Babas Verdes


La última romántica
Enero 24, 2007, 7:02 pm
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El sábado pasado tuve que asistir, una vez más, a la feliz unión de dos buenos amigos. La boda se celebró en la hacienda San José, con misa criolla y marinera incluida, y ahí tuve la oportunidad de reunirme con un viejo grupo de amigos a los que no veía desde hace muchísimos años. La música era la misma de siempre, excepto por alguno que otro hit reggaetonero como el tan aplaudido “Atrévete” que merecería una columna aparte, (por lo bueno que es). La gente, por otro lado, no me pareció tan cambiada, excepto por sus kilos de más y mis kilos de menos, dicho esto con más preocupación que vanidad por cierto. Pero la diferencia que saltaba a la vista de los demás era otra. Yo, una vez más, estaba sola, y para ellos, mis amigos, eso era motivo de preocupación “porque me quieren” agregaría mi madre siempre con razón. Yo tambien los quiero pero no me preocupan mucho sinceramente. El asunto es que si estaba sola, y encima flaca, realmente delgada, debía estar atravesando una mala racha. Me tomé todo el tiempo del mundo en explicarles que no, que bueno sí, estaba sola, y que no hacía mucho había decidido tomar otro rumbo que el de mi ex pareja, pero que andaba ocupada y tranquila, no se si feliz, pero seguramente con mis buenos ratos de alegría y paz. Les dije que tenía proyectos. Que quería viajar, comprarme discos, alquilar un piso, decorarlo. Que finalmente cuando estoy sola me siento más tranquila, pero que sí, que también fantaseo con un gran amor y terminó besándome el brazo una que otra noche sin que nadie me vea en mi cama de una plaza. Me dijeron que eso pasaba porque siempre estaba con personas que me gustaban mucho. “¡El problema, Vero”, -gritaban- “es que siempre estás con hombres por los que te derrites!”. Me juraron que así no funcionaban las relaciones y me aconsejaron darle bola a todos esos chicos a los que jamás miraría. Les pregunté cómo se hacía eso, me dijeron que saliendo con ellos y luego besándolos y luego acostándome y así. Me señalaron a sus esposos y me aseguraron que el amor que sentían por ellos había empezado casi casi como un chape más. Me serví un whisky que me produjo una arcada que tuve que solapear ante la atenta mirada de algún viejo pitucon de campo y me alejé un poco de todo el escándalo. Pero era imposible huir, y no porque estuviera en Chincha y sin carro. Hablo de metafísica pura. Yo creo en el amor y tengo fobia al desamor, o a ese amor que dicen que cambia, que se transforma y no se qué ocho cuartos. Por un segundo le eche la culpa a la alta clase limeña, tan convencional y pacata, tan en contra de todo lo diferente, de lo inclasificable, de los solteros. Y no es que me sienta Carrie Bradshaw escribiendo su columna para el New York Star, nada de eso, pero sí que quise encontrármela ahí mismito, detrás del bar, junto a Samantha, Charlotte y Miranda y largarnos de ahí, regias, ebrias y solas. Al final vi a la Roxy, y terminamos atragantándonos dos whiskys más con hielo y agua. Roxy acabó con dolor de panza. Yo, necia, seguía dándole vueltas a mi soledad, a las bodas, a los hijos, a mis ex, a la nueva versión de mi mejor amigo sobre el amor. Él también apuesta ahora por la calma, por la feliz convivencia con un gato y su novia. Ha dejado de torturarse por una nena que le insinuaba todo para luego darle un abrazo y salir corriendo. Antes, veíamos La Mosca todos los 14 de febrero y jurábamos ser los únicos en darnos cuenta de estar frente a un hito del cine romántico. Antes chillabamos ‘I really need you tonight’ (Total eclipse of the heart), intoxicados y felices de estar obsesos por un par de imbéciles que seguramente no nos merecían pero qué más daba. Antes el amor era todo, y yo tenía un póster de Lo que queda del día en mi cuarto, la gran obra de Ishiguro llevada al cine por James Ivory sobre el amor que calla, como diría Montaner, a quien también he homenajeado a gritos alguna vez, pero mejor no acordarme porque me da pena. Antes todo era posible, ¿y ahora resulta que debo conformarme con un pelmazo que no tenga ni un sólo disco de los Beatles pero que quien sabe, al menos sociable va a ser y me dirá para casarnos al año? Pues no, váyanse al cuerno. Prefiero seguir soñando con ser abuela y tener dolor de panza de tanta mariposa cuando mi esposo aparece por la puerta, todo canoso él, con una sonrisa cómplice y un nuevo apodo para mi. Así de cojuda. ¿Modern love? No. Yo soy la última romántica.