Babas Verdes


Verano 2005
Agosto 20, 2006, 1:58 pm
Archivado en: Columnas

Una estupenda modelo de H&M en un aún más estupendo modelo de bikini de H&M (¡a sólo 7 euros!) nos recuerda un caluroso miércoles por la tarde, en las profundidades del metro, que Barcelona es una ciudad con mar y que el verano espera con chiringuitos y arena artificial en algún punto de la capital catalana. Sí, por fin se fue el jodido invierno, las tembladeras en la madrugada y las elevadas cuentas del gas, cuentas de las que sólo yo soy culpable y por las que desde acá, pido las disculpas del caso a mis tan golpeados (económicamente hablando, claro) compañeros de piso. Su amor y comprensión me abrigaron, aunque sobre todo, su distracción. (Apagaban el gas a regañadientes y yo lo encendía cuando todos dormían tiritando. Despertaron sudados y felices). Cierto es que si el invierno invita a la poesía, el verano invita a la reflexión. O lo que es lo mismo, ambos invitan a una prolongada rascadera de panza con pequeños intervalos de angustia, del tipo “debería hacer algo con mi vida”. Los intervalos son cortos. Y en junio, las faldas también. Pero coloquemos la sombrilla frente al mediterráneo y reflexionemos:

1. Primer punto que llama la atención: en Barcelona se va a la playa a la hora de la siesta. Si uno va muy temprano es como salir al recreo en un nido de niños con problemas de hiperactividad. El último juego que improvisaron a escasos metros de mi toalla terminó enterrando a mi interlocutora. Lo bueno es que el sol relaja tanto que una serena y prolongada mirada al pequeño terrorista playero, terminó en retirada. Abortaron el plan y se fueron al Yacht Club más cercano. (Sólo hay uno en Cabrera del Mar. El baño es limpio y huele a sal. Señores con barrigas pronunciadas juegan dominó. Las señoras timbean mientras tres peruanas toman café con leche, rinden tributo al chocolate y se preguntan dónde cuernos están los yates = el paraíso a sólo 35 minutos).

2. Atención bañistas: acá las playas tienen bandera. Rojo, amarillo y verde, como en casa, aunque el mar está siempre quieto y azul. Las olas son más grandes en una piscina limeña que en el Mediterráneo. La diversión consiste en chapotear, abrir los ojos bajo el agua hasta que se pongan tan rojos que ardan, y hacer muertito mirando el cielo. No hay bolsas ni el acostumbrado ruido de paisanos entregados a Neptuno sobre un gran Donut de caucho. Nadie hace bombitas. Pila no sabemos. En algo debemos parecernos.

3. Una nueva resolución del Ayuntamiento ha decidido lanzar mensajes, a través de grandes megáfonos estratégicamente ubicados en la playa, para recordar el viejo eslogan de “Civismo Barcelona”. Según un amigo muy cívico, el verdadero civismo no necesita de recordatorios. Suficiente con la musiquita electrónica de los chiringuitos. O con las conversaciones de las argentinas en topless a las que todo plan les parece “bárbaro”. Tema de investigación para una futura tesis: ¿Quiénes gritan más, españoles o argentinos?

4. Topless, tangas y demás licras. En más de una ocasión he escuchado fantasear a bañistas post shock con una Policía Estética. En algún momento me pareció exagerado y alegué que todo cuerpo es bello cuando no tiene complejos. Me equivoqué. En una pequeña caleta al sur de Francia vi a una señora de ochenta años en topless. La señora pulpo le puse de apodo. Tenía cuatro brazos. Ya en el hotel, y después de un prolongado duchazo de agua dulce, empecé a esbozar al escuadrón de la belleza: modernas cuatrimotos peinarían la orilla. Al divisar a algún alemán en cola less o ala delta (¿por que siempre los alemanes enseñaran el culo?) o a alguna señora con tres panzas o tres tetas (la duda es evidencia), los estetas de la arena empezarían su labor. Con confortables batas de toalla en la mano en vez de las clásicas boyitas rojas, se lanzarían sobre los culpables y cubrirían a los criminales ante la absorta mirada del insolado público. Luego, una papeleta.

5. El mar alegra siempre. Viñetas entrecortadas de veranos en Ancón, con mi bicicleta Monark y mi glacial de mora, se proyectan en mi cabeza mientras alguien habla de la increíble juerga de Sant Joan. Pobre santo, nadie piensa en él entre pastillas y tuntuntúns. Mejor vuelvo al glacial: Los dientes azules y la sonrisa perfecta. Mamá echándome Caladryl en la espalda, pescadores amables y salados ofreciendo la cena, misa los domingos, bien peinados y a las 6 en punto. Chancays, Kola Inglesas, chicles bomba con sorpresas. Los pies hechos leña.

Veinte años después, de noche, sentada junto a una Estrella bien helada en un barcito con vista privilegiada y palmeras verde neón (pasando la torre Mapfre), contemplo el mar y me siento bien. Acá no suena mucho. Pero es igual de afable que el de mi infancia. Distinto y distante, pero análogo en lo de viejo y sabio. A veces llego a creer que los hombres de mar manejan un conocimiento inasible. Pescadores y surfers explican toda una vida hablando de la marea. La brisa les curte la piel y detrás de un simple “chévere, causa” está encerrado todo el misterio de nuestra existencia. Llega la cuenta. La vista privilegiada en un chiringuito en la Villa Olímpica pasa factura: son 3 euros con 50 céntimos. Un abuso. De regreso a casa, mento al mar y preveo lo difícil que va a ser quitar toda esa arena de mis pobres alpargatas.


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