Babas Verdes


T´ estimo Barcelona
Agosto 20, 2006, 2:10 pm
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Con los países y las ciudades pasa lo mismo que con los amores.: los amas, los detestas, y sobre todo, los detestas. Es el karma de la neurosis, entiendan y perdonen. Mi relación con el Perú es la de dos divorciados que siguen deseándose cada vez que se encuentran en algún coctelito. Con Barcelona la cosa está aún más verde y complicada. Nos gustamos, pero a la vez, no nos soportamos. La Barcelona fashion design pro gay y de izquierda me resulta tan artificial como llevar una escarapela en el pecho por 28 de julio. No soy muy partidaria de las banderas y lo soy mucho menos de cualquier movimiento posmoderno con peinado asimétrico. Quizás por eso hoy, a vísperas de que mi país cumpla 184 años de independencia, he decidido recordar porque sigo acá, queriendo volver a veces, pero quedándome siempre a pesar de todo.

 Para evitar la nostalgia y aprender a estar bien con nuestra realidad es siempre indispensable elaborar uno de esos rankings denominados por la Billboard y las emisoras musicales de todo el mundo como los Top Five, es decir, las cinco mejores canciones, las cinco mejores letras, los cinco mejores grupos, los cinco mejores solos de guitarra, cajón o cucharas. En mi vida, todo cabe en un Top Five. Y hoy que todos piensan en pisco sour, chelas y la blanquiroja, a mi me da la gana de pensar en esta ciudad que día a día me soporta —la mayor parte del tiempo renegando por cualquier cosa— y me manda a la cama con una levantada de ceja y un seco “bona nit, que duerma bien”. Inhalo. La paz Barcelona.

Me quedo aquí por la luz y las veredas con florcitas (disculpen, soy limeña), pero sobre todo por chupar la máxima cantidad de pipas que pueda. Gaby sabe bien de que hablo y quizás ahora este asentando con la cabeza y los dedos llenos de sal. Las pipas son buenas porque reemplazan el diálogo. Los que chupamos pipas, mortales con exceso de ansiedad en las venas y con una necesidad infantil de llevarnos todo lo que podamos a la boca, podemos pasar horas sentados frente a frente, hablando sólo con monosílabos. “¿Taba podrida?” “Ajá” “Puaj” “Mmjjjmm”. Listo.

El número dos llega a pata. Y es que además de mi fijación oral con esas pequeñas semillas, Barcelona es la mejor ciudad que hay en el mundo para caminar. Las calles son seguras y siempre, a pesar de la hora, te cruzas con algún otro peatón apurado que se detiene un segundo para mirarte a los ojos o escupir a tu lado. La caminata lo cura todo. Se pasa la borrachera y se despeja la mente. Y cuando por una de esas jugarretas del destino ves a alguien conocido en dirección opuesta a la tuya, ya no es necesario saltar a la vereda de enfrente, ponerse la capucha o los lentes de sol y pensar “tierra trágame”, sólo hay que seguir caminando, sonreír y pronunciar un “deu” a media voz. Nadie raja, mucho menos se resiente. La primera vez que me percate de eso pensé: aquí quiero vivir.

El tercer lugar es para el granizado de frutas del bosque Kasfruit ®. Y no tengo nada que explicar sobre este punto. Pruébelo usted, lector, y me envía un fax con su opinión.

Cuatro. Ir a la farmacia, al mercado o al banco. Comprar un huevo puede tardar 45 minutos. Comprar colirio requiere de un improvisado directorio de farmacéuticos observando detenidamente tus ojos. Todos coinciden en que los tengo rojos y que además estoy muy flaca, pálida y ojerosa. Casi me siento en casa rodeada de cuatro familiares en batas blancas todos preocupados por mi salud. Lo mismo en el BBVA. Depositar 100 euros aguantando la respiración para no tragarme todo el humo que Xesca, la de la ventanilla, bota a bocanadas, termina siempre en cotilleo prolongado. Si su tía tiene hemorroides no me interesa, pero igual me lo cuenta y de alguna manera lo agradezco hipnotizada.

El quinto lugar es para mis amigos catalanes. Los almuerzos con Carles, las cervezas con Cristina, la risa de Eve, las cenas con Isabella, la música con Iván. No diré más porque de ahí se la creen y quien los aguanta.

Pero como decía, las ciudades son como los amores. Y sólo uno tiene derecho a despotricar contra ellos. Como explicarlo. Hace algunos días alguien me habló mal de Barcelona y de los catalanes, de sus contradicciones de pueblo cosmopolita con el mayor número de festivales de cine del mundo (festival de cine de mujeres, festival de cine de mujeres con un lunar en la ñata, y así. La entrada siempre es gratis y se entiende por qué), de sus playas artificiales, sus elevadas rentas, su inexistente sentido del humor, su pose arti, sus ocupas con tarjeta de crédito, sus manifestaciones a favor de los presos políticos o las pieles de las marmotas, etc. Discrepe con todo menos con el asunto de los festivales de cine. Barcelona es de puta madre me sorprendí diciéndole. Y si no te gusta, zafa. Dicho eso salí a caminar preocupada y la BCNeta me mojó los pies. Esa es su extraña manera de coquetearme. Y aunque prefiera mil veces una marinera a una sardana, yo, al menos, me quedó un rato más por estos lares. Porque hasta el Perú se ve bonito desde aquí.



Verano 2005
Agosto 20, 2006, 1:58 pm
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Una estupenda modelo de H&M en un aún más estupendo modelo de bikini de H&M (¡a sólo 7 euros!) nos recuerda un caluroso miércoles por la tarde, en las profundidades del metro, que Barcelona es una ciudad con mar y que el verano espera con chiringuitos y arena artificial en algún punto de la capital catalana. Sí, por fin se fue el jodido invierno, las tembladeras en la madrugada y las elevadas cuentas del gas, cuentas de las que sólo yo soy culpable y por las que desde acá, pido las disculpas del caso a mis tan golpeados (económicamente hablando, claro) compañeros de piso. Su amor y comprensión me abrigaron, aunque sobre todo, su distracción. (Apagaban el gas a regañadientes y yo lo encendía cuando todos dormían tiritando. Despertaron sudados y felices). Cierto es que si el invierno invita a la poesía, el verano invita a la reflexión. O lo que es lo mismo, ambos invitan a una prolongada rascadera de panza con pequeños intervalos de angustia, del tipo “debería hacer algo con mi vida”. Los intervalos son cortos. Y en junio, las faldas también. Pero coloquemos la sombrilla frente al mediterráneo y reflexionemos:

1. Primer punto que llama la atención: en Barcelona se va a la playa a la hora de la siesta. Si uno va muy temprano es como salir al recreo en un nido de niños con problemas de hiperactividad. El último juego que improvisaron a escasos metros de mi toalla terminó enterrando a mi interlocutora. Lo bueno es que el sol relaja tanto que una serena y prolongada mirada al pequeño terrorista playero, terminó en retirada. Abortaron el plan y se fueron al Yacht Club más cercano. (Sólo hay uno en Cabrera del Mar. El baño es limpio y huele a sal. Señores con barrigas pronunciadas juegan dominó. Las señoras timbean mientras tres peruanas toman café con leche, rinden tributo al chocolate y se preguntan dónde cuernos están los yates = el paraíso a sólo 35 minutos).

2. Atención bañistas: acá las playas tienen bandera. Rojo, amarillo y verde, como en casa, aunque el mar está siempre quieto y azul. Las olas son más grandes en una piscina limeña que en el Mediterráneo. La diversión consiste en chapotear, abrir los ojos bajo el agua hasta que se pongan tan rojos que ardan, y hacer muertito mirando el cielo. No hay bolsas ni el acostumbrado ruido de paisanos entregados a Neptuno sobre un gran Donut de caucho. Nadie hace bombitas. Pila no sabemos. En algo debemos parecernos.

3. Una nueva resolución del Ayuntamiento ha decidido lanzar mensajes, a través de grandes megáfonos estratégicamente ubicados en la playa, para recordar el viejo eslogan de “Civismo Barcelona”. Según un amigo muy cívico, el verdadero civismo no necesita de recordatorios. Suficiente con la musiquita electrónica de los chiringuitos. O con las conversaciones de las argentinas en topless a las que todo plan les parece “bárbaro”. Tema de investigación para una futura tesis: ¿Quiénes gritan más, españoles o argentinos?

4. Topless, tangas y demás licras. En más de una ocasión he escuchado fantasear a bañistas post shock con una Policía Estética. En algún momento me pareció exagerado y alegué que todo cuerpo es bello cuando no tiene complejos. Me equivoqué. En una pequeña caleta al sur de Francia vi a una señora de ochenta años en topless. La señora pulpo le puse de apodo. Tenía cuatro brazos. Ya en el hotel, y después de un prolongado duchazo de agua dulce, empecé a esbozar al escuadrón de la belleza: modernas cuatrimotos peinarían la orilla. Al divisar a algún alemán en cola less o ala delta (¿por que siempre los alemanes enseñaran el culo?) o a alguna señora con tres panzas o tres tetas (la duda es evidencia), los estetas de la arena empezarían su labor. Con confortables batas de toalla en la mano en vez de las clásicas boyitas rojas, se lanzarían sobre los culpables y cubrirían a los criminales ante la absorta mirada del insolado público. Luego, una papeleta.

5. El mar alegra siempre. Viñetas entrecortadas de veranos en Ancón, con mi bicicleta Monark y mi glacial de mora, se proyectan en mi cabeza mientras alguien habla de la increíble juerga de Sant Joan. Pobre santo, nadie piensa en él entre pastillas y tuntuntúns. Mejor vuelvo al glacial: Los dientes azules y la sonrisa perfecta. Mamá echándome Caladryl en la espalda, pescadores amables y salados ofreciendo la cena, misa los domingos, bien peinados y a las 6 en punto. Chancays, Kola Inglesas, chicles bomba con sorpresas. Los pies hechos leña.

Veinte años después, de noche, sentada junto a una Estrella bien helada en un barcito con vista privilegiada y palmeras verde neón (pasando la torre Mapfre), contemplo el mar y me siento bien. Acá no suena mucho. Pero es igual de afable que el de mi infancia. Distinto y distante, pero análogo en lo de viejo y sabio. A veces llego a creer que los hombres de mar manejan un conocimiento inasible. Pescadores y surfers explican toda una vida hablando de la marea. La brisa les curte la piel y detrás de un simple “chévere, causa” está encerrado todo el misterio de nuestra existencia. Llega la cuenta. La vista privilegiada en un chiringuito en la Villa Olímpica pasa factura: son 3 euros con 50 céntimos. Un abuso. De regreso a casa, mento al mar y preveo lo difícil que va a ser quitar toda esa arena de mis pobres alpargatas.



La ciudad perfecta
Agosto 20, 2006, 1:56 pm
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Son pocas las cosas que detesto más en el mundo que volar. Una de ellas es volar durante muchas horas junto a una niña de cinco años. D me mira y sonríe mientras desparrama 500 fichas de un rompecabezas de Winnie The Pooh sobre mi mesita plegable. Yo intento devolverle la sonrisa pero la vida es más complicada de lo que ella, Winnie y sus amigos pueden entender por ahora. Tengo dos Xanax de 50 miligramos dentro, el collarín ortopédico para vuelos de los Devescovi, un antifaz de tela sobre la frente, unos audífonos que no logran aislar del todo —en lo más mínimo— el insoportable ruido del vuelo LP 630 de Lan y un nudo de nostalgia que sube del pecho a la garganta cada vez que el capitán se encuentra con alguno de esos baches aéreos conocidos como “turbulencias”. (Alguna vez vi una película llamada “Turbulencia II”. El capitán y la tripulación se la pasaron temblando dos horas en un avión de tecnopor que daba risa. Sobrevivieron todos, y capitán y azafata se besaron en el aeropuerto).

D me ha pedido una hoja. Mejor dicho, D amenaza con destrozar mi Mini Block Anotaciones Norma, amarillo rayado, si no le regalo una hoja para que garabatee un rato. Me ha visto escribiendo y ha pensado que es una buena idea. D empieza a gustarme. Ella también se aburre. Me veo dibujando pollitos, soles, flores y gatos sobre su pedazo de papel. Una fauna deforme que D celebra gritándole a su madre “lo dibujo ella”. Lo peor del caso es que me siento orgullosa. Faltan ocho horas para aterrizar en Madrid (y como 10 para llegar a Barcelona). Música new age pronostica lo peor mientras pienso en Lima y Barcelona y en la esquizofrenia en la que vivimos todos los pasajeros de ese vuelo por tener que vivir en dos ciudades tan alejadas y distintas. Siempre tengo la sensación de que son universos paralelos que se activan y desactivan cada vez que uno toca tierra, cualquiera que esta sea, el Prat o el Chávez. Entonces, pienso en la ciudad perfecta. Esa que queda exactamente en un punto medio entre las dos. El Pacifico golpea la Barceloneta. El cebiche desplaza al pan tomaca y los sanguches de lechón con todas las cremas se degluten en etílicos estómagos a cualquier hora de la madrugada. Entonces, como suele pasarme siempre, mando a D por un tubo y dejo que por un segundo se le vaya la olla a mi imaginación:

En la ciudad perfecta, el pijama a colores es uniforme y los ciudadanos son pacíficos somnolientos que se saludan con la mirada aturdida de quien acaba de levantarse. Hay sofás en todas las esquinas y pequeños robots-mini-bar que se pasean silenciosamente por las calles. En cada paradero hay un home theater. La gente no habla mucho. Jamás grita. La ciudad perfecta queda cerca al mar y muy lejos de la arquitectura de diseño. Un censo realizado allá por el 2004 confirmó la feliz existencia de tan sólo 20 individuos en la metrópoli soñada. Pero posteriores investigaciones advirtieron que el número de sus habitantes es mucho mayor y que la mayoría se negó a responder por dos razones: a) dormían la siesta b) ya se habían acostado. En la ciudad perfecta no se trabaja. Tampoco se estudia. Se miran pelis y se tiene sexo inseguro entre mordiscos y bostezos. El resto del tiempo se fija la mirada en un punto del techo preguntándose si es mancha o araña. Todos los habitantes de la ciudad perfecta se han ganado la lotería pero no existen nuevos ricos, ni rancia aristocracia. Tampoco videoartistas. La vida es simple ahí. Se venden tamales a un euro y raudos ticos atraviesan Diagonal a esas horas en que los taxis catalanes tienen una odiosa lucecita roja sacándonos la lengua. Los ticos, en cambio, son pequeños y de tan cálidos, amarillos. Ellos siempre permiten el ingreso de ocho felices y abrigados pasajeros. No hay nacionalidades en la ciudad perfecta. Y la palabra inmigrante tiene el mismo sentido que hopribud. O sea, ninguno.

La música new age ha sido reemplazada por un documental de People & Arts sobre Cuba. Y pienso que la ciudad perfecta no sería como La Habana. El Suizo de la Herradura reemplazaría a la horripilante torre Mapfre y el civismo catalán terminaría con la canallada criolla. Familia y amigos estarían cerca cuando uno lo necesite. No tendría que tomarse el metro, no sería necesario volar 15 horas para abrazar a alguien. Ahí, la teletransportación no es broma, se llega a la hora y uno se larga con solo desearlo. Estamos por aterrizar en Barajas. Todos los pasajeros, en su mayoría latinos, se abrochan los cinturones y ponen el asiento en posición vertical. El avión toca Europa. La gente no aplaude. Y el Xanax hizo efecto justo ahora.



Tu mismo
Agosto 20, 2006, 1:49 pm
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Un vuelo de 15 horas causa estragos en un cuerpo de 30 años. Al llegar a Barcelona lo único que quería era todo lo que esa amargada aeromoza me negó: cariño. Entiéndase por cariño un vaso de Coca Cola o un sosegado anfitrión que prefiera ver la tele antes que bombardearme con preguntas. Ya en el aeropuerto mis sueños empezaron a esfumarse. La pequeña Kravitz me esperaba con un ataque de risa contenido. Señalando mi cabeza preguntaba insistentemente: “¿Te has ido a la peluquería?” Respondí con una amable sonrisa y una propuesta: “¿Nos vamos en taxi, no?” Y entonces ocurrió. Mi interlocutora levantó los hombros, me miró fijamente y dijo con naturalidad escalofriante: “tú misma”.

La desestabilizadora expresión se repitió en el trayecto a mi piso y durante los días que siguieron. Al preguntar si podía engullir un yogurt de kiwi, al avisar que iba a darme un baño, al advertir que tenía sueño o malhumor, al anunciar que si no se limpiaba la refrigeradora pronto, esta terminaría escupiendo una viscosa lava de alimentos putrefactos. La respuesta seguía siendo una: “tú misma”Lejos de ser la reafirmación de la existencia del individuo en Kierkegaard, “tu mismo”, en su primera acepción, quiere decir: decide tú y no me jodas. Es increíble el nivel de madurez que uno puede alcanzar solo gracias a esas dos palabras. Y es que, por este lado del planeta los individuos son, digamos, bastante individuales. Desacostumbrados al quehacer emocional latinoamericano que consiste en darle codazos o pataditas a quien este al lado para que nos alcance el control remoto, la limonada o el cortaúñas, con tal de sentirnos queridos, en Barcelona, cuando alguien pide algo, la respuesta es predecible.

Así llegamos al “tu mismo” en su segunda acepción, el que quiere decir: “hazlo tu y no me jodas”. Según el Centre d´ Estadistíques Absurdes de Catalunya, un catalán promedio utiliza el “tu mismo” unas 23.6 veces al día, lo que al año sumaría unos 8614 “tu mismos” vociferados entre Perpignan y Oriola. El uso no discrimina edad ni sexo, aunque extrañamente, los que más usan la expresión de marras confiesan una dieta diaria carente de frutas. La retención anal o mundano estreñimiento, por ello, podría ser uno de los principales motivos del famoso enunciado. En Latinoamérica hay más frutas, y el “tú mismo” se convierte en claro y contundente “tu may”.

Y cuando uno cree que ya no puede más con esa obsesa e insistente forma de apechugarnos responsabilidad y tareas todo el maldito día, de pronto, una mañana lo sabemos hacer todo. Bien o mal, eso no importa. Pero lo que queda claro es que la Cataluña independiente empieza en uno, en casa, al freír unos huevos o probar que tal quedan las galletas de soda con ketchup. Sólo aviso desde ya que cuando alguien descubra el gran descuido que fue dejarme sola en esta nueva etapa y venga con el ceño fruncido y una mochila de reclamos, piña, too late chocherita. Desde mi cama, miro al mundo en pijama y al primer atisbo de inconformidad con mis actos, respondo: “es lo que hay”.