Quiéreme o muérete
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Abril 21, 2007, 9:20 pm
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Ando leyendo por estos días una novela rabiosa y devastadora, por momentos perfecta, que se llama Pastoral Americana y que ha sido escrita por uno de los eternos candidatos al Nobel, el americano Philip Roth. En ella, Roth escribe: “Luchas contra tu superioridad, tu trivialidad, procurando no tener expectativas irreales sobre la gente, relacionarte con los demás sin una sobrecarga de parcialidad, esperanza o arrogancia, lo menos parecido a un carro de combate que te es posible, sin cañon ni ametralladoras ni un blindaje de acero con un grosor de quince centímetros. No te acercas a ellos en actitud amenazante, sino que lo haces con tus dos pies y no arrancando la hierba con las articulaciones de una oruga, te enfrentas a ellos sin prejuicios, como iguales, de hombre a hombre, como solíamos decir, y sin embargo siempre los malentiendes.” Y luego sigue Roth sobre lo mismo y concluye que a fin de cuentas ellos también nos malentienden y que de eso va la vida: “En cualquier caso, –dice– sigue siendo cierto que de lo que se trata en la vida no es de entender bien al prójimo. Vivir consiste en malentenderlo, malentenderlo una vez y otra y muchas más, y entonces, tras una cuidadosa reflexión, malentenderlo de nuevo. Así sabemos que estamos vivos, porque nos equivocamos”.
Roth deslumbra por su lucidez. Sabe que son muchas las personas que sufren al vivir en un constante malentendido y eso los lleva a aislamientos físicos o mentales de los cuales pocos saben cómo salir y muchos ni lo quieren. Están muy bien solos y que el mundo se vaya a tomar por culo con su ruidosa rutina en la que pasa de todo pero ya no sentimos nada. El mismo Roth vive solo en un pequeño pueblo de Estados Unidos donde hay más campo que casas. Escribe y es leído, sí, así que algo de comunicación busca en su vida, pero presumo que el contacto con la mayoría de la gente o le hace daño o le hace bostezar, aunque no quiera, aunque luche contra eso, aunque si se lo piensa bien no se sienta ni más ni menos que el resto de mortales. Aunque al final, como muchos, quiera pensar que está equivocado y que esos cuatro gatos que le importan lo quieren tanto como él a ellos y qué demonios si no lo comprenden del todo.
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Las últimas semanas he visto con el mismo espanto y fascinación con que veo una película violenta, las confesiones de un psicópata que mató a balazos a 32 personas, entre ellas un estudiante peruano de 21 años, para después matarse de un disparo en la cara. Cho Seung-Hui, el surcoreano que estudiaba en Virginia Tech y que comía solo todos los días, sin amigos ni familiares que dieran la cara por él aún después de la masacre, se declaró mártir y le echó la culpa al mundo de su propia barbarie. Sus delirantes declaraciones están por todos lados. Los debates al respecto también. A estas alturas se ha responsabilizado a casi todo lo imaginable de la locura de Cho: Las armas, la violencia mediática, la soledad, la cultura norteamericana, los videojuegos y hasta hay un lector por ahí (en la versión electrónica de El País por cierto) convencido de la confesión multimediática del surcoreano. Dice no sentirse sorprendido de nada porque nosotros somos los “malos” que dejamos a una persona enloquecer en absoluta soledad. Cho Seung-Hui no podía encontrar alivio quitándose la vida. Necesitaba vengarse y matar de pura rabia a decenas de inocentes.
Imaginen 32 disparos mortales. Cuéntenlos. Tal era su rabia.
La bloggosfera está infestada de toda clase de opiniones y tristes testimonios. También la vida fuera de las pantallas: “En Irak mueren cientos, miles, todos los días, y al mundo le importa un pito”, me comentaba un amigo hace unas horas, mientas yo pensaba que su comparación era tan estúpida como cualquier cosa que pudiera salir de mi boca en ese momento. Todo pasa muy rápido. Todos opinan muy rápido.
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Roth escribe sobre la incomprensión entre las personas a niveles mucho más cotidianos y reconocibles para cualquier lector. Todo lo demás, lo que pasa lejos de paranoias pequeñas y personales, lo que vemos en los noticieros, son casos extremos y cada uno de ellos es igual de lamentable y espeluznante. La guerra, las peleítas entre escritores o vedettes, los asesinatos, los ataques terroristas, las fulminantes opiniones de un político sobre otro, las fulminantes críticas de un crítico sobre otro, en fin, la violencia entre personas en general, debería generarnos la misma indignación y la misma tristeza. Pero el mundo sigue y más allá de todo esto, el rating y el número de periódicos vendidos importa más que cualquier otra cosa. Lo mismo pasa con la tele, las películas, los videojuegos. Violentos o no, que más da, la mayoría de nosotros seríamos incapaces de matar un hámster. Cho Seung-Hui no era una pobre víctima de la sociedad ni un Jesucristo ni un “miren lo que hemos creado” ni mucho menos un heroe o un mártir. Era un enfermo mental.
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