Babas Verdes


¿Google o Elton John?
Septiembre 24, 2007, 7:25 pm
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La respuesta es pan comido. “¡Google!” gritó el mundo. ¿Pero a qué se debe la interrogante? A que hace unas semanas, Sir Elton John –cuyas canciones alguna vez todos cantamos cuando ser cool no era una opción– lanzó un mensaje al mundo pidiendo que Internet cierre cinco años para que la humanidad entera vuelva a ser lo que era antes. ¿Qué era antes, Elton? Antes era la gente en las calles, tocándose, dialogando, resolviendo el mundo en revoluciones pacíficas, o no tan pacíficas, pero siempre estimulantes. Antes eran los músicos en vivo, los discos de vinilo con tapas grandes y reales que olían y podían apilarse en casa y escucharse mientras uno leía la lista de canciones y veía las fotos de sus ídolos y soñaba con llegar a ser un día como ellos. Y la gran verdad es que antes los discos se vendían (¡sí!) y Elton Hercules John, nacido como Reginald Kenneth Dwight Harris, pudo hacer una incalculable fortuna al vender más de 400 millones de álbumes (según El País) y convertirse en un ícono del pop que le cantaba a Marilyn Monroe y a Lady Di la misma canción. Aún en el Perú, y en el 2007 (¡!), se sigue escuchando “Sacrifice” en las radios. Pero ese es otro tema. Y un tema lamentable, por cierto.

Volvamos a lo nuestro. A las pocas horas del exabrupto, la mayoría de internautas tenía la respuesta a sus declaraciones: “Mejor que (en)cierren a Elton John cinco años”. Y lo más probable es que el mismo Elton, bien embadurnado de cremas antiarrugas y con bata de satén, leyera la reacción del vulgo en su golden laptop de última generación y se preguntara inmediatamente: ¿por qué demonios declaro cojudeces a The Sun?

Es que ya estuvo bueno de tanta nostalgia. El mundo no era mejor ni más creativo antes. De eso creo que estamos convencidos todos los que no vendemos discos, al menos. Las revoluciones se hacen ahora desde la cama, al estilo John y Yoko, pero eso sí, conectados. Si el ‘Sir’ está asado porque ‘The Captain & The Kid’, su último LP, ha vendido solo 100.000 copias por eso de las descargas “ilegales”, esa es otra historia y ya nos huele a vieja. Si él cree que Internet está atentando contra la música porque la gente ya no sale de casa para “crear”, está más resblandecido que la misma Elizabeth The Second. Para remate, dice que las grabaciones caseras no presagian nada bueno. Elton, cariño, ‘Sir’, cholito: Fuck off. Hoy el 90% de músicos tienen su estudio en casa. Thom Yorke (vocalista y compositor de Radiohead, para mayores luces) grabó The Eraser, su último disco, valiéndose solo de su laptop. Pero Elton es un tecnófobo y asegura que no tiene ni siquiera un celular. Mmm…

Y como para asegurarse de ser el más pelotas, se fue con todo contra los bloggers “que se la pasan blogueando en vez de salir a protestar a la calle y dio paso a su máxima sentencia, principio y final de esta reflexión o pataleta: “Creo que sería un experimento increíble cerrar Internet completamente durante cinco años y ver qué tipo de arte se produce en ese período”. ¡Sí, super increíble! Mostro, Elton, empieza tu revolución solo. Al menos yo, ya te bloqueé, aunque a veces te siga cantando.



Superpoderes para todos
Mayo 7, 2007, 6:34 pm
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Quiero tener superpoderes. Quiero poder irme volando (literalmente) cuando alguien está a punto de robarme o alterarme completamente el sistema nervioso. Quiero teletransportarme. Quiero detener el tiempo, mover objetos con sólo mirarlos, encender mi cigarrillo con una llama de fuego perfecta que aparezca cuando abra la palma derecha de mi mano. Quiero mimetizarme completamente con el cuerpo y la cara de la persona que me de la gana para confundir a mi enemigo, descubrir un gran secreto o realizar un importante retiro bancario. Quiero detener balas, pintar el futuro, borrar la memoria de quien quiera. Pero sobre todo, quiero ser invisible. Cada uno de ustedes puede elegir su superpoder. Pero no olviden que yo ya elegí el de la invisibilidad. Canté gallo.

Desde hace un mes he descubierto la fórmula perfecta para sobrevivir en Lima: la primera temporada de Heroes. Ver Heroes es como meterte en una historieta. Uno siente un hormigueo en el estómago al poner el disco en el DVD. Creo que ese hormigueo se reconoce oficialmente como felicidad. Es como volver a ser niña pero con canas. Es como creer otra vez que se puede salvar el mundo. O es que estoy más cojuda que nunca. Por ahora, denme un control remoto y vámonos de aquí.

Heroes es una mezcla de X Men y los comics de la Marvel con un poquito de Taken, Buffy La Cazavampiros y Beverly Hills 90210. Un poquito nomás, no se asusten. La historia va mas o menos así: un puñado de personas descubre que tiene superpoderes. Como cualquier mortal del mundo, estos sujetos no tienen ni idea de lo que les pasa. No es fácil descubrir que puedes volar ni que con sólo poner la mano sobre una olla la dejarás convertida en una gran burbuja plateada que parece mercurio o algo así. Entre los superhéroes está Peter Petrelli (Milo Ventimiglia, el Jess de Gilmore Girls), un enfermero de 30 años que primero cree que puede volar y luego descubre que es el más ‘conche’ de todos; Isaac Mendez, un junkie que tiene la habilidad de pintar el futuro al mejor estilo manga cuando está colocado; Niki Sanders, una stripper en internet y madre soltera de 33 años que vive en Las Vegas y descubre que su alter-ego, que vive en el espejo (esta parte es medio roca pero no se desanimen) es capaz de matar de una patada a cualquiera que la desquicie. Después está Hiro Nakamura, un geek japonés de 24 años que de tanto leer cómics en Tokio se pasó todo un día en su cubículo mirando detenidamente un reloj con cara de estreñido para conseguirlo finalmente: detuvo el tiempo y luego se teletransportó. Es uno de mis personajes favoritos y uno de los pocos que no es americano. También están D.L.Hawkings, un preso que atraviesa paredes como un fantasma; Matt Parkman, un policía regordete que oye los pensamientos de los demás (y se entera de paso que su mujer le saca la vuelta de la manera más cruel posible: “pobre imbecil”, escucha ‘pensar’ a otro policía, “si supiera que me estoy tirando a su esposa”), definitivamente un superpoder horrible; y Claire Bennet, la cheerleader de 17 años que si salta del último piso de un rascacielos, la aplasta un tractor o le disparan con una bazuca, sigue tan rubia y linda como siempre. Lo máximo ella, se regenera una y otra vez.

Por otra parte, Mohinder Suresh, hijo de un genetista muy conocido en la India, y también genetista como su padre, viaja a Nueva York (donde siempre pasa todo) para investigar sobre el reciente asesinato de su padre en manos de un serial killer llamado Sylar que es malo malo, y sí, también tiene superpoderes.

Todos tienen teorías sobre lo que les pasa. Algunos creen que han sido abducidos, otros piensan que son freaks o se están volviendo locos y Hiro, lindo él, de tanto comic que ha leído, es el único convencido junto a Peter Petrelli (me encanta repetir ese nombre sin parar) que debe salvar al mundo. Como no podía ser de otra forma, diversas organizaciones y personajes misteriosos y muy poderosos quieren investigarlos y controlarlos, Dios sabe con que intenciones, aunque sospecho que al final todos querrán salvar al mundo. Ni huevones.

Tim Kring (Crossing Jordan, Chicago Hope) es el creador de la serie que es producida por NBC/Universal/Tailwind y se emite actualmente por NBC en EEUU. He leído que en Latinoamérica la dan en Universal, pero yo la compré en polvos. Ahora con su permiso, alguien tiene que salvar Lima, ¿no? O eso, o soy una de las personas más gansas del planeta. Que más da, igual soy invisible.



Un chef más y vomito
Mayo 7, 2007, 6:24 pm
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El boom de la cocina peruana me tiene podrida. La enorme variedad de insumos exquisitos que dicen sólo crecen en nuestra generosa tierra, también me tiene podrida. Me tienen podrida los coleccionables de cocina, las revistas gourmet y los veinte mil chef que salen de debajo de cualquier piedra para ser portada una y otra vez de cuanto medio periodístico existe en el país. Ya sabemos que en el Perú se come riquísimo, que tenemos cuchucientos mil tipos de papa, ajíes, camotes, toda la variedad de pescados y mariscos, que tenemos todo el sabor de la fusión de cholos, chinos, japoneses, árabes, españoles, shipibos, italianos, y demás. Somos lo máximo. Todo está deli. Desde la entrada hasta el postre, desde el sanguchón con todas sus cremas hasta el salmón teriyaki sobre crocante de fideo cantonés.


Aplaudo la multiplicación de panes y restaurantes, aplaudo también la gran cantidad de escuelas de cocina que han aparecido en los últimos años. Aplaudo los premios internacionales. Aplaudo cuando veo a Ferran Adrià salivando frente a un buen cebiche. Creo también que si eso de la identidad nacional realmente existe, debe estar en despensas y ollas de misios y pitucos. A todos los peruanos nos gusta comer bien y mucho. Pero ya estuvo bueno. Se los ruego, es hora de tomar una Sal de Andrews y pasar a otra cosa. Digestión que le llaman.



Quiéreme o muérete
Abril 21, 2007, 9:20 pm
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Ando leyendo por estos días una novela rabiosa y devastadora, por momentos perfecta, que se llama Pastoral Americana y que ha sido escrita por uno de los eternos candidatos al Nobel, el americano Philip Roth. En ella, Roth escribe: “Luchas contra tu superioridad, tu trivialidad, procurando no tener expectativas irreales sobre la gente, relacionarte con los demás sin una sobrecarga de parcialidad, esperanza o arrogancia, lo menos parecido a un carro de combate que te es posible, sin cañon ni ametralladoras ni un blindaje de acero con un grosor de quince centímetros. No te acercas a ellos en actitud amenazante, sino que lo haces con tus dos pies y no arrancando la hierba con las articulaciones de una oruga, te enfrentas a ellos sin prejuicios, como iguales, de hombre a hombre, como solíamos decir, y sin embargo siempre los malentiendes.” Y luego sigue Roth sobre lo mismo y concluye que a fin de cuentas ellos también nos malentienden y que de eso va la vida: “En cualquier caso, –dice– sigue siendo cierto que de lo que se trata en la vida no es de entender bien al prójimo. Vivir consiste en malentenderlo, malentenderlo una vez y otra y muchas más, y entonces, tras una cuidadosa reflexión, malentenderlo de nuevo. Así sabemos que estamos vivos, porque nos equivocamos”.

Roth deslumbra por su lucidez. Sabe que son muchas las personas que sufren al vivir en un constante malentendido y eso los lleva a aislamientos físicos o mentales de los cuales pocos saben cómo salir y muchos ni lo quieren. Están muy bien solos y que el mundo se vaya a tomar por culo con su ruidosa rutina en la que pasa de todo pero ya no sentimos nada. El mismo Roth vive solo en un pequeño pueblo de Estados Unidos donde hay más campo que casas. Escribe y es leído, sí, así que algo de comunicación busca en su vida, pero presumo que el contacto con la mayoría de la gente o le hace daño o le hace bostezar, aunque no quiera, aunque luche contra eso, aunque si se lo piensa bien no se sienta ni más ni menos que el resto de mortales. Aunque al final, como muchos, quiera pensar que está equivocado y que esos cuatro gatos que le importan lo quieren tanto como él a ellos y qué demonios si no lo comprenden del todo.

***

Las últimas semanas he visto con el mismo espanto y fascinación con que veo una película violenta, las confesiones de un psicópata que mató a balazos a 32 personas, entre ellas un estudiante peruano de 21 años, para después matarse de un disparo en la cara. Cho Seung-Hui, el surcoreano que estudiaba en Virginia Tech y que comía solo todos los días, sin amigos ni familiares que dieran la cara por él aún después de la masacre, se declaró mártir y le echó la culpa al mundo de su propia barbarie. Sus delirantes declaraciones están por todos lados. Los debates al respecto también. A estas alturas se ha responsabilizado a casi todo lo imaginable de la locura de Cho: Las armas, la violencia mediática, la soledad, la cultura norteamericana, los videojuegos y hasta hay un lector por ahí (en la versión electrónica de El País por cierto) convencido de la confesión multimediática del surcoreano. Dice no sentirse sorprendido de nada porque nosotros somos los “malos” que dejamos a una persona enloquecer en absoluta soledad. Cho Seung-Hui no podía encontrar alivio quitándose la vida. Necesitaba vengarse y matar de pura rabia a decenas de inocentes.

Imaginen 32 disparos mortales. Cuéntenlos. Tal era su rabia.

La bloggosfera está infestada de toda clase de opiniones y tristes testimonios. También la vida fuera de las pantallas: “En Irak mueren cientos, miles, todos los días, y al mundo le importa un pito”, me comentaba un amigo hace unas horas, mientas yo pensaba que su comparación era tan estúpida como cualquier cosa que pudiera salir de mi boca en ese momento. Todo pasa muy rápido. Todos opinan muy rápido.

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Roth escribe sobre la incomprensión entre las personas a niveles mucho más cotidianos y reconocibles para cualquier lector. Todo lo demás, lo que pasa lejos de paranoias pequeñas y personales, lo que vemos en los noticieros, son casos extremos y cada uno de ellos es igual de lamentable y espeluznante. La guerra, las peleítas entre escritores o vedettes, los asesinatos, los ataques terroristas, las fulminantes opiniones de un político sobre otro, las fulminantes críticas de un crítico sobre otro, en fin, la violencia entre personas en general, debería generarnos la misma indignación y la misma tristeza. Pero el mundo sigue y más allá de todo esto, el rating y el número de periódicos vendidos importa más que cualquier otra cosa. Lo mismo pasa con la tele, las películas, los videojuegos. Violentos o no, que más da, la mayoría de nosotros seríamos incapaces de matar un hámster. Cho Seung-Hui no era una pobre víctima de la sociedad ni un Jesucristo ni un “miren lo que hemos creado” ni mucho menos un heroe o un mártir. Era un enfermo mental.



Una noche con Blue
Febrero 26, 2007, 12:57 am
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Joaquín quiere ser inventor de grande y mientras eso llega dibuja robots. Es el mayor de mis sobrinos, tiene nueve años y una cicatriz en la frente gracias a una estrepitosa caída propiciada por Lu, su pequeña hermana, quien lo empujó hace sólo unos días por la escalera mientras jugaban a bajar las gradas con los ojos vendados. El vértigo lo llevamos en la sangre. Cuenta mi madre, yo no estuve presente, que Lu lloraba y repetía “nunca va a perdonarme, nunca”. El dramatismo también está en nuestro ADN. Por supuesto ya todo está olvidado y los dos siguen siendo además de hermanos, buenos amigos.

A Joaquín le gusta el último disco de Bruce Springsteen que tengo grabado en mi iPod y siempre se las ingenia para derrotarme en PlayStation. Como el resto de mis sobrinos, Luciana, Sandra e Ian, me dice “cabezona” y golpea tanto como abraza gracias a una tara familiar que nos une a todos: nos da roche querer. Mi sobrino tiene un amigo invisible llamado Blue, o algo así, un adolescente travieso y brillante al que no le gustan los diálogos prolongados ni la chicha morada. Tampoco los adultos, como si nosotros tuvieramos alguna culpa de crecer. Blue puede estar donde quiera con sólo desearlo, es uno de los padrinos mágicos, sólo que lamentablemente, fuera de la tele, no siempre puede cumplirle todos los deseos a un niño.

Hace unos días Joaquín me pidió alojar a Blue en mi cuarto por una noche. Accedí amable y sin preguntas, al fin y al cabo, si nuestra relación daba síntomas de terminar a las patadas , él podría irse a esquiar a Gstaad o a bucear a Tahití. Joaquín aceptó y luego de darme un apropiado apretón de manos (fuerte y rápido), desapareció. Esa noche, Blue y yo nos llevamos de maravillas, o eso creí. Ninguno habló. Puse a Marvin Gaye, miramos un par de revistas y nos quedamos dormidos. A la mañana siguiente olvide por completo que habíamos pasado la noche juntos y me fui a trabajar sin ofrecerle siquiera un buen desayuno. Total, la imaginación tiene el don de ser, cuando quiere, ciertamente deliciosa.

Al volver a casa al día siguiente encontré a la turba de herederos correteando por los pasillos. Todos me saludaron sin mucho entusiasmo, lo habitual entre nosotros, pero Joaquín estaba distante y cuando le hablé me pidió que me fuera. Pocas cosas duelen tanto como ver a un niño triste y que encima te pide sin ascos que desaparezcas de su vista. Sin decirle nada me fui. No entendía qué podía haber hecho mal, así que con esa infantil crueldad que me nace a veces grité desde mi cuarto que se llevara a Blue con él. Al poco rato lo vi parado en la puerta: “Blue se fue anoche. Me dejó una carta en tu mesa de noche. Decía que se aburrió mucho.” “Ah, ¿si?”, le conteste sin disimular mi piconería. “Sí”, repondió. “Blue está en Hawai, surfeando, regresa mañana, pero no quiere que vuelva a dejarlo contigo”. Le pregunté fastidiada qué cosa le había hecho, me dijo que no valía la pena seguir discutiéndolo, y por un momento me recordó a todos mis ex novios juntos.

Esa noche llegue a casa en la madrugada y vi sobre mi mesa una carta. La abrí con cuidado y leí: “Querida Verónica, disculpa a Joaquín. Esta de mal humor y quiere el último juego de Street Football para PlayStation. El te quiere mucho, y yo me fui a Hawai por otros motivos. Quizás debí traerte, un abrazo, Blue”. Dejé la carta sobre la mesa, me puse un bikini y tomé el primer vuelo hacia Hawai. Blue me recibió en el aeropuerto y me puso un collar de flores alrededor del cuello. Luego entonó mi prematura resaca con un cóctel de esos que llevan sombrillitas. Una vez que estabamos verdaderamente ebrios, corrimos olas, las más grandes, bebimos jugo de tomate y hablamos durante horas del corazón de mi sobrino. Blue me caía bien y a fin de cuentas, podía ser –y hacer– exactamente lo que yo quisiera. Al día siguiente, lejos de Hawai, Joaquín me regaló un sticker de Puka y no dejó de abrazarme durante todo el día. Quizás sospecho de mi repentino bronceado.



La última romántica
Enero 24, 2007, 7:02 pm
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El sábado pasado tuve que asistir, una vez más, a la feliz unión de dos buenos amigos. La boda se celebró en la hacienda San José, con misa criolla y marinera incluida, y ahí tuve la oportunidad de reunirme con un viejo grupo de amigos a los que no veía desde hace muchísimos años. La música era la misma de siempre, excepto por alguno que otro hit reggaetonero como el tan aplaudido “Atrévete” que merecería una columna aparte, (por lo bueno que es). La gente, por otro lado, no me pareció tan cambiada, excepto por sus kilos de más y mis kilos de menos, dicho esto con más preocupación que vanidad por cierto. Pero la diferencia que saltaba a la vista de los demás era otra. Yo, una vez más, estaba sola, y para ellos, mis amigos, eso era motivo de preocupación “porque me quieren” agregaría mi madre siempre con razón. Yo tambien los quiero pero no me preocupan mucho sinceramente. El asunto es que si estaba sola, y encima flaca, realmente delgada, debía estar atravesando una mala racha. Me tomé todo el tiempo del mundo en explicarles que no, que bueno sí, estaba sola, y que no hacía mucho había decidido tomar otro rumbo que el de mi ex pareja, pero que andaba ocupada y tranquila, no se si feliz, pero seguramente con mis buenos ratos de alegría y paz. Les dije que tenía proyectos. Que quería viajar, comprarme discos, alquilar un piso, decorarlo. Que finalmente cuando estoy sola me siento más tranquila, pero que sí, que también fantaseo con un gran amor y terminó besándome el brazo una que otra noche sin que nadie me vea en mi cama de una plaza. Me dijeron que eso pasaba porque siempre estaba con personas que me gustaban mucho. “¡El problema, Vero”, -gritaban- “es que siempre estás con hombres por los que te derrites!”. Me juraron que así no funcionaban las relaciones y me aconsejaron darle bola a todos esos chicos a los que jamás miraría. Les pregunté cómo se hacía eso, me dijeron que saliendo con ellos y luego besándolos y luego acostándome y así. Me señalaron a sus esposos y me aseguraron que el amor que sentían por ellos había empezado casi casi como un chape más. Me serví un whisky que me produjo una arcada que tuve que solapear ante la atenta mirada de algún viejo pitucon de campo y me alejé un poco de todo el escándalo. Pero era imposible huir, y no porque estuviera en Chincha y sin carro. Hablo de metafísica pura. Yo creo en el amor y tengo fobia al desamor, o a ese amor que dicen que cambia, que se transforma y no se qué ocho cuartos. Por un segundo le eche la culpa a la alta clase limeña, tan convencional y pacata, tan en contra de todo lo diferente, de lo inclasificable, de los solteros. Y no es que me sienta Carrie Bradshaw escribiendo su columna para el New York Star, nada de eso, pero sí que quise encontrármela ahí mismito, detrás del bar, junto a Samantha, Charlotte y Miranda y largarnos de ahí, regias, ebrias y solas. Al final vi a la Roxy, y terminamos atragantándonos dos whiskys más con hielo y agua. Roxy acabó con dolor de panza. Yo, necia, seguía dándole vueltas a mi soledad, a las bodas, a los hijos, a mis ex, a la nueva versión de mi mejor amigo sobre el amor. Él también apuesta ahora por la calma, por la feliz convivencia con un gato y su novia. Ha dejado de torturarse por una nena que le insinuaba todo para luego darle un abrazo y salir corriendo. Antes, veíamos La Mosca todos los 14 de febrero y jurábamos ser los únicos en darnos cuenta de estar frente a un hito del cine romántico. Antes chillabamos ‘I really need you tonight’ (Total eclipse of the heart), intoxicados y felices de estar obsesos por un par de imbéciles que seguramente no nos merecían pero qué más daba. Antes el amor era todo, y yo tenía un póster de Lo que queda del día en mi cuarto, la gran obra de Ishiguro llevada al cine por James Ivory sobre el amor que calla, como diría Montaner, a quien también he homenajeado a gritos alguna vez, pero mejor no acordarme porque me da pena. Antes todo era posible, ¿y ahora resulta que debo conformarme con un pelmazo que no tenga ni un sólo disco de los Beatles pero que quien sabe, al menos sociable va a ser y me dirá para casarnos al año? Pues no, váyanse al cuerno. Prefiero seguir soñando con ser abuela y tener dolor de panza de tanta mariposa cuando mi esposo aparece por la puerta, todo canoso él, con una sonrisa cómplice y un nuevo apodo para mi. Así de cojuda. ¿Modern love? No. Yo soy la última romántica.



Rebeldes, salvajes y yo
Noviembre 27, 2006, 10:13 pm
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Últimamente, cada vez que me siento a ver la televisión, exhausta de todo, harta de tener que decidir entre Barcelona y Lima, entre trabajar para alguien y ganar bien o trabajar para mi y vivir con las justas, entre alquilar una oficina o trabajar en casa, entre salir con mis amigos o meterme en la cama y taparme hasta las narices con cinco cubrecamas que me separen lo más posible de este mundo, aparecen frente a mi, con el chirrido de una buena frenada, las dos mismas películas, Easy Rider y Thelma & Louise, y algo, una vocecita interna, luego de comprobar que nadie la juzgará por cojuda o alienada, dice despacito pero con convicción: “hell yeah”.

¿Qué pasa últimamente? ¿Por qué cada vez que quito el noticiero con asco y subo corriendo canales, 2, 3, 5, 41, 46, termino una y otra vez sentada sobre la Harley o el Thunderbird azul? Quiero pensar que hay una explicación detrás de todo más allá de la deliberada programación del cable de turno. Entiéndanme bien, no soy una esotérica, ni veo insights hasta en mi desodorante, pero en los momentos mas jodidos de mi vida, cuando me siento de verdad fastidiada por todo, las casualidades tienen que estar justificadas por algún mensaje oculto que me de la clave del éxito, del entendimiento o, si tengo suerte, de cierta paz bien merecida ya a mis 32 años.

¿Pero qué pueden decirme tres fumones que creen en la libertad y se dan tiempo todavía, y a dios gracias, de hablar de extraterrestres frente a una fogata? ¿Qué sabrá ese orate que se pone un casco de fútbol americano para ir a pasear en moto con esa maravillosa concha que sólo un joven Jack Nicholson puede tener? ¿Y qué con las dos chicas maltratadas por sus respectivos machos, que aburridas de todo deciden romper con su rutina de electrodomésticos, subirse a un descapotable celeste, matar a un vaquero violador, robar una gasolinera, tirarse a un ladrón y acelerar sin dudarlo hasta dejar el medio oeste americano detrás y llegar a México? De hecho envidio a esos personajes hasta justo un par de minutos antes de que los maten a quemarropa o se tiren por el barranco. Hell no. Yo no quiero eso. Pero sí los quiero a ellos. Quiero sus motos, o mejor aún, ese convertible. Quiero acelerar por esas carreteras sin huecos ni tráfico sintiéndome rebelde y libre, quiero que me acompañe alguien callado y el mejor soundtrack, quiero ponerme unos lentes de sol gigantes y antiguos, quiero estar resina pero guapísima, quiero tomar tequila del pico de una botella vestida de bolsa de papel, fumarme un cigarro mientras mi copiloto se queda dormido y sentirme casi casi tan bien como la mujer maravilla en su avión invisible: a toda velocidad y sin que nadie me vea. Quiero estar en el asiento de atrás esa noche en que Thelma le dice a Louise que siempre quiso viajar pero que nunca tuvo tiempo. Y quiero abrazarlas cuando Louise, al volante, le responde que bueno, que aproveche ahora y sonríen asustadas y cómplices, asesinas y ladronas. Quiero huir. Quiero manejar para siempre y que la gasolina la pague otro. Quiero largarme de aquí sin tener que llegar allá. Quiero todo eso y lo quiero ya.

Ya sé que hay que madurar. Ya sé que hay que trabajar. Ya sé que hay que apagar la tele. Ya sé que hay que pagar cuentas y cuentas hasta que un día decidamos tirarnos por el barranco o nos llegue la muerte sin haber disparado nada más que ese control remoto sin pilas que empuño todas las noches como si fuera mi vida. Ya sé que no tengo moto ni convertible, ni tico, ni tequila, ni la melancolía de Wyatt, la desfachatez de George, la locura de Billy, la entereza de Louise o la sonrisa de Thelma. Pero quizás sí tenga esas mismas ganas de mandar a todos al carajo a veces y sentirme verdaderamente libre al menos por un día.

Quien sabe, puede que hasta me tatúe un escorpión en el hombro derecho y me gane una papeleta por exceder el límite de velocidad. Nadie habló de matar a nadie.



El misterio de Flea
Agosto 24, 2006, 3:47 pm
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Los Red Hot Chili Peppers siempre me han dado un poco de risa. Cuatro eufóricos semi calatos dando brincos y sacudiendo las mechas como si tuvieran al mismo demonio dentro. Nunca compré un disco suyo, pero siempre respeté su destreza como músicos y algunas de sus composiciones. Entre todos, quien siempre me jaló más el ojo, porque no para de saltar y poner cara de `psycho borde´, es Flea, el bajista de la banda, un gringuito californiano tatuado, fornido y de dientes separados.Pues últimamente veo a Flea hasta en la sopa. Está en todas las películas que alquilo, en cualquier programa de música que sintonizo en la tele, en los afiches que pegan en la calle y en la carátula de la Rolling Stone americana del mes pasado que me envió mi hermana con 200 euros adentro y que utilizaba como base, la última vez que hicimos eye contact, para rolear un cigarrillo de marihuana. Estaba en esas, apretando el cigarrillo con delicadeza, lamiendo el papel para sellarlo, rescatando cogollitos rebeldes que se lanzaban como dignos suicidas que prefieren secarse lentamente en el tiempo a morir achicharrados en el joint de una peruana, cuando de pronto descubrí a Flea mirándome fijamente con los ojos delineados y la expresión más extraña del mundo. Daba miedo, la verdad, y ese fue el acabose. El bajista de los Red Hot Chili Peppers me quería decir algo y esa convicción no era efecto de la marihuana.

¿Cómo saber que le pasa a una súper estrella del rock? El primer mensaje me llegó gracias al titular que aparece en la misma carátula: “Sin and Salvation: Red Hot Chili Peppers Find True Love And Inner Peace & Make Their Greatest Album Ever”. Bien por él, pensé. Que tenga paz y amor y todo eso, y que además haga un gran disco, según la Rolling el mejor de su carrera, genial. Pero, ¿y? ¿A mi qué cuernos me importa, qué pito toco, qué quiere Flea que yo haga al respecto? Yo no tengo paz, ni carrera. Tengo un bajo, eso sí. Y trato de tocarlo, por lo general con una torpeza que me avergüenza tanto que el ritual se desarrolla sólo durante la madrugada, cuando no hay nadie en la calle y menos en mi cuarto. Ding, ding dinginding, dong dong dong dongongong. No tengo idea de como se toca un bajo, ni tampoco tengo la paciencia necesaria para aprender a tocar un instrumento musical. Quizás por ahí vaya el asunto. Flea fue paciente y encima ahora parece haber encontrado la paz interior (shit!) y al amor de su vida, una modelo de 30 años con la que tiene planeado casarse. Flea. La pulga. ¿Pero como se llama ese cuarentón orate?

Wikipedia informa. Flea se llama Michael Meter Balzary, nació el 16 de octubre del 62 y es australiano. Yep. California llegó después. Primero se fue a Nueva York, porque Mick, su padre, fue contratado para trabajar en la city. Todo iba bien, al menos Wikipedia no da cuenta de grandes tragedias, hasta que Patricia, la mamá de la pulga se templó de Walter Urban Jr, un músico de jazz que terminó llevándose a Patty e hijos a vivir a Los Angeles. La hermana de Flea se llama Karen. (Todo dato importa, el mensaje puede estar oculto en cualquier lugar.). En fin, Flea se puso a tocar la batería cuando era solo un niño porque admiraba mucho a su padrastro. A los nueve años le regalaron una trompeta y al parecer la rompió. Luego vino la escuela de música. Entro en la Fairfax High School en el 76 y un mes más tarde se hizo pata de Anthony Kiedis, el cantante de los Peppers.

Como el mensaje no llegaba por ningún lado miré nuevamente la foto de la portada de la Rolling. Flea, como todo el mundo últimamente, tiene muchos tatuajes. Uno de ellos es la cara de Jimmi Hendrix. Su admiración por Hendrix y el rock llegó cuando conoció a Hillel Slovak, un judío nacido en Haifa, Israel, cuyos padres eran sobrevivientes del holocausto y que encontró the meaning of life en el rock. También fue unos de los integrantes de la banda californiana por cierto. Bueno, la cosa es que él le enseñó que la música no es monoteísta. Miles Davis no era el único dios. Ahí estaban Led Zepellin y el mismo Hendrix. Ajá, insistía yo en lo mismo. ¿Por qué te me apareces? Y entonces, cuando todo se creía perdido, cuando la física cuántica me empezaba a parecer una basura mediática y de nerds esotéricos a los que les gusta Enya y el chill out, apareció la gran verdad. Continuará…



La Montesmanía
Agosto 20, 2006, 5:22 pm
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Vamos a decirlo bien claro y en peruano. Andrés Montes es un huevonauta como pocos. Uno que no sólo pone malas chapas, sino que las grita a los cuatro vientos y con corbatita michi a 30 grados centígrados. Para los que no lo conozcan aún, Andrés Montes es un periodista que se hizo famoso narrando los partidos de la NBA en canal +, y que ahora es el maestro de ceremonias —junto a Antonio Esteva y Julio Salinas, los encargados de la narración del mundial 2006 en la Sexta. Montes es la voz de este mundial (como antes fuera la de Rulito o Pocho)y con ese estilo de latino agringado que comenta un partido de los Knicks, genera odios y pasiones. Tiene página web, un diccionario personal de sus ocurrencias y decenas de foros en los que se discute si debemos lincharlo o aplaudirlo.

A Montes parece importarle poco el debate y ha encontrado en su pata Salinas (ex jugador del Barza y del Atlético de Madrid) a un compinche dispuesto a celebrarle todo: “Ay Salinas, qué bien te veo, ¿por qué la gente se mete tanto con nosotros?” Andrés Montés es pues, y ante todo, un incomprendido. Un tipo para el que la vida puede ser maravillosa sobre todo cuando tiene el trabajo más codiciado en estos días.

Pero hagamos justicia. Lo que nadie ha dicho hasta ahora es que el pelado enfrenta los partidos con más garra (o al menos entusiasmo) que la de los muermos de canal 4 (Montes es Billy Cristal junto a Maradona). Y para los más incrédulos he aquí algo que realmente sucedió en el partido que disputaron las selecciones de España y Túnez. Alguien (algún anti Montes, seguro) sugirió poner el 4 en vez del 9. Mal jugado. Todo fue derrota y pesimismo, sazonado con los comentarios ininteligibles de un Maradona al que ya jode ver hasta en la tribuna. Todo iba mal, cuando un espectro bidimensional apareció de pronto. Era la imagen de Montes reflejada en el techo de la sala: éste, vestido de blanco y con la calva lustrada, nos sonreía. Cambiamos a La Sexta. Gol de Raúl, gol de Torres, penal a favor de España, otro gol de Torres, y Montes pasó a convertirse en el huevonauta más simpático del planeta. Luego volvería a ser un huevonauta a secas. ¿España campeón? Pues va a ser que no.

Como fuera, el asunto es que estamos frente a un personaje indiscutible. La mayoría de sus bromas no las entiende ni su madre, ignoro si se empuja un bidón de ron durante cada partido que comenta, ni tampoco por qué quiere tanto a Salinas. (Esteva es choteadazo con roche y sólo aparece cuando Montes se acuerda de su existencia para pedirle que le cuente algo). Pero lo que sí sabemos es que sus comentarios han pasado a ser míticos, como aquel diálogo digno de adornar las páginas de cualquier antología futbolera sobre comentaristas que se haga:

-Montes: Ha sido ‘orsay’.-Salinas: Se dice fuera de juego, lo otro es inglés.
-Esteva: No, inglés es out-side.
-Montes (en la luna): ‘Orsay’, ha sido ‘orsay’.

O como aquella confesión que le espetó a Salinas, en el Suecia-Trinidad y Tobago cuando alguien bromeó sobre su inconfundible pajarita: “Yo, vestido, un señor. Desnudo, un chimpancé”.

Por eso Montes es el mejor comentarista de este mundial. Aunque de fútbol no sepa nada.



Noche azulgrana
Agosto 20, 2006, 2:25 pm
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La convocatoria llegó vía email: El miércoles 17 de mayo un grupo de amigos quedaba en reunirse para ver la gran final de la Champions League, Barza vs. Arsenal. Con mi usual simpatía acepté (yo era una de las destinatarias del entusiasta correo) acudir a la cita no sin antes dejar bien en claro, y en negritas, que un partido entre un equipo catalán y otro inglés me importaba cuatro pitos y que en el fondo deseaba que ambos perdieran. Soy una peruana amargada. O eso creía.

Y también impuntual. Diez minutos de espera son demasiado para los europeos. Ya en la plaza Rius y Taulet me disculpo sin mucho éxito y propongo ir a un bar en la calle Torrent de l´ Olla, una concurrida vía del barrio de Gracia, al norte de Barcelona. Para mi desgracia y la creciente rabia de la comparsa, el bar era inglés (pero bueno, tiene la mejor pantalla plana de la zona). “No pienso ver la final en un bar de guiris” sentenció alguien por ahí. Bien dicho, lo vimos en uno cubano.El Elsa Bar le debe su nombre a la cubana más fanática del Barza que he visto en mi vida. A la única para ser sincera. Santitos, velas, la azulgrana bien puesta (y hasta pintada en las mejillas) y cada dos segundos, el himno de los “culés” a todo volumen anunciaban, por lo menos, una noche pintoresca. Luego de dos cervezas, un gol anulado, un portero expulsado y cinco papelitos teledirigidos al gringo cabezón que nos tapó la mitad del primer tiempo, el bar enmudeció. El central inglés Campbell metía un golazo de cabeza, el primero para el Arsenal y un británico despistado y muy poco flemático para decir la verdad gritó goal desde algún imperceptible lugar de la barra. Lo hubiera linchado. Elsa en cambio lo miró con detenimiento, se dirigió a su equipo de sonido, puso play y vociferó: “¡no nos van a ganar desgraciaos!” El himno sonó otra vez y algunos empezaron a aplaudir y a tratar de animarse. Hasta un “¡vamos carajo!” se escuchó por ahí. En la derrota, amigos.

Perder es algo que nadie sabe hacer mejor que un peruano. Desde que tengo uso de razón el Perú siempre ha perdido y esa afirmación, ustedes perdonaran, no es consecuencia de mi amargura sino más bien la causante. El único momento glorioso que recuerdo haber vivido fue en Seúl 88, cuando el voley peruano estuvo a punto de coronarse campeón olímpico. Perdimos. Lo que es peor es que esas derrotas, al menos en mi experiencia, siempre van acompañadas de absurdos diálogos con Dios, “por favor, señor, ya no jodas pues, esta vez al menos haz que gane el equipo que quiero que gane, además es el Barza, es mejor que el Arsenal, es lo justo, y la felicidad de toda la ciudad en la que vivo depende de eso, ya pues, ya se que estás ocupadazo y que tienes problemas serios, pero la alegría de tanta gente también es seria y…” Dios nunca contesta. El medio tiempo llegó y con él, el convencimiento de que la culpable de la derrota era yo. Lo confesé ante mis amigos: “Yo soy el mal agüero”. Ellos, con una seriedad aplastante, me invitaron a salir un rato. Me quité a la calle y me senté en una grada. Ahí, mi prima y dos amigos peruanos más se unieron a mi frustración y recordamos todos juntos y en familia lo que estamos tan acostumbrados a sentir, la derrota.

El segundo tiempo arrancó con un Barza desesperadamente ofensivo y un Arsenal con 10 hombres en la cancha. Un pakistaní que vendía rosas me preguntó como iba el encuentro. “Perdemos 1 a 0”, le respondí para verlo alejarse y entrar al Elsa. Al segundo, un estruendo sacudió Barcelona. Eto´o había conseguido el empate, Elsa había comprado todas las rosas del pakistaní y las lanzaba sobre sus eufóricos clientes y yo corría en busca de mis amigos. Fue un abrazo que hasta hoy me pone la piel de gallina. Luego, emocionada y ya dentro del bar, decidí enviar un mensaje de texto a mi tío Carles. “Seremos campeones, visca el Barza” me descubrí escribiéndole en catañol y justo cuando lo envíe, el brasileño Belletti marcó el segundo para el equipo catalán y luego de 14 años de no ganar la copa europea, la victoria parecía quedarse en casa esta vez.

El pitazo final fue un solo de gritos. La fiesta duró dos días. Dos días de bocinazos, de borrachera en las calles, de autos con banderas, de niños y ancianos despiertos a las tres de la madrugada, de gente con una sonrisa imborrable, bailes, saqueos y desmanes también, pero bueno, habíamos ganado. Así, en plural. Porque esa noche, todos fuimos del Barza y la ciudad se tiño de dos tintas, azul y granate. Porque cuando Elsa, con sus 60 años, puso We are the Champions, el clásico de Queen en su pequeña radio, todos gritamos aquella parte en la que Mercury deja bien en claro que sólo se consigue la victoria cuando se lucha hasta el final. Ojalá alguna vez pueda sentir eso en mi país. Al menos yo, aún no me rindo.