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Postal 0. Preparativos de un viaje.
Tres mujeres llegan a un acuerdo en un bar de color rosado. Huir. El destino surge tan abrupta o milagrosamente como una laguna rodeada por unas cuantas tercas palmeras en medio del desierto. Parece perfecto por lejano aunque no lo esté realmente. Sellan el pacto con un shot de Jägermeister. Al llegar a casa vomitan y sueñan con una doncella de ojos verdes que llora en el desierto la muerte del hombre al que amó. Dos semanas después, un auto del mismo color que los ojos de la doncella se desliza a toda marcha por la Panamericana Sur, llega a Ica, da un giro a la derecha y se pierde en una trocha sin nombre ni letreros. El paisaje lo conforman tres o cuatro mototaxis, mucha basura, y la amabilidad de un anciano que sonríe al ver el vehículo detenerse a su lado. “Por acá solo llegan al mar”, dice. “La Huacachina es para allá”. Hace un puchero con los labios y mira, levantando ligeramente el mentón, en dirección contraria. Vuelta en U. “Muchas gracias, señor”, alcanza a decir una. Una nube de polvo se levanta sobre el anciano sin borrarle la sonrisa. Ellas también sonríen.
Postal 1. Welcome.
No hay nadie en la recepción del hotel además de la recepcionista y de las tres mujeres. Tampoco hay reserva alguna aunque una de ellas canceló vía BCP la primera noche en una habitación triple con vista a la piscina. Una de las mujeres prueba con otro nombre. “Leslie Estac”, repite la recepcionista. “Es correcto”, reponden las viajeras. “Ha reservado una doble”, precisa la recepcionista. “No, reservamos una triple, y nos dijeron que nos darían la número 15”. No figura, no responde, el cliente no siempre tiene la razón. Al menos no para la recepcionista. Una de las mujeres pierde la calma sin intuir los designios de su inoportuna impaciencia. “No se preocupen”, dice una segunda mujer que aparece por detrás saliendo de una pequeña oficina que da a la recepción. “Vamos a implementarles una habitación. Les pondrán una cama extra. Pueden irse acomodando”. Una de las mujeres recibe la llave. Sobre un pedazo de madera que se cree llavero se lee un número. Es el 13.
Postal 2. Un té en el Sahara
“I need a drink”, dice una de las mujeres. No sonríe, lo cual supone un reto etílico serio y sin tregua. Cómo negarse. Un letrero las conduce al bar. Piden piñas coladas. Caminan hacia la zona de las hamacas. Hay dos. Una esta rota. Una de las mujeres divisa un camino hacia las dunas y hace una seña para que la sigan. El Grupo 5 las obliga a apurar el paso en busca del silencio. Caminan por el desierto y cuando sienten la quietud de la nada se sientan bajo el sol. Beben y hablan de decepciones e ilusiones. Pero eso no se cuenta. Eso se queda ahí, en la arena, junto a la zarza ardiente humedecida por un cálido riachuelo dorado que se pierde cuesta abajo hacia una cancha de fulbito sin más luces que su afición. Más tarde tres beduinos se les acercarían y compartirían con ellas un viaje hacia el temible territorio de las lechuzas y los búhos. Las tres mujeres aprenden que hay búhos del tamaño del chato Barraza. Se asustan.
Postal 3. El cambio climático.
Las viajeras duermen y despiertan para intentar volver a dormir. Dos roncan y tosen, una discute hasta en sueños, mientras la otra parece probar un helado. La tercera mira el techo y fantasea con la mejor manera de asesinarlas. Alguien canta a los lejos “Sweet Child of Mine” y lo hace realmente mal. La noche es fría. Y seca. Y si alguien las viera ahí, no podría evitar pensar en tres fardos Nazca. No hay más cremas que un protector solar. No hay más agua que la del caño. No se escucha llorar a nadie a lo lejos, a pesar de la leyenda de la doncella de los ojos verdes cuyas lágrimas crearon un oasis.
Postal 4. Downtown.
El bar Syd ha desaparecido al igual que un tercio del agua de la laguna que alguna vez fuera motivo de un hermoso y visitado balneario. En su lugar está el hotel Barret junto al busto de un insolado Sérvulo Gutierrez que mira estoico pedalones, gringos y bricheros. Las tres mujeres entran, se sientan, miran el menú y deciden buscar una mejor vista. Luego entenderán que la vista es solo una: la laguna, tres o cuatro hoteles y un mercadillo de artesanía donde uno puede capturar brujas y sirenas para llevarlas consigo a un mejor clima. No importa que sean llaveros: las brujas, las sirenas y las tres mujeres saben que la humedad es lo mejor para la piel. Cosas de chicas.
Postal 5. Fauna salvaje.
Luego de 30 horas de convivencia, el diálogo se limita a miradas ininteligibles. Y un tanto hostiles, a decir verdad. Alguien propone una hora de sana lectura junto a la piscina. En un acto egoísta y espontáneo, otra se apodera de la única hamaca hasta que presiente una invasiva presencia. Un loro repite “hola” sobre su cabeza. Se despide del plumífero sin palabras y se une a sus compañeras de viaje. Horas más tarde el loro destrozaría la revista de una de ellas y se mostraría realmente agresivo en la lucha por un tequeño. Perdió y no volvió a saludarlas.
Postal 6. Boogie.
El grupo se divide. Una de las mujeres se va de compras y aprovecha la tarde para fotografiar el paisaje. Las otras dos se preparan para una experiencia peligrosa e inolvidable. Atravesar el desierto en un vehículo preparado para todo. Incluso para dos borrachas inefables que previamente visitaron tres bodegas de la zona e ingirieron 30 variedades de pisco. No son las dos mujeres por si cabe la sospecha ahí va la aclaración. El boggie acelera, sube dunas imposibles y las baja como si fuera el carrito de una montaña rusa tercer mundista. Nadie se siente seguro ahí. Solo las borrachas. Pero aún así, todos gritan y ríen y se dan las manos. ¿Por qué será que la adrenalina nos pone felices? Si alguien hubiese tomado una foto de la última maniobra de “morenaje” (así le decían al conductor) cualquiera podría ver dos amígdalas en el asiento trasero, un cuello hecho trizas y dos manos homenajeando el final de Thelma y Louise. Sobrevivieron para contarlo. Aunque nadie parezca querer escucharlas.
Postal 7. Tos, Juno y regreso a casa.
La noche es un fracaso. La salud de dos de las mujeres se ha visto seriamente afectada. Tosen. No hablan. Se meten a la cama y tiritan. La tercera mujer apura un vodka tonic, fuma un cigarrillo, conversa con una canadiense y sus amigos, se congela de frío, entra al cuarto y propone ver una película. La historia de la adolescente más cool del mundo y su precoz embarazo. Cuando acaba, se apagan las luces de la habitación # 13. El viaje ha terminado. A la mañana siguiente recorren el mismo camino de regreso a casa. Las acompaña el buen Dylan, Amy, Belle & Sebastian y un implacable virus que está arrasando con todos los habitantes de la capital. Esa noche tienen sobresaltos. Y una de ellas jura haber escuchado un desconsolado llanto a lo lejos.
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El Muniria está ubicado en el número 1 de la Rue de Magellan en Tánger. Es el típico hotel de 2 estrellas, feo pero limpio. El cuarto tiene muebles antiguos y de madera oscura que me recuerdan los de una vieja casa de playa en San Bartolo. También hay una cortina detrás de la cual se esconden un bidet y un lavamanos con un pequeño y gastado espejo que refleja con crueldad las “marcas de la vida” y el ridículo bronceado del viaje en ferry: soy una vieja con cachetes rosados. Por un segundo fantaseo con ponerme una burka y esconderme del mundo, pero al final me recuerdo que soy demasiado cobarde hasta para eso. El Muniria en cambio tiene su pequeña gloria y ha alojado a más de un valiente. En este hotel William Burroughs escribió parte de EL ALMUERZO DESNUDO mientras Allen Ginsberg y Jack Kerouac fumaban hachís en el techo (los techos de Marruecos son los lugares más agradables para matar el tiempo). Por eso estamos alojadas ahí, por esa estúpida tendencia mía a la novelería –aún cuando no recordaba ni una sola línea de ese libro.
Llevo dos horas tirada en la cama y empiezo a ponerme de buen humor. Decido dejar la ducha para después porque el baño queda afuera y lo último que me provoca es cruzarme con otro turista que como yo esté alojado aquí con la esperanza de tomar un té de menta con el fantasma de un viejo beat en vez de tentar suerte con un joven marroquí bilingüe de mirada profunda. Alejandra ya empezó a fotografiar todo lo que pasa por la ventana. Poso para una foto con el cartel de El Muniria detrás y la verdad es que no salgo nada mal, pero justo en ese momento escuchamos el silbido de un hombre que ha estado vigilándonos desde que llegamos. El mismo hombre que nos acompañó a cambiar nuestros euros en dirhams, y que luego nos metió a un petit taxi (así se llaman y son como ticos pero antiguos) para dar cien vueltas y avanzar 10 cuadras. Es Mustafa, nuestro guía falso, nuestra robusta sombra con babuchas y Arnettes. El hombre al que le habíamos dicho veinte veces que se fuera, que no saldríamos hoy, que ya mañana nos busque porque mañana no pensábamos estar ahí. Pero la criollada limeña es cualquier huevada frente a la criollada bereber , y eso, como todo en esta vida, tiene una explicación.
Tánger fue fundada por los antiguos fenicios allá por el 1450 a.C. Fue una importante ciudad bereber hasta que los romanos la ocuparon durante el reinado de Augusto (45 a.C), empezando así una larga lista de dominios: llegaron los visigodos y los bizantinos, luego los españoles, los portugueses y los británicos. Hasta que en 1684, luego de un largo bloqueo, los británicos se retiraron no sin antes destruir la ciudad y su puerto. Nice as usual. Pero ahí no acabó la cosa. Su ubicación geográfica la convirtió a fines del siglo XIX en un centro para la diplomacia europea y no fue hasta 1960, que el mundo entero reconoció la anexión de Tánger a Marruecos. Por supuesto Mustafa no sabe nada de eso, o al menos no lo comenta. Pero sí habla de la liga española de fútbol y nos lleva rápido a la medina mientras saluda a varios en el camino, para depositarnos en un restaurante más caro que cualquier menú de Barcelona (ciudad base y punto de partida de este viaje). Como quien baja el almuerzo paseamos por el zoco, entramos a una peluquería típica (que se parecía mucho a las nuestras), nos ofrece 100 camellos para que seamos sus mujeres, nos susurra cuando caminamos por las enormes casas blancas donde viven artistas o escritores europeos y americanos (imagino a tipos de barba blanca y turbantes rodeados de sirvientes mal pagados), nos lleva a una tienda de alfombras donde pierdo por goleada en el arte del regateo (el tipo lanzó fuego sobre una alfombra para que compruebe su calidad, por cierto, de primera), nos ofrece hachís y terminamos viendo el mar desde un acantilado más pobre que el de Magdalena pero con una luz que Lima ni siquiera imagina. Ya de noche, Mustafa nos acompaña al hotel y nos aconseja no caminar nunca por una de las calles que lo colindan. Luego nos desfalca y se aleja. Es la primera noche en Marruecos y de pura tristeza termino durmiéndome. Tengo pesadillas o eso creo, porque despierto al poco rato con el llamado musulmán a la oración. Entonces me entero: este viaje –todo viaje, pero éste más que otros– es un bautismo de soledad. Todo se reacomoda dentro y la sensación no es para nada agradable. De todas formas ya lo decidí: no pienso combatirlo.
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A los 17 años, Randy Gardner, un estudiante de San Diego, dejó de dormir durante 264 horas (11 días) sin ayuda de ninguna droga o medicina. Al duodécimo día, no descansó. Organizó una conferencia de prensa en la que habló durante horas sin cabecear ni mostrar señales de agotamiento o alteración nerviosa. Luego de despedir a los reporteros, se fue derechito al sobre. Gardner ganó así un lugar en la historia, cinco minutos de fama, un récord Guiness y unas ojeras imborrables. Pero no puedo negar que su historia me dejó tan perpleja como agotada. ¿Qué demonios quería probar? ¿Por qué intentar algo tan absurdo como masoquista?
Una rápida pesquisa me dio la respuesta: porque como muchos otros, Gardner no soporta que la gente “pierda” tanto tiempo durmiendo. Su “experimento” quiso probar que los humanos no necesitamos tantas horas de sueño como nos han hecho creer, que podemos estar despiertos y aprovechar más el tiempo y la vida, etc, etc, etc.
¿Por qué existen personas que desprecian tanto a los dormilones? Porque siendo absolutamente sinceros, son varias las veces en que puedo detectar cierto juicio despectivo cuando, por ejemplo un domingo, almuerzo en pijama. ¿Qué les jode tanto? ¿Es envidia? ¿Pena? ¿Asco? Si de pronto se me apareciera de verdad el puto genio de la lámpara maravillosa y me dijera “pide un deseo”, lo tendría clarísimo: una semana en una king size de una apacible y alejada habitación con room service, pantalla gigante, una buena selección de DVD’s (pela, siesta, pela, siesta, así hasta desearle al mundo las buenas noches con una sonrisa), controles remotos a la mano y unas ocho almohadas de diferentes tamaños. Ningún teléfono celular sería permitido en unos 200 metros a la redonda. Si de pronto quisiera ver a alguien, el room service me lo traería como si fuera un sánguche. Luego se iría –básico–con solo un aplauso. “Oe Vero a ver deja ese canal?” ¡Clap! Bye byeeee.
Pero volvamos a la triste y madrugadora realidad. Volvamos al mundo estresado, a los teléfonos que no paran de sonar, a los jefes que llaman hasta para preguntarte a cuánto están cambiando el dólar, a los amigos que se resienten porque una vez más cancelas ese postergado almuerzo, a los días y las noches atiborrados de deberes laborales y sociales, a todas esas personas que tienen la mirada perdida porque no dejan de repasar en sus mentes todo lo que tienen que hacer. Volvamos a los deadlines, a los cierres, a los reclamos, a los 40 emails diarios que debemos responder como si se tratase de la misma computadora de Lost y el planeta entero dependiera de un reply. ¿Por qué hemos llegado a esto? ¿Por qué ya no hay tiempo para nada? ¿Por qué el INC no declara la “moqueguana” (la siesta después del desayuno) patrimonio nacional y nos relajamos todos juntos, bien peruanos, y más unidos que nunca? Yo me sentiría más orgullosa de ella que del mejor de los piscos. Salud Moquegua.
Sé que no soy la única que piensa así. He compartido siestas y pienso seguir haciéndolo. Dormir junto a alguien es como un pacto sin palabras. Sé también que hay libros que elogian a la pereza y músicos que le cantan con voz de enamorados. No puedo dejar de recordar una foto de John Lennon –quien por cierto también compuso la entrañable “I’m Only Sleeping”– que vi en algún lado. Echado en un sofá, Lennon mira una revista y tiene esa deliciosa expresión somnolienta de todos aquellos que adoramos “perder” el tiempo. Atrás suyo se puede leer “Safe As Milk” (el gran título del álbum de Captain Beefheart and His Magic Band). “A salvo como la leche.” Así es como me siento cada vez que me meto entre las sábanas y respiro ese olor tan familiar mezcla de baba con talco. Y así quisiera quedarme mucho más tiempo del que este mundo ha decidido permitirme. Dormir unas 264 horas podría ser un buen reto para empezar.
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Algeciras es tan feo que por momentos me recuerda a Lima. Tengo hambre y estoy agotada. El viaje en bus desde Málaga ha sido más largo de lo previsto. Lo único que quiero es encontrar a Alejandra para que me lleve al hotelito playero en el que está alojada desde ayer y quedarme quieta al menos por una noche. Las fronteras siempre son horribles. Pero por lo menos ésta tiene mar y no muralla ni garita. Está atardeciendo, y luego de un tedioso saludo –Algeciras es horrible, insisto– estamos camino al hotel, a unos dos kilómetros del centro. El mar se ve más azul que en ninguna otra parte en la que haya estado antes y el peñón de Gibraltar se impone en el paisaje nocturno. Es inglés y da miedo. Mañana cruzaremos el estrecho para llegar a Tánger.
Es extraña la ilusión que uno siente antes de viajar. Es tan intensa como absurda porque al final todo viaje decepciona. Solo se convierte en experiencia grata semanas, meses, años, vidas después, cuando uno lo recuerda con nostalgia en la comodidad de casa, otra vez harto de cualquier ciudad en la que se haya instalado, harto de sus habitantes, harto de sus rutinas, harto de sus comodidades, harto de sus manías. Harto de uno mismo. Llegamos al hotel y desde el balcón de mi cuarto veo el horizonte y ni pizca del África. Genial. Abro una cerveza fría que nos vendió una andaluza gritona y cálida en una tiendecita escondida en un callejón y doy el primer trago. Todo está inmovil ahora: la pequeña playita con luna llena incluida, la risas de la gente en chiringuitos lejanos, el mismo mar. Pensándolo bien, y quizás porque me voy mañana mismo, me gusta Algeciras más que muchas ciudades que he visto. Alejandra lia uno y habla de Portugal, de una noche tan callada como pavorosa en una desolada playa del Algarve. Más tarde sueño con tsunamis.
Son las 10 de la mañana y en la oficina de viajes aseguran que el Ferry demora 45 minutos en llegar a Tánger. Lo que no dicen es que demora más de una hora en partir. Aprovecho el retraso y hago un repaso mental. He leído mucho sobre Marruecos pero no imagino nada. Quizás por eso siento estas desesperadas ganas de estar ahí. Es toda esa cuestión de salir de occidente, de ver otro mundo, de alejarte en serio de todo lo familiar y reconocible, de todo lo detestablemente aceptado como única, o mejor forma de vida. Creo saber cómo debo vestirme, sin mostrar las piernas y los brazos; creo saber cómo debo comer, con la mano derecha, la izquierda es papel higiénico musulmán; cómo debo pedir un taxi, igual que en cualquier parte; y también cómo debo salir huyendo, corriendo nomás, porque el calzado oficial marroquí –especie de suecos puntiagudos conocidos como babuchas– se ve bastante incómodo como para echarse a perseguir a alguien. Lindos, eso sí.
NAVEGANDO HACIA EL AFRICA: MARAVILLA Y MUERTE EN EL ESTRECHO DE GIBRALTAR
Por fin en el ferry, decido viajar en cubierta y recordarme a cada segundo que atravieso uno de esos clásicos de los cursos escolares de geografía. Y ahí estoy, sola, navegando sobre el Estrecho de Gibraltar a toda velocidad, sin poder dejar de sonreir, hasta que un grupo de indeseables divisa mi inmejorable ubicación y decide acompañarme. Gracias. La gente siempre arruinándolo todo, y siempre tan copiona, y tan pegote. Luego del controlado colerón, cruzo un par de diplomáticas sonrisas con el grupo y vuelvo a perder la vista en el mar. No hay nada que le quite a uno tanto el aliento como la naturaleza. Recuerdo una entrevista que leí en la Rolling Stone a uno de mis músicos favoritos. Luego de dar mil rodeos, terminaba por confesar a regañadientes que su único Dios, a esas alturas de su vida, era la naturaleza y que si se podía hablar de una guerra mayor a las demás era precisamente la que existe contra ella. El Estrecho de Gibraltar une dos mares, dos países, dos placas tectónicas, dos religiones y dos culturas. También dicen que está lleno de atunes y que sus vientos pueden ser tan crueles como las corrientes que matan a buzos e inmigrantes. Como suele pasar frente a paisajes así, de pronto siento miedo a morir.
Pánico. ¿Qué hago acá? Tuve todas las señales para evitar lo que se me viene, pero aún así me embarqué. Me embarqué sabiendo que en los poblados más chicos de Marruecos abundan los perros rabiosos y que si uno de ellos se me acerca, lo más recomendable será golpearlo con un palo en la cabeza. Por eso, todas las guías te sugieren llevar uno a cualquier excursión a pie lejos de las ciudades principales. El Lonely Planet sugiere casi a los gritos evitar el exceso de cháchara, té de menta o hachís cuando el viajero entre a curiosear en una tienda o mercadillo, porque lo único que querrán los dulces anfitriones, después de hacernos sentir tan especiales, será enyucarnos una alfombra. O dos. Finalmente, y en letras rojas, muchas guías y páginas web advierten al viajero sobre una de las mafias más peligrosas en las ciudades turísticas del Magreb: ‘la mafia de los guías falsos’. Uno los mira a los ojos y listo, se jodió. No harán más que chuparte el dinero y convertir en falsa ilusión esa maravillosa promesa de que en Marruecos uno puede sobrevivir una semana con 100 euros. Pero calma. Recupera la templanza. Recuerda que esas advertencias son para europeos sonsos, para gringos pavos.
Estoy viva, estoy de viaje.
Sentada sobre mi mochila, con el mentón apoyado sobre mis brazos en la baranda, veo como Algeciras se aleja cada vez más y vuelvo a sentir que todo es posible. Uno siempre se siente feliz durante el trayecto. Lástima que tarde o temprano tengamos que llegar a alguna parte. Creo que la clave de la felicidad para algunos está en seguir moviéndonos. Nunca llegar, siempre largarnos.
