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El Muniria está ubicado en el número 1 de la Rue de Magellan en Tánger. Es el típico hotel de 2 estrellas, feo pero limpio. El cuarto tiene muebles antiguos y de madera oscura que me recuerdan los de una vieja casa de playa en San Bartolo. También hay una cortina detrás de la cual se esconden un bidet y un lavamanos con un pequeño y gastado espejo que refleja con crueldad las “marcas de la vida” y el ridículo bronceado del viaje en ferry: soy una vieja con cachetes rosados. Por un segundo fantaseo con ponerme una burka y esconderme del mundo, pero al final me recuerdo que soy demasiado cobarde hasta para eso. El Muniria en cambio tiene su pequeña gloria y ha alojado a más de un valiente. En este hotel William Burroughs escribió parte de EL ALMUERZO DESNUDO mientras Allen Ginsberg y Jack Kerouac fumaban hachís en el techo (los techos de Marruecos son los lugares más agradables para matar el tiempo). Por eso estamos alojadas ahí, por esa estúpida tendencia mía a la novelería –aún cuando no recordaba ni una sola línea de ese libro.
Llevo dos horas tirada en la cama y empiezo a ponerme de buen humor. Decido dejar la ducha para después porque el baño queda afuera y lo último que me provoca es cruzarme con otro turista que como yo esté alojado aquí con la esperanza de tomar un té de menta con el fantasma de un viejo beat en vez de tentar suerte con un joven marroquí bilingüe de mirada profunda. Alejandra ya empezó a fotografiar todo lo que pasa por la ventana. Poso para una foto con el cartel de El Muniria detrás y la verdad es que no salgo nada mal, pero justo en ese momento escuchamos el silbido de un hombre que ha estado vigilándonos desde que llegamos. El mismo hombre que nos acompañó a cambiar nuestros euros en dirhams, y que luego nos metió a un petit taxi (así se llaman y son como ticos pero antiguos) para dar cien vueltas y avanzar 10 cuadras. Es Mustafa, nuestro guía falso, nuestra robusta sombra con babuchas y Arnettes. El hombre al que le habíamos dicho veinte veces que se fuera, que no saldríamos hoy, que ya mañana nos busque porque mañana no pensábamos estar ahí. Pero la criollada limeña es cualquier huevada frente a la criollada bereber , y eso, como todo en esta vida, tiene una explicación.
Tánger fue fundada por los antiguos fenicios allá por el 1450 a.C. Fue una importante ciudad bereber hasta que los romanos la ocuparon durante el reinado de Augusto (45 a.C), empezando así una larga lista de dominios: llegaron los visigodos y los bizantinos, luego los españoles, los portugueses y los británicos. Hasta que en 1684, luego de un largo bloqueo, los británicos se retiraron no sin antes destruir la ciudad y su puerto. Nice as usual. Pero ahí no acabó la cosa. Su ubicación geográfica la convirtió a fines del siglo XIX en un centro para la diplomacia europea y no fue hasta 1960, que el mundo entero reconoció la anexión de Tánger a Marruecos. Por supuesto Mustafa no sabe nada de eso, o al menos no lo comenta. Pero sí habla de la liga española de fútbol y nos lleva rápido a la medina mientras saluda a varios en el camino, para depositarnos en un restaurante más caro que cualquier menú de Barcelona (ciudad base y punto de partida de este viaje). Como quien baja el almuerzo paseamos por el zoco, entramos a una peluquería típica (que se parecía mucho a las nuestras), nos ofrece 100 camellos para que seamos sus mujeres, nos susurra cuando caminamos por las enormes casas blancas donde viven artistas o escritores europeos y americanos (imagino a tipos de barba blanca y turbantes rodeados de sirvientes mal pagados), nos lleva a una tienda de alfombras donde pierdo por goleada en el arte del regateo (el tipo lanzó fuego sobre una alfombra para que compruebe su calidad, por cierto, de primera), nos ofrece hachís y terminamos viendo el mar desde un acantilado más pobre que el de Magdalena pero con una luz que Lima ni siquiera imagina. Ya de noche, Mustafa nos acompaña al hotel y nos aconseja no caminar nunca por una de las calles que lo colindan. Luego nos desfalca y se aleja. Es la primera noche en Marruecos y de pura tristeza termino durmiéndome. Tengo pesadillas o eso creo, porque despierto al poco rato con el llamado musulmán a la oración. Entonces me entero: este viaje –todo viaje, pero éste más que otros– es un bautismo de soledad. Todo se reacomoda dentro y la sensación no es para nada agradable. De todas formas ya lo decidí: no pienso combatirlo.
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