Babas Verdes


MIEDO Y ASCO EN MARRUECOS. PARTE II
Enero 7, 2008, 3:29 pm
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El Muniria está ubicado en el número 1 de la Rue de Magellan en Tánger. Es el típico hotel de 2 estrellas, feo pero limpio. El cuarto tiene muebles antiguos y de madera oscura que me recuerdan los de una vieja casa de playa en San Bartolo. También hay una cortina detrás de la cual se esconden un bidet y un lavamanos con un pequeño y gastado espejo que refleja con crueldad las “marcas de la vida” y el ridículo bronceado del viaje en ferry: soy una vieja con cachetes rosados. Por un segundo fantaseo con ponerme una burka y esconderme del mundo, pero al final me recuerdo que soy demasiado cobarde hasta para eso. El Muniria en cambio tiene su pequeña gloria y ha alojado a más de un valiente. En este hotel William Burroughs escribió parte de EL ALMUERZO DESNUDO mientras Allen Ginsberg y Jack Kerouac fumaban hachís en el techo (los techos de Marruecos son los lugares más agradables para matar el tiempo). Por eso estamos alojadas ahí, por esa estúpida tendencia mía a la novelería –aún cuando no recordaba ni una sola línea de ese libro.

Llevo dos horas tirada en la cama y empiezo a ponerme de buen humor. Decido dejar la ducha para después porque el baño queda afuera y lo último que me provoca es cruzarme con otro turista que como yo esté alojado aquí con la esperanza de tomar un té de menta con el fantasma de un viejo beat en vez de tentar suerte con un joven marroquí bilingüe de mirada profunda. Alejandra ya empezó a fotografiar todo lo que pasa por la ventana. Poso para una foto con el cartel de El Muniria detrás y la verdad es que no salgo nada mal, pero justo en ese momento escuchamos el silbido de un hombre que ha estado vigilándonos desde que llegamos. El mismo hombre que nos acompañó a cambiar nuestros euros en dirhams, y que luego nos metió a un petit taxi (así se llaman y son como ticos pero antiguos) para dar cien vueltas y avanzar 10 cuadras. Es Mustafa, nuestro guía falso, nuestra robusta sombra con babuchas y Arnettes. El hombre al que le habíamos dicho veinte veces que se fuera, que no saldríamos hoy, que ya mañana nos busque porque mañana no pensábamos estar ahí. Pero la criollada limeña es cualquier huevada frente a la criollada bereber , y eso, como todo en esta vida, tiene una explicación.

Tánger fue fundada por los antiguos fenicios allá por el 1450 a.C. Fue una importante ciudad bereber hasta que los romanos la ocuparon durante el reinado de Augusto (45 a.C), empezando así una larga lista de dominios: llegaron los visigodos y los bizantinos, luego los españoles, los portugueses y los británicos. Hasta que en 1684, luego de un largo bloqueo, los británicos se retiraron no sin antes destruir la ciudad y su puerto. Nice as usual. Pero ahí no acabó la cosa. Su ubicación geográfica la convirtió a fines del siglo XIX en un centro para la diplomacia europea y no fue hasta 1960, que el mundo entero reconoció la anexión de Tánger a Marruecos. Por supuesto Mustafa no sabe nada de eso, o al menos no lo comenta. Pero sí habla de la liga española de fútbol y nos lleva rápido a la medina mientras saluda a varios en el camino, para depositarnos en un restaurante más caro que cualquier menú de Barcelona (ciudad base y punto de partida de este viaje). Como quien baja el almuerzo paseamos por el zoco, entramos a una peluquería típica (que se parecía mucho a las nuestras), nos ofrece 100 camellos para que seamos sus mujeres, nos susurra cuando caminamos por las enormes casas blancas donde viven artistas o escritores europeos y americanos (imagino a tipos de barba blanca y turbantes rodeados de sirvientes mal pagados), nos lleva a una tienda de alfombras donde pierdo por goleada en el arte del regateo (el tipo lanzó fuego sobre una alfombra para que compruebe su calidad, por cierto, de primera), nos ofrece hachís y terminamos viendo el mar desde un acantilado más pobre que el de Magdalena pero con una luz que Lima ni siquiera imagina. Ya de noche, Mustafa nos acompaña al hotel y nos aconseja no caminar nunca por una de las calles que lo colindan. Luego nos desfalca y se aleja. Es la primera noche en Marruecos y de pura tristeza termino durmiéndome. Tengo pesadillas o eso creo, porque despierto al poco rato con el llamado musulmán a la oración. Entonces me entero: este viaje –todo viaje, pero éste más que otros– es un bautismo de soledad. Todo se reacomoda dentro y la sensación no es para nada agradable. De todas formas ya lo decidí: no pienso combatirlo.



DULCES SUEÑOS
Enero 7, 2008, 3:23 pm
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A los 17 años, Randy Gardner, un estudiante de San Diego, dejó de dormir durante 264 horas (11 días) sin ayuda de ninguna droga o medicina. Al duodécimo día, no descansó. Organizó una conferencia de prensa en la que habló durante horas sin cabecear ni mostrar señales de agotamiento o alteración nerviosa. Luego de despedir a los reporteros, se fue derechito al sobre. Gardner ganó así un lugar en la historia, cinco minutos de fama, un récord Guiness y unas ojeras imborrables. Pero no puedo negar que su historia me dejó tan perpleja como agotada. ¿Qué demonios quería probar? ¿Por qué intentar algo tan absurdo como masoquista?
Una rápida pesquisa me dio la respuesta: porque como muchos otros, Gardner no soporta que la gente “pierda” tanto tiempo durmiendo. Su “experimento” quiso probar que los humanos no necesitamos tantas horas de sueño como nos han hecho creer, que podemos estar despiertos y aprovechar más el tiempo y la vida, etc, etc, etc.
¿Por qué existen personas que desprecian tanto a los dormilones? Porque siendo absolutamente sinceros, son varias las veces en que puedo detectar cierto juicio despectivo cuando, por ejemplo un domingo, almuerzo en pijama. ¿Qué les jode tanto? ¿Es envidia? ¿Pena? ¿Asco? Si de pronto se me apareciera de verdad el puto genio de la lámpara maravillosa y me dijera “pide un deseo”, lo tendría clarísimo: una semana en una king size de una apacible y alejada habitación con room service, pantalla gigante, una buena selección de DVD’s (pela, siesta, pela, siesta, así hasta desearle al mundo las buenas noches con una sonrisa), controles remotos a la mano y unas ocho almohadas de diferentes tamaños. Ningún teléfono celular sería permitido en unos 200 metros a la redonda. Si de pronto quisiera ver a alguien, el room service me lo traería como si fuera un sánguche. Luego se iría –básico–con solo un aplauso. “Oe Vero a ver deja ese canal?” ¡Clap! Bye byeeee.
Pero volvamos a la triste y madrugadora realidad. Volvamos al mundo estresado, a los teléfonos que no paran de sonar, a los jefes que llaman hasta para preguntarte a cuánto están cambiando el dólar, a los amigos que se resienten porque una vez más cancelas ese postergado almuerzo, a los días y las noches atiborrados de deberes laborales y sociales, a todas esas personas que tienen la mirada perdida porque no dejan de repasar en sus mentes todo lo que tienen que hacer. Volvamos a los deadlines, a los cierres, a los reclamos, a los 40 emails diarios que debemos responder como si se tratase de la misma computadora de Lost y el planeta entero dependiera de un reply. ¿Por qué hemos llegado a esto? ¿Por qué ya no hay tiempo para nada? ¿Por qué el INC no declara la “moqueguana” (la siesta después del desayuno) patrimonio nacional y nos relajamos todos juntos, bien peruanos, y más unidos que nunca? Yo me sentiría más orgullosa de ella que del mejor de los piscos. Salud Moquegua.
Sé que no soy la única que piensa así. He compartido siestas y pienso seguir haciéndolo. Dormir junto a alguien es como un pacto sin palabras. Sé también que hay libros que elogian a la pereza y músicos que le cantan con voz de enamorados. No puedo dejar de recordar una foto de John Lennon –quien por cierto también compuso la entrañable “I’m Only Sleeping”– que vi en algún lado. Echado en un sofá, Lennon mira una revista y tiene esa deliciosa expresión somnolienta de todos aquellos que adoramos “perder” el tiempo. Atrás suyo se puede leer “Safe As Milk” (el gran título del álbum de Captain Beefheart and His Magic Band). “A salvo como la leche.” Así es como me siento cada vez que me meto entre las sábanas y respiro ese olor tan familiar mezcla de baba con talco. Y así quisiera quedarme mucho más tiempo del que este mundo ha decidido permitirme. Dormir unas 264 horas podría ser un buen reto para empezar.