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Algeciras es tan feo que por momentos me recuerda a Lima. Tengo hambre y estoy agotada. El viaje en bus desde Málaga ha sido más largo de lo previsto. Lo único que quiero es encontrar a Alejandra para que me lleve al hotelito playero en el que está alojada desde ayer y quedarme quieta al menos por una noche. Las fronteras siempre son horribles. Pero por lo menos ésta tiene mar y no muralla ni garita. Está atardeciendo, y luego de un tedioso saludo –Algeciras es horrible, insisto– estamos camino al hotel, a unos dos kilómetros del centro. El mar se ve más azul que en ninguna otra parte en la que haya estado antes y el peñón de Gibraltar se impone en el paisaje nocturno. Es inglés y da miedo. Mañana cruzaremos el estrecho para llegar a Tánger.
Es extraña la ilusión que uno siente antes de viajar. Es tan intensa como absurda porque al final todo viaje decepciona. Solo se convierte en experiencia grata semanas, meses, años, vidas después, cuando uno lo recuerda con nostalgia en la comodidad de casa, otra vez harto de cualquier ciudad en la que se haya instalado, harto de sus habitantes, harto de sus rutinas, harto de sus comodidades, harto de sus manías. Harto de uno mismo. Llegamos al hotel y desde el balcón de mi cuarto veo el horizonte y ni pizca del África. Genial. Abro una cerveza fría que nos vendió una andaluza gritona y cálida en una tiendecita escondida en un callejón y doy el primer trago. Todo está inmovil ahora: la pequeña playita con luna llena incluida, la risas de la gente en chiringuitos lejanos, el mismo mar. Pensándolo bien, y quizás porque me voy mañana mismo, me gusta Algeciras más que muchas ciudades que he visto. Alejandra lia uno y habla de Portugal, de una noche tan callada como pavorosa en una desolada playa del Algarve. Más tarde sueño con tsunamis.
Son las 10 de la mañana y en la oficina de viajes aseguran que el Ferry demora 45 minutos en llegar a Tánger. Lo que no dicen es que demora más de una hora en partir. Aprovecho el retraso y hago un repaso mental. He leído mucho sobre Marruecos pero no imagino nada. Quizás por eso siento estas desesperadas ganas de estar ahí. Es toda esa cuestión de salir de occidente, de ver otro mundo, de alejarte en serio de todo lo familiar y reconocible, de todo lo detestablemente aceptado como única, o mejor forma de vida. Creo saber cómo debo vestirme, sin mostrar las piernas y los brazos; creo saber cómo debo comer, con la mano derecha, la izquierda es papel higiénico musulmán; cómo debo pedir un taxi, igual que en cualquier parte; y también cómo debo salir huyendo, corriendo nomás, porque el calzado oficial marroquí –especie de suecos puntiagudos conocidos como babuchas– se ve bastante incómodo como para echarse a perseguir a alguien. Lindos, eso sí.
NAVEGANDO HACIA EL AFRICA: MARAVILLA Y MUERTE EN EL ESTRECHO DE GIBRALTAR
Por fin en el ferry, decido viajar en cubierta y recordarme a cada segundo que atravieso uno de esos clásicos de los cursos escolares de geografía. Y ahí estoy, sola, navegando sobre el Estrecho de Gibraltar a toda velocidad, sin poder dejar de sonreir, hasta que un grupo de indeseables divisa mi inmejorable ubicación y decide acompañarme. Gracias. La gente siempre arruinándolo todo, y siempre tan copiona, y tan pegote. Luego del controlado colerón, cruzo un par de diplomáticas sonrisas con el grupo y vuelvo a perder la vista en el mar. No hay nada que le quite a uno tanto el aliento como la naturaleza. Recuerdo una entrevista que leí en la Rolling Stone a uno de mis músicos favoritos. Luego de dar mil rodeos, terminaba por confesar a regañadientes que su único Dios, a esas alturas de su vida, era la naturaleza y que si se podía hablar de una guerra mayor a las demás era precisamente la que existe contra ella. El Estrecho de Gibraltar une dos mares, dos países, dos placas tectónicas, dos religiones y dos culturas. También dicen que está lleno de atunes y que sus vientos pueden ser tan crueles como las corrientes que matan a buzos e inmigrantes. Como suele pasar frente a paisajes así, de pronto siento miedo a morir.
Pánico. ¿Qué hago acá? Tuve todas las señales para evitar lo que se me viene, pero aún así me embarqué. Me embarqué sabiendo que en los poblados más chicos de Marruecos abundan los perros rabiosos y que si uno de ellos se me acerca, lo más recomendable será golpearlo con un palo en la cabeza. Por eso, todas las guías te sugieren llevar uno a cualquier excursión a pie lejos de las ciudades principales. El Lonely Planet sugiere casi a los gritos evitar el exceso de cháchara, té de menta o hachís cuando el viajero entre a curiosear en una tienda o mercadillo, porque lo único que querrán los dulces anfitriones, después de hacernos sentir tan especiales, será enyucarnos una alfombra. O dos. Finalmente, y en letras rojas, muchas guías y páginas web advierten al viajero sobre una de las mafias más peligrosas en las ciudades turísticas del Magreb: ‘la mafia de los guías falsos’. Uno los mira a los ojos y listo, se jodió. No harán más que chuparte el dinero y convertir en falsa ilusión esa maravillosa promesa de que en Marruecos uno puede sobrevivir una semana con 100 euros. Pero calma. Recupera la templanza. Recuerda que esas advertencias son para europeos sonsos, para gringos pavos.
Estoy viva, estoy de viaje.
Sentada sobre mi mochila, con el mentón apoyado sobre mis brazos en la baranda, veo como Algeciras se aleja cada vez más y vuelvo a sentir que todo es posible. Uno siempre se siente feliz durante el trayecto. Lástima que tarde o temprano tengamos que llegar a alguna parte. Creo que la clave de la felicidad para algunos está en seguir moviéndonos. Nunca llegar, siempre largarnos.
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¡Hola Flaca! Me gusta eso de “la clave de la felicidad para algunos está en seguir moviéndonos. Nunca llegar, siempre largarnos”. ¿Alguna vez has visto a un perro mearse sobre la llanta de un carro que avanza?
Comment por víctor Julio 15, 2007 @ 3:29 am