Babas Verdes


El escuadron de la bulla
Agosto 20, 2006, 2:14 pm
Archivado en: Columnas

 

Quiero expresarle mi agradecimiento a los señores del Ayuntamiento por todas las lindas campañas que realizan mes a mes. “Mes libros, mes libres”, “La caca de gos no es fertilizante” y b + b + b = B. Yo soy z y no sé que pito toco ahí, pero bueno. Pero ahora déjenme contarles mi historia que esta columna es la única pancarta que me queda. Lo hago al toque. Miren, yo soy una chica peruana que vino a Barcelona a estudiar y, les confieso, a escapar un poco del caos de la ciudad en la que nací y viví la mayor parte de mi vida: Lima. Lima también es un encanto, no se crean, una ciudad terriblemente desordenada y pobre, pero donde se come como reyes, se bebe como cosacos y se despotrica como ustedes, que de reyes y cosacos saben bastante, ante cualquier semáforo en rojo, tico embalado o cebiche sin el punto justo de ají. Así somos y les debemos mucho, ya ven. Pero hubo algo que me hizo salir de mi ciudad casi en pijama y corriendo despavorida con tres trapos a cuestas. El ruido. Ilusa yo, dirán. La madre patria me esperaba con los brazos abiertos y un grito. No ha parado de gritar desde entonces.

Los primeros meses fueron perfectos. Dormí en un cuarto de un metro cuadrado, con la iluminación perfecta para propiciar el sueño (o sea, el sol era un concepto, una idea, un recuerdo) y aislada completamente del mundanal bullicio de la calle Mallorca, fui feliz, lo juro. Mis sábanas y yo llegamos a un nivel de compenetración nunca antes imaginado, y mis compañeros de piso, así lo entendieron, cuidando mi sueño e incluso, recostándose a veces a mi lado, para roncar en prístina sinfonía. Pero una tarde, entre bostezos, decidí mudarme. Mi asesor personal, el señor Forga, encontró el lugar ideal para una nueva etapa: un piso maravilloso en la calle Bruc, entre Córcega y Roselló. El precio no estaba mal, y por fin sucedió lo que todos anhelamos: el supermercado queda al lado.

Lo que nadie sospechaba es que fuerzas extrañas actúan en esa calle desde tiempos insospechados. Un escuadrón secreto se venga del comfort de la clase media y ha hecho del taladro su insignia y del bocinazo su himno. Desde mi balcón he tratado de descubrirlos, de fotografiar a algún involucrado, de al menos lanzar, cobardemente, un baldazo de agua hirviendo sobre los implicados. Pero nada. El Escuadrón de la Bulla opera con el cuidado de un comando ninja y hace más bulla que la maldita BCNeta.

A los dos días de morder mi almohada y contemplar el techo con los ojos rojos y un parkinson que se cagan, fui a la farmacia más cercana. “¿Me da dos tapones, por favor?” El farmacéutico me miró con complicidad. “¿Vives por aquí también?”, preguntó. “Vivo al lado”, respondí. Entre los dos se creo un lazo irrompible. Me entregó dos especies de sleeping bags que entendí, debía estrujar e introducir en mis torturados oídos como sea. Así lo hice. Esa noche pudo haber aterrizado un helicóptero sobre mi cubrecama. Yo no me hubiera enterado. Desperté al descubrir que el tapón ya no estaba donde debía. Había logrado zafarse de mi oreja y reposaba tranquilo en el suelo. Quizás le tocaba dormir a él también. Me alegré al comprobar lo bien que había descansado y me propuse empezar el día con el mejor de los ánimos. Pero la felicidad duró poco. Al llegar al baño para realizar mis abluciones matinales, comprobé que mi peor pesadilla se había convertido en la realidad mas desalmada. Un pequeño sub comando del Escuadrón de la Bulla había ingresado a mi edificio con una misión clara: volverme loca. Taladros, martillos, soldadoras y pulidoras, sazonados con alaridos al gusto y, demás está decirlo, un turbio microclima (el polvo no permitía ver lo que pasaba a dos metros) me daban los buenos días. Desde entonces, sólo hemos logrado sobrevivir en Polvos Bruc, gracias a la herencia de un antiguo equipo de buceo.


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