuntó con el dedo índice a nuestro amigo. Hoy, es la misma Generalitat de Cataluña la que se está encargando de la situación porque, según el Doc Eritja, la situación está superando el ámbito de lo municipal. Ya lo han planeado todo para terminar con EMT. A pesar de ser una especie con un rango de adaptabilidad muy alto, la Generalitat y un escuadrón especial de las Fuerzas Armadas han contratado a la bacteria Bacillus thurigensis para exterminarlo. Bacillus, quien a pesar de su nombre es uno de los asesinos a sueldo más serios que se conocen, dice tener el arma perfecta para lograr su cometido: cobre metálico. Otra vez el vil metal para derrotar a los más débiles.
Toda esta campaña está basada en una alerta que tiene a muchos habitantes en sincero pánico. Dicen que si EMT se propaga puede llegar a convertirse en portador del dengue y la fiebre amarilla, además de transmitir enfermedades víricas a los animales. Después dirán que EMT le pega a su mujer, que tiene una pandilla y que escucha reggaeton borracho mientras destroza la ciudad en la que decide instalarse. Por cierto, nadie sabe como llegó hasta Cataluña. Ni siquiera el Doc Eritja. Pero como vuela entre 100 y 150 metros, se especula que llegó desde Italia con el transporte internacional de neumáticos usados, un hábitat ideal ya que en ellos se acumula materia vegetal en descomposición y agua. Si, igual pudo venir en alguna línea aérea. Aunque fácil le hubieran cobrado el agua.
EMT no está solo. En su desesperación quiero decirle que en España viven varias especies de mosquitos que tienen costumbres parecidas a las suyas. No en vano, Eritja y sus discípulos han recomendado recoger ejemplares y enviarlos en un recipiente, sin alcohol u otros conservantes, al servicio de control de mosquitos del Baix Llobregat o al Laboratorio de Entomología de Majadahonda en Madrid. También pudo recomendarnos que nos metiéramos en un tupper y no saliéramos de ahí hasta próximo aviso. Pues no señor Eritja. Si de algo estoy segura, aunque ya dije que EMT no es ningún pobre inmigrante como yo, es que si nos sentáramos en un bar a tomar una caña, nos entenderíamos al primer zumbido.
