Babas Verdes


POSTALES DE LA HUACACHINA
Mayo 22, 2008, 10:57 pm
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Postal 0. Preparativos de un viaje.
Tres mujeres llegan a un acuerdo en un bar de color rosado. Huir. El destino surge tan abrupta o milagrosamente como una laguna rodeada por unas cuantas tercas palmeras en medio del desierto. Parece perfecto por lejano aunque no lo esté realmente. Sellan el pacto con un shot de Jägermeister. Al llegar a casa vomitan y sueñan con una doncella de ojos verdes que llora en el desierto la muerte del hombre al que amó. Dos semanas después, un auto del mismo color que los ojos de la doncella se desliza a toda marcha por la Panamericana Sur, llega a Ica, da un giro a la derecha y se pierde en una trocha sin nombre ni letreros. El paisaje lo conforman tres o cuatro mototaxis, mucha basura, y la amabilidad de un anciano que sonríe al ver el vehículo detenerse a su lado. “Por acá solo llegan al mar”, dice. “La Huacachina es para allá”. Hace un puchero con los labios y mira, levantando ligeramente el mentón, en dirección contraria. Vuelta en U. “Muchas gracias, señor”, alcanza a decir una. Una nube de polvo se levanta sobre el anciano sin borrarle la sonrisa. Ellas también sonríen.

Postal 1. Welcome.
No hay nadie en la recepción del hotel además de la recepcionista y de las tres mujeres. Tampoco hay reserva alguna aunque una de ellas canceló vía BCP la primera noche en una habitación triple con vista a la piscina. Una de las mujeres prueba con otro nombre. “Leslie Estac”, repite la recepcionista. “Es correcto”, reponden las viajeras. “Ha reservado una doble”, precisa la recepcionista. “No, reservamos una triple, y nos dijeron que nos darían la número 15”. No figura, no responde, el cliente no siempre tiene la razón. Al menos no para la recepcionista. Una de las mujeres pierde la calma sin intuir los designios de su inoportuna impaciencia. “No se preocupen”, dice una segunda mujer que aparece por detrás saliendo de una pequeña oficina que da a la recepción. “Vamos a implementarles una habitación. Les pondrán una cama extra. Pueden irse acomodando”. Una de las mujeres recibe la llave. Sobre un pedazo de madera que se cree llavero se lee un número. Es el 13.

Postal 2. Un té en el Sahara
“I need a drink”, dice una de las mujeres. No sonríe, lo cual supone un reto etílico serio y sin tregua. Cómo negarse. Un letrero las conduce al bar. Piden piñas coladas. Caminan hacia la zona de las hamacas. Hay dos. Una esta rota. Una de las mujeres divisa un camino hacia las dunas y hace una seña para que la sigan. El Grupo 5 las obliga a apurar el paso en busca del silencio. Caminan por el desierto y cuando sienten la quietud de la nada se sientan bajo el sol. Beben y hablan de decepciones e ilusiones. Pero eso no se cuenta. Eso se queda ahí, en la arena, junto a la zarza ardiente humedecida por un cálido riachuelo dorado que se pierde cuesta abajo hacia una cancha de fulbito sin más luces que su afición. Más tarde tres beduinos se les acercarían y compartirían con ellas un viaje hacia el temible territorio de las lechuzas y los búhos. Las tres mujeres aprenden que hay búhos del tamaño del chato Barraza. Se asustan.

Postal 3. El cambio climático.
Las viajeras duermen y despiertan para intentar volver a dormir. Dos roncan y tosen, una discute hasta en sueños, mientras la otra parece probar un helado. La tercera mira el techo y fantasea con la mejor manera de asesinarlas. Alguien canta a los lejos “Sweet Child of Mine” y lo hace realmente mal. La noche es fría. Y seca. Y si alguien las viera ahí, no podría evitar pensar en tres fardos Nazca. No hay más cremas que un protector solar. No hay más agua que la del caño. No se escucha llorar a nadie a lo lejos, a pesar de la leyenda de la doncella de los ojos verdes cuyas lágrimas crearon un oasis.

Postal 4. Downtown.
El bar Syd ha desaparecido al igual que un tercio del agua de la laguna que alguna vez fuera motivo de un hermoso y visitado balneario. En su lugar está el hotel Barret junto al busto de un insolado Sérvulo Gutierrez que mira estoico pedalones, gringos y bricheros. Las tres mujeres entran, se sientan, miran el menú y deciden buscar una mejor vista. Luego entenderán que la vista es solo una: la laguna, tres o cuatro hoteles y un mercadillo de artesanía donde uno puede capturar brujas y sirenas para llevarlas consigo a un mejor clima. No importa que sean llaveros: las brujas, las sirenas y las tres mujeres saben que la humedad es lo mejor para la piel. Cosas de chicas.

Postal 5. Fauna salvaje.
Luego de 30 horas de convivencia, el diálogo se limita a miradas ininteligibles. Y un tanto hostiles, a decir verdad. Alguien propone una hora de sana lectura junto a la piscina. En un acto egoísta y espontáneo, otra se apodera de la única hamaca hasta que presiente una invasiva presencia. Un loro repite “hola” sobre su cabeza. Se despide del plumífero sin palabras y se une a sus compañeras de viaje. Horas más tarde el loro destrozaría la revista de una de ellas y se mostraría realmente agresivo en la lucha por un tequeño. Perdió y no volvió a saludarlas.

Postal 6. Boogie.
El grupo se divide. Una de las mujeres se va de compras y aprovecha la tarde para fotografiar el paisaje. Las otras dos se preparan para una experiencia peligrosa e inolvidable. Atravesar el desierto en un vehículo preparado para todo. Incluso para dos borrachas inefables que previamente visitaron tres bodegas de la zona e ingirieron 30 variedades de pisco. No son las dos mujeres por si cabe la sospecha ahí va la aclaración. El boggie acelera, sube dunas imposibles y las baja como si fuera el carrito de una montaña rusa tercer mundista. Nadie se siente seguro ahí. Solo las borrachas. Pero aún así, todos gritan y ríen y se dan las manos. ¿Por qué será que la adrenalina nos pone felices? Si alguien hubiese tomado una foto de la última maniobra de “morenaje” (así le decían al conductor) cualquiera podría ver dos amígdalas en el asiento trasero, un cuello hecho trizas y dos manos homenajeando el final de Thelma y Louise. Sobrevivieron para contarlo. Aunque nadie parezca querer escucharlas.

Postal 7. Tos, Juno y regreso a casa.

La noche es un fracaso. La salud de dos de las mujeres se ha visto seriamente afectada. Tosen. No hablan. Se meten a la cama y tiritan. La tercera mujer apura un vodka tonic, fuma un cigarrillo, conversa con una canadiense y sus amigos, se congela de frío, entra al cuarto y propone ver una película. La historia de la adolescente más cool del mundo y su precoz embarazo. Cuando acaba, se apagan las luces de la habitación # 13. El viaje ha terminado. A la mañana siguiente recorren el mismo camino de regreso a casa. Las acompaña el buen Dylan, Amy, Belle & Sebastian y un implacable virus que está arrasando con todos los habitantes de la capital. Esa noche tienen sobresaltos. Y una de ellas jura haber escuchado un desconsolado llanto a lo lejos.


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