Babas Verdes


Una noche con Blue
Febrero 26, 2007, 12:57 am
Archivado en: Columnas

 

Joaquín quiere ser inventor de grande y mientras eso llega dibuja robots. Es el mayor de mis sobrinos, tiene nueve años y una cicatriz en la frente gracias a una estrepitosa caída propiciada por Lu, su pequeña hermana, quien lo empujó hace sólo unos días por la escalera mientras jugaban a bajar las gradas con los ojos vendados. El vértigo lo llevamos en la sangre. Cuenta mi madre, yo no estuve presente, que Lu lloraba y repetía “nunca va a perdonarme, nunca”. El dramatismo también está en nuestro ADN. Por supuesto ya todo está olvidado y los dos siguen siendo además de hermanos, buenos amigos.

A Joaquín le gusta el último disco de Bruce Springsteen que tengo grabado en mi iPod y siempre se las ingenia para derrotarme en PlayStation. Como el resto de mis sobrinos, Luciana, Sandra e Ian, me dice “cabezona” y golpea tanto como abraza gracias a una tara familiar que nos une a todos: nos da roche querer. Mi sobrino tiene un amigo invisible llamado Blue, o algo así, un adolescente travieso y brillante al que no le gustan los diálogos prolongados ni la chicha morada. Tampoco los adultos, como si nosotros tuvieramos alguna culpa de crecer. Blue puede estar donde quiera con sólo desearlo, es uno de los padrinos mágicos, sólo que lamentablemente, fuera de la tele, no siempre puede cumplirle todos los deseos a un niño.

Hace unos días Joaquín me pidió alojar a Blue en mi cuarto por una noche. Accedí amable y sin preguntas, al fin y al cabo, si nuestra relación daba síntomas de terminar a las patadas , él podría irse a esquiar a Gstaad o a bucear a Tahití. Joaquín aceptó y luego de darme un apropiado apretón de manos (fuerte y rápido), desapareció. Esa noche, Blue y yo nos llevamos de maravillas, o eso creí. Ninguno habló. Puse a Marvin Gaye, miramos un par de revistas y nos quedamos dormidos. A la mañana siguiente olvide por completo que habíamos pasado la noche juntos y me fui a trabajar sin ofrecerle siquiera un buen desayuno. Total, la imaginación tiene el don de ser, cuando quiere, ciertamente deliciosa.

Al volver a casa al día siguiente encontré a la turba de herederos correteando por los pasillos. Todos me saludaron sin mucho entusiasmo, lo habitual entre nosotros, pero Joaquín estaba distante y cuando le hablé me pidió que me fuera. Pocas cosas duelen tanto como ver a un niño triste y que encima te pide sin ascos que desaparezcas de su vista. Sin decirle nada me fui. No entendía qué podía haber hecho mal, así que con esa infantil crueldad que me nace a veces grité desde mi cuarto que se llevara a Blue con él. Al poco rato lo vi parado en la puerta: “Blue se fue anoche. Me dejó una carta en tu mesa de noche. Decía que se aburrió mucho.” “Ah, ¿si?”, le conteste sin disimular mi piconería. “Sí”, repondió. “Blue está en Hawai, surfeando, regresa mañana, pero no quiere que vuelva a dejarlo contigo”. Le pregunté fastidiada qué cosa le había hecho, me dijo que no valía la pena seguir discutiéndolo, y por un momento me recordó a todos mis ex novios juntos.

Esa noche llegue a casa en la madrugada y vi sobre mi mesa una carta. La abrí con cuidado y leí: “Querida Verónica, disculpa a Joaquín. Esta de mal humor y quiere el último juego de Street Football para PlayStation. El te quiere mucho, y yo me fui a Hawai por otros motivos. Quizás debí traerte, un abrazo, Blue”. Dejé la carta sobre la mesa, me puse un bikini y tomé el primer vuelo hacia Hawai. Blue me recibió en el aeropuerto y me puso un collar de flores alrededor del cuello. Luego entonó mi prematura resaca con un cóctel de esos que llevan sombrillitas. Una vez que estabamos verdaderamente ebrios, corrimos olas, las más grandes, bebimos jugo de tomate y hablamos durante horas del corazón de mi sobrino. Blue me caía bien y a fin de cuentas, podía ser –y hacer– exactamente lo que yo quisiera. Al día siguiente, lejos de Hawai, Joaquín me regaló un sticker de Puka y no dejó de abrazarme durante todo el día. Quizás sospecho de mi repentino bronceado.


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