Hacer o no hacer
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Junio 12, 2007, 5:32 pm
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Siempre me ha incomodado conocer gente. Con los años es aún peor. Sinceramente ya no quiero más amigos y mucho menos ‘conocidos’ de esos a los que encontrarte en el supermercado puede convertirse en verdadera pesadilla. Gertrude Stein debe haber sabido a lo que me refiero. Siendo su casa el club de la pequeña Lulú de las artes y las letras de vanguardia, central de artistas y fanfarrones que llegaban al Paris de la fiesta, su fiesta, llegó a sentirse agobiada de tanto vino y cháchara inútil. Un día decidió que no le interesaba más la mayoría de personas a las que había conocido así que resolvió todo de la mejor manera: una carta de despedida. La misiva, corta pero contundente como un puñetazo en la cara, daba por finalizada su relación con muchos de esos ‘amigos’, agradeciendo antes su comprensión y los buenos momentos compartidos. Au revoir, goodbye, hasta nunca. Bien hecho, aunque siempre me cayó mal la Stein, pero esa es otra historia.
Es inevitable conocer gente como es inevitable toparse –una y otra vez– con esa invasiva preguntita que incomoda a todos durante los primeros encuentros: “¿Y tú que haces?” Lo que nace como curiosidad deviene prejuicio. La interrogante se repite siempre y la sufrimos todos. “¿Qué haces?” Lo que sigue es aún peor. Si el interesado, ya sea individuo o grupete, es de corte ‘arti’ y escucha como respuesta “trabajo en el Banco X” o “soy abogada”, la gran mayoría perderá inmediatamente el interés. Ni que decir de los pobres cajeros y cajeras del mundo, los contadores, los chicos de la bolsa o gerentes de cualquier empresa. Pobres, todos ellos tienen el mismo final para sus decepcionados y ‘creativos’ interlocutores: boring people. Lo increíble es el nivel de aparente inocencia que muestran ellos, los boring people, frente a cualquier huevón que se autodenomina artista o escritor. En ese caso suelen suceder dos cosas: o lo alucinan más de la cuenta o lo arriman de inmediato a la categoría de fumón-huevero-posero.
Un carpintero, gasfitero, jardinero están fuera de cualquier juicio y solo podrían generar un incómodo silencio y me consta. No hay gloria en ellos. No hay grandeza, genialidad posible, trascendencia, fama y mucho menos fortuna. Al otro extremo tenemos a los filósofos, antropólogos, sociólogos, teólogos. Ellos generan respeto y bostezos. Jamás he conocido un astronauta pero sé que un médico es siempre apreciado. Joder, son 10 años de carrera y uno siempre termina por necesitar uno. No conozco ciéntificos o matemáticos. Quizás no salgan. Quizás sean los más prejuiciosos. Quizás no quieran perder el tiempo. Se salvan cocineros y arquitectos, amos y señores de un nuevo boom de coleccionables y programitas de TV.
Una vez me dijeron que uno es lo que hace. Lo hizo un amigo cuando le conté una discusión con un sujeto al que le dije que la revista que editaba me parecía una buena mierda a veces. Sigo pensando lo mismo, pero eso no significa que el sujeto en cuestión me parezca un incompetente o un inescrupuloso. Mucho menos una mierda. Un pobre mortal obligado a cumplir con los intereses de la empresa para la que trabaja, eso sí. ¿No lo hemos sido todos alguna vez? Nunca creí en eso de que uno es lo que hace. Grandes obras corresponden a grandísimos hijos de puta. Hay vidas admirables y anónimas. Y no son pocas.
Creo que la mejor respuesta que he escuchado a la pregunta en cuestión fue la de un francesito tan lúcido como aburrido de la etiqueta. Sin un cobre en el bolsillo y consciente de que eso era más que evidente para el resto, guardó un prudente silencio, dio un último trago a su cerveza y respondió: “Vivo de mis intereses”. Dicho esto dejó dos euros sobre la mesa, se levantó y se alejó de nosotros.
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¡Bravo, Flaca! Después de contestarle a alguien lo que hago “por la vida”, aquel preguntón impertinente siempre se me queda mirando con sus ojos bobalicones como diciendo «¡pero, qué más!». En ese instante me veo en la obligación de lanzarle una “baba verde” y responderle «cagar». Porque, al parecer, garabatear palabras en un papel es necesariamente un hobby de los weekends. ¡Y yo que formo parte de los boring people! ¿O Boeing people, tal vez: me voy a volar un rato! Chau. Adeu. Au revoir¡
Comentario por víctor Junio 12, 2007 @ 10:26 pmacabo de terminar de leer “La sentencia de muerte”, de Maurice Blanchot, donde encontré una frase que recordó tu artículo: “Unirme a Nathalie, puede decirse que era casi como no unirme a nadie: esto no es una frase que desmerezca, es, por el contrario, lo más serio que puedo decir de una persona”. Besos
Comentario por víctor Julio 5, 2007 @ 7:46 pm