Babas Verdes


Viaje a casa
Agosto 20, 2006, 2:22 pm
Archivado en: Columnas

 

Mi llegada al Jorge Chávez fue distinta a la de otros regresos al Perú. Esta vez aplaudí cuando el avión aterrizó y de puro huachafa, hasta ganas de llorar me dieron. Ustedes perdonaran la felicidad, que de tristeza ya tuvimos bastante señor Vallejo. A las 5 AM Lima huele a harina de pescado. Es un aire caliente y conocido. El pleito de los taxistas por acaparar pasajeros también es cuento viejo. Luego viene lo de siempre: media hora de pesimismo del tipo “señorita, hizo usted bien en irse, no regrese, acá no hay chamba, la cosa está difícil”. “Allá también”, respondo aburrida mientras bajamos a la costa verde y la cruz de Chorrillos, iluminada al fondo, guía el camino a casa.

 

***

 

Una diarrea fulminante ataca un estómago ávido de sabores nacionales. Dicen que es el agua del Perú. O los choros a la chalaca de El Suizo de La Herradura. O el sanguchón de las 4 de la madrugada en Barranco. O la raspadilla que se me ocurrió comer en la playa Makaha de la Costa Verde. Yo creo que es la manera que tiene el Perú de meterle un patadón en la canilla (o en la panza, para ser más exactos) a los que se van. Recibido el golpe, me reconcilio con mi país a punta de un suero intragable con sabor a fresa viendo Magaly TV hasta quedar descerebrada con la realidad nacional: Hildebrandt despedido, Baruch Ivcher enriquecido y Servando y Florentino para nada arrepentidos. El mundo sigue su rumbo, inmutable.

***

9:00 am. Clases de tabla con César. Entro al mar sobre un tablón de 9´0 y me paró en la segunda ola. El ruido del longboard deslizándose sobre el mar me hace sonreír. Estoy surfeando. ¿Quién dijo que era tan yuca? El espumón termina por envolverme y trago agua (otra de las posibles razones de la diarrea: “tomaste un litro de agua con caca”). La pita de la tabla se rompe. Cesar improvisa un nudo y me dice que reme mar adentro. Eso hago. Nadie dijo que era fácil tampoco.

Creo que correr olas es lo mejor que he hecho en mucho tiempo. Uno está solo, 200 metros adentro, y cuando el mar quiere, puedes sentirte un dios hawaiano. Todo el floro budista, “tú eres el agua, el sol, la sal”, es una verdad científica. Todo el ritual de ese deporte me convence. Encerar la tabla, sortear las olas, llegar hasta el fondo y esperar tu momento. Luego, de vuelta a empezar.

César me repite que todo está en la cabeza. Si me desespero, me canso, si me asusto, me canso, y si me canso, las olas no perdonan. Y esa es una lección que no se queda en el mar. Pasamos la reventazón con tranquilidad, él silba la canción de los locos Adams. Al fondo, alguien en un tablón rojo y tan grande como el mío, sabe de lo que hablo.

***

Muchos podrían pensar en la costa peruana como un escenario desolador, árido, marciano. Yo no. Para mi no hay mejor paisaje en el mundo que ese y cada vez que estoy junto a él, por lo general manejando hacia alguna playa del sur de Lima (o con suerte, al norte), podría decirse que soy feliz. Como tantos otros, siempre que pienso en mi vejez, me veo ahí: calientita, arrugada, y ojalá que muy morena.


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