Babas Verdes


Una pavada navideña
Agosto 20, 2006, 2:18 pm
Archivado en: Columnas

Yo debería ser una de esas personas que detesta la navidad. Una especie de Grinch local que vomita cuando escucha un villancico y se le baja la presión al toparse con esos chocantes nacimientos vivientes. Por otro lado, la historia del nacimiento del niño Dios me parece uno de los peores pasajes del Nuevo Testamento. Eso de que nadie les daba posada y de que un burro hizo las veces de calefacción resulta, además de melodramático, inverosímil.

Hay muchos motivos para odiar la navidad, de acuerdo. La nostalgia generalizada, la neurosis multiplicada, el tráfico, el empache en nochebuena, los villancicos españoles con todos esos peces que beben en el río, el panetón, esos jueguitos del tipo “el amigo secreto” y cosas peores de las que prefiero no escribir. Pero aún así, por alguna razón, me gusta la navidad y sé perfectamente qué es lo que quieren decir con eso de espíritu navideño. La caja de adornos de mamá con sus luces quemadas y alguno que otro San José decapitado, por ejemplo, los fuegos artificiales teledirigidos con maestría por mis hermanos hacia la casa del vecino o la abuela, las manchas de vino y eructos de pavo, el riesgo que supone todo regalo bien envuelto, la propaganda de Aeroperú [1].

Las navidades que recuerdo son grandes borracheras en familia, en las que todos destruyen la casa divertidos. Es cierto que cada vez hay menos regalos y que también empiezan a faltar algunas personas, pero aún así, sigue gustándome. Es complicado saber por qué. Pero creo que, de alguna manera, es porque es una celebración de la familia. Nadie piensa un segundo en María, José y su nuevo retoño. Yo no al menos. Pero, en cuanto a mi familia se refiere, he visto las demostraciones de afecto más evidentes en esa fecha. Con decirles que hasta Martín, mi hermano menor, me da un beso en el cachete acompañado de un lapo en la cabeza: “Ya, ya, cabezona, feliz navidad pues imbécil”. Gracias, cariño.

El año pasado, ya en Barcelona, mi árbol de navidad fue un cáctus. Fue una cuestión económica más que decorativa. Alguien colgó una aterradora media roja en la pared del comedor y colocó junto a ella un muérdago, una de esas plantas debajo de las que, supuestamente, deberíamos besarnos si de casualidad nos topamos con alguien. Sólo recuerdo haber dado un beso navideño el año pasado. Fue un beso volado y telefónico a mi madre. Y a pesar de haberla pasado bien —no me deprimí ni nada de eso—, no sentí ni medio espíritu navideño. Lo que sí sentí, antes de acostarme, fueron unas impostergables ganas de vomitar.

Este año habrá una cena en mi piso. No habrá árbol de navidad, ni cáctus. No vendrán familiares, ni cohetones silbadores. Tampoco regalos. Vendrán amigos y mi madre volverá a llamar a la medianoche. Le mandaré otro beso volado, y aún así no parecerá Navidad. Mi Navidad llegará seis horas más tarde a Lima, a un departamento en Barranco en el que mis sobrinos sentirán exactamente eso que a mi me cuesta tanto explicarles y que de seguro ustedes ya entendieron desde la primera línea. Con eso me basta. Este 24, dormiré en paz o altamente intoxicada.


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